VICENTE PÉREZ
Eulogio Concepción tiene 85 años y es uno de los artesanos más conocidos de Lanzarote. Es, de hecho, el último cestero de la Isla, y el hombre que una vez le dijo no a César Manrique (le negó hacerle cestos porque el artista no quería que le cortaran mucho las palmeras de su casa en Haría, un episodio que hoy cuenta como una anécdota).
Con tan avanzada edad, su vida es hacer con material de palma maravillas artesanales con sus manos, pero lleva ya tiempo sin disponer de materia prima suficiente para continuar con el oficio. Lo contó en abril pasado en PLANETA CANARIO, y ahora, cinco meses después, recibe a este diario en su taller de Haría, a escasos metros de la casa donde residió César Manrique.
«He vuelto a estar dos meses sin material, he ido al Ayuntamiento de Haría, a todos lados, y la verdad es que uno se aburre de tantos problemas, hasta el punto de que yo estaba dispuesto a dejar el oficio, porque me dicen que si no tienen cortadores, que si no tienen gente», se queja Eulogio, que se las ve y se las desea para poder conseguir hojas de palmera.

Debido a las plagas que tienen estos árboles, según contó en su día este juvenil anciano, se han puesto muchas trabas al corte y trasiego de las hojas de palma, por lo que Eulogio lleva tiempo pidiendo que alguna administración pública le facilite esta labor para poder continuar con su ancestral oficio. De momento su clamor ha caído en saco roto.
Nacido en Güímar, al sur de Tenerife, 1933, pronto sus padres emigraron a Lanzarote y allí echó él sus raíces, con el arraigo con que se aferran las palmeras al suelo sediento de los volcanes.
Es consciente de que es el último que conserva su oficio en Lanzarote, y por eso ha dado un curso a algunos alumnos de entre 30 y 40 años, pero ya no podían seguir acudiendo a sus clases. Y el pueblo de Haría también es sabedor de su esfuerzo por la cultura popular, y por ello el Ayuntamiento le erigió una escultura en bronce, una réplica suya elaborada por el escultor Rafael Gómez González, ubicada frente al taller de artesanía del municipio.

«Yo siempre he trabajado en esto pero también he necesitado complementarlo con otras cosas; antiguamente se vendía más que ahora, porque ahora es para adornos y antes se usaban las cestas porque eran necesarias», comenta mientras atiende a unos turistas de la Península que entraron en su taller, donde exhibe los diplomas y placas que le han entregado en su ya larga vida de artesano.
Hasta allí llegan visitantes de diversos países que vienen a ver la casa de César Manrique, y los que curiosean por esas calles de Haría se encuentran con este auténtico sabio de la cestería, que nunca pierde el buen humor ni cuando se enfada. Habla con todos mientras construye unos grandes armazones de palma que le han encargado.
«Toda madera no sirve para troncos», suelta, con socarronería, porque pronto los interlocutores atisban que no se refiere a los árboles, sino a los políticos, a quienes pide «más voluntad» para que la artesanía tradicional de Lanzarote no se pierda. «Que me traigan material es lo único que pido», apostilla. Y lo dice con el cuerpo encorvado para componer la urdimbre vegetal que teje con sus manos, concentradas la mirada y las manos en una labor que quisiera continuar hasta el fin de sus días.



















































