Corría el año 1976. El año en que Fidel Castro se convirtió en presidente de Cuba o Adolfo Suárez era nombrado presidente de España. A finales de ese año vine al mundo, en el seno de una familia trabajadora, al amparo de un matrimonio joven que empezaba con ilusión el arduo trabajo que supone formar un hogar. Por aquel entonces mi padre trabajaba, al igual que lo hacía mi madre, pero no como era usual que trabajaran muchas mujeres de aquel entonces, mi madre era de las que tenía un empleo de los que tienen nómina a final de mes y derecho a vacaciones, no como desgraciadamente siempre ha sucedido con las amas de casa. En aquella época, el machismo imperaba con fuerza, aunque comenzaban a verse atisbos de movimientos que predicaban la libertad de las personas por encima de cualquier cosa. Pero cada casa es un mundo. Es una ley universal. El mundo puede estar transcurriendo por cualquier época, y tu casa puede estar ideológicamente a la par, adelantada o retrasada respecto a ese ambiente social.
Mi padre procedía de una familia honrada y cariñosa, pero en la que los hombres no realizaban ningún tipo de labor doméstica, su función era la de rendir más allá de la puerta de la entrada de la casa. Mi madre procedía de una casa con un ambiente más progresista, tres hermanos y una hermana a los cuales mis abuelos trataron de manera igualitaria en cuanto a derechos y deberes.
Cuando decidió casarse, mi madre encaró con la normalidad de la época el papel que se le suponía, la organización completa del hogar desde que estampó su firma en un papel delante de un cura. Pero los grandes tratos en esta vida, se firman a puerta cerrada, y a veces no hace falta ni decir una sola palabra. Mis padres, con toda naturalidad, habían cerrado un acuerdo que no se dijo en voz alta en la iglesia. Mi padre comenzó a aportar el mismo trabajo, fuera y dentro de casa, que aportaba mi madre. Mi padre era un tipo muy inteligente, de los más inteligentes que he conocido en mi vida. Se sobrepuso al papel que podía haber desempeñado con tranquilidad, el de hombre que una vez terminada su jornada laboral, se sentaba a ver cómo la mujer continuaba trabajabando frente a él. Mi padre sabía perfectamente distinguir lo que era ser un abusador. Su educación tradicional, cimentada en el machismo, no le impidió ver con claridad que la libertad de tu pareja vale tanto como la tuya. Así que las tareas se dividieron equitativamente. Mi padre fundó una sociedad con mi madre, a partes iguales. Una cooperativa. Solía decir que una pareja va siempre en el mismo barco «y si no reman para el mismo lado, no van a ningún sitio».
A partir de esa base, disfruté de una infancia de ensueño, llena de cariño y respeto, recuerdo vivamente mil y un abrazos que se dieron mis padres, mirándose a los ojos, justo a la misma altura. Cuando llegó mi momento de vivir con una mujer apliqué exactamente lo que me enseñaron mediante el ejemplo mis padres hacía ya tantos años. No hubiera podido hacer lo contrario. No sabía ni cómo se hacía, así que también fundé una cooperativa. Tal y como me enseñaron a hacer mi padre y mi madre, dividiendo las acciones al 50%. Hoy en día llevó 20 años con mi pareja, y mi padre estuvo casado con mi madre hasta que falleció en 2013, durante más de 35 años…,así que creo que no es un mal sistema de convivencia.
De esa manera de actuar, se ramifica la manera en la que tratas a tus hijos. Te asocias con tu pareja para decidir siempre la mejor manera de solucionar los problemas de tu prole. Tú sólo no puedes, ni debes, el consenso entre los dos antes de actuar debe ser total, sobre todo cuando acabas por entender que por mucho que quieras a tus hijos, es imposible no equivocarse. Pretender ser perfecto es una empresa imposible. Vas a equivocarte en mil cosas. Quieras o no, no podrás evitar ser a veces injusto, pecar de exagerado o no ver bien lo que le estaba sucediendo a tu vástago. Lo que si aprendes, es que al mismo tiempo que entiendes que bordar el papel de progenitor a la perfección es imposible, entiendes que tratar de arreglarlo es el secreto para ser buen padre. Mostrar interés. La voluntad por saber todo sobre la vida de tus hijos, intentar comprender por lo que están pasando a cada paso que dan, buscar la manera de rectificar cuando has errado al tratar alguna cuestión de sus vidas es lo único que te convierte en buen padre. Todo lo demás no importa. Hay que aceptar que somos humanos, hechos para fallar, pero capaces de rectificar.
