PLANETA CANARIO
El grupo de los Guanches de Candelaria, algunos de los cuales descienden directamente de los aborígenes, volvió este fin de semana a escenificar la tradicional Ceremonia Guanche, que representa el hallazgo de la primitiva imagen de la Virgen a fines del siglo XIV.

Se trata del acto central, distintivo e identificador de las Fiestas de Candelaria, que cada agosto congregan en el municipio a 100.000 personas procedentes de los cuatro puntos cardinales, miles de ellos peregrinando a través de senderos y carreteras.
La Ceremonia Guanche fue, según explica el Ayuntamiento de la Villa Mariana, «la primera teatralización de carácter religioso-festiva de Canarias en la que estuvo presente la memoria histórica de los antiguos pobladores del Archipiélago y de sus descendientes. Aunque sabemos que se remonta, al menos, al siglo XVIII, se desconoce el cómo y cuándo de la primera representación».
La ceremonia es un ritual ancestral que se celebra cada 14 de agosto al atardecer. Se inicia con la salida de la Virgen de Candelaria en procesión hacia la plaza de la Patrona de Canarias, donde el colectivo Guanches de Candelaria escenifica el hallazgo de la imagen, acaecido casi un siglo antes de la Conquista de Tenerife, a través de la mímica y con el único sonido de un narrador que va leyendo el texto histórico.

El guion de la ceremonia se ajusta a los hechos relatados por el fraile dominico fray Alonso de Espinosa en su obra Del origen y milagros de la Santa Imagen de Nuestra Señora de Candelaria, que apareció en la isla de Tenerife con la descripción de esta isla, publicada por primera vez en Sevilla en 1594.
La obra se compone de cuatro libros y en ella el fraile incluyó una minuciosa descripción de Tenerife y de sus pobladores, los guanches.

Al ser uno de los primeros volúmenes impresos sobre Canarias, está considerada una de las fuentes más importantes sobre la historia del Archipiélago, siendo una obra de referencia para todos los historiadores posteriores, según destaca el Ayuntamiento.

El Colectivo Guanches de Candelaria, al que se le concedió la Medalla de oro de su municipio hace unos años, es el encargado de llevar a cabo la ceremonia año tras año, transmitiendo este legado de padres a hijos. Está compuesto, principalmente, por gentes de las medianías de Candelaria, algunos de los cuales descienden de aquellos guanches que veneraron por primera vez a la patrona de Canarias.
Además, cada año se incorporan nuevos participantes, ya sea por herencia familiar, devoción o por el cumplimiento de alguna promesa realizada a la Virgen. Participar en la ceremonia es un motivo de orgullo para ellos, con un profundo sentido de refuerzo ritual de la identidad colectiva.

Durante siglos, los descendientes de aquel grupo original de guanches pleitearon con las autoridades civiles y eclesiásticas para no perder el privilegio ancestral de acompañar en procesión a la Virgen, heredado de sus antepasados. En la actualidad, el 14 de agosto es la única ocasión en el año en la que este privilegio vuelve a ejercerse.
En los últimos años también se han incorporado otras indumentarias más modernas, recreaciones de las que usaban los guanches según diversos estudios arqueológicos. Ambas conviven perfectamente en el seno del colectivo, pues lo importante para ellos es el carácter sagrado del ritual que se representa.

El argumento de la representación parte del hallazgo: mientras dos pastores guanches conducen su ganado por la orilla del mar, encuentran sobre una piedra la figura de una mujer extraña con un niño en brazos. Estando prohibido por ley hablar a una mujer en lugar desierto, los pastores le hacen señas para que se aparte, pero la mujer permanece inmóvil.

Enfadado, uno de los pastores intenta lanzarle una piedra para que se aparte, pero al levantar el brazo para tirarla, queda yerto. El otro pastor intenta herirla con su tabona (piedra cortante), aunque para asombro de ambos solo logra herirse a sí mismo. Atemorizados ante estos hechos extraordinarios deciden acudir a darle cuenta al mencey (rey guanche) de Güímar, de quien eran vasallos.

Hasta ahí el primer acto. El segundo acto de esta escenificación comienza cuando los dos pastores cuentan al mencey los hechos presenciados, y este, acompañado de parte de su pueblo, decide acudir a la playa para comprobarlo por sí mismo, quedando asombrado ante la visión de tan extraña mujer.
Pese a intentar comunicarse, la mujer no le responde ni se mueve, quedando aún más admirado por ello. El mencey se da cuenta de la majestuosidad de la figura, por lo que decide trasladarla a su residencia. Sin embargo, no se atreve a acercarse ni a tocarla; ordena a los dos pastores que acudan ellos a cargar la figura. Atemorizados se acercan a la mujer y la tocan, quedando milagrosamente sanos de sus heridas.

El mencey comprende que se trata de un ser con poderes sobrenaturales. Los guanches rinden tributo a la sorprendente imagen que hace tales milagros. Llenos de júbilo por el hallazgo, los guanches saltan con sus lanzas y tocan los bucios en honor de la imagen.
Los guanches trasladan la imagen hasta Chinguaro, auchón (cueva de habitación) del mencey de Güímar, para acomodarla en el lugar. La transporta él con sus propias manos y el resto de guanches la custodian durante el camino. Mientras avanzan van haciendo sonar sus bucios (caracolas marinas usados como instrumentos que se hacen sonar soplando), rindiéndole los mayores honores.

El último acto de esta representación es la procesión nocturna, durante la cual la imagen de la Virgen es trasladada con los mayores honores por las calles de la Villa. La Candelaria retorna al santuario alrededor de la medianoche, con los guanches arrodillados ante ella.


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