Era 1976. Fue el año en que nací. Fue cuando mis padres me cogieron por primera vez en brazos, el día señalado para aprender que sólo dejas de preocuparte por la vida de tus hijos el día que ya no estás aquí.
Corría el año 1976. El año en que Fidel Castro se convirtió en presidente de Cuba o Adolfo Suárez era nombrado presidente de España. A finales de ese año vine al mundo, en el seno de una familia trabajadora, al amparo de un matrimonio joven que empezaba con ilusión el arduo trabajo que supone formar un hogar. Por aquel entonces mi padre trabajaba, al igual que lo hacía mi madre, pero no como era usual que trabajaran muchas mujeres de aquel entonces, mi madre era de las que tenía un empleo de los que tienen nómina a final de mes y derecho a vacaciones, no como desgraciadamente siempre ha sucedido con las amas de casa. En aquella época, el machismo imperaba con fuerza, aunque comenzaban a verse atisbos de movimientos que predicaban la libertad de las personas por encima de cualquier cosa. Pero cada casa es un mundo. Es una ley universal. El mundo puede estar transcurriendo por cualquier época, y tu casa puede estar ideológicamente a la par, adelantada o retrasada respecto a ese ambiente social.
Mi padre procedía de una familia honrada y cariñosa, pero en la que los hombres no realizaban ningún tipo de labor doméstica, su función era la de rendir más allá de la puerta de la entrada de la casa. Mi madre procedía de una casa con un ambiente más progresista, tres hermanos y una hermana a los cuales mis abuelos trataron de manera igualitaria en cuanto a derechos y deberes.
Cuando decidió casarse, mi madre encaró con la normalidad de la época el papel que se le suponía, la organización completa del hogar desde que estampó su firma en un papel delante de un cura. Pero los grandes tratos en esta vida, se firman a puerta cerrada, y a veces no hace falta ni decir una sola palabra. Mis padres, con toda naturalidad, habían cerrado un acuerdo que no se dijo en voz alta en la iglesia. Mi padre comenzó a aportar el mismo trabajo, fuera y dentro de casa, que aportaba mi madre. Mi padre era un tipo muy inteligente, de los más inteligentes que he conocido en mi vida. Se sobrepuso al papel que podía haber desempeñado con tranquilidad, el de hombre que una vez terminada su jornada laboral, se sentaba a ver cómo la mujer continuaba trabajabando frente a él. Mi padre sabía perfectamente distinguir lo que era ser un abusador. Su educación tradicional, cimentada en el machismo, no le impidió ver con claridad que la libertad de tu pareja vale tanto como la tuya. Así que las tareas se dividieron equitativamente. Mi padre fundó una sociedad con mi madre, a partes iguales. Una cooperativa. Solía decir que una pareja va siempre en el mismo barco «y si no reman para el mismo lado, no van a ningún sitio».
A partir de esa base, disfruté de una infancia de ensueño, llena de cariño y respeto, recuerdo vivamente mil y un abrazos que se dieron mis padres, mirándose a los ojos, justo a la misma altura. Cuando llegó mi momento de vivir con una mujer apliqué exactamente lo que me enseñaron mediante el ejemplo mis padres hacía ya tantos años. No hubiera podido hacer lo contrario. No sabía ni cómo se hacía, así que también fundé una cooperativa. Tal y como me enseñaron a hacer mi padre y mi madre, dividiendo las acciones al 50%. Hoy en día llevó 20 años con mi pareja, y mi padre estuvo casado con mi madre hasta que falleció en 2013, durante más de 35 años…,así que creo que no es un mal sistema de convivencia.
De esa manera de actuar, se ramifica la manera en la que tratas a tus hijos. Te asocias con tu pareja para decidir siempre la mejor manera de solucionar los problemas de tu prole. Tú sólo no puedes, ni debes, el consenso entre los dos antes de actuar debe ser total, sobre todo cuando acabas por entender que por mucho que quieras a tus hijos, es imposible no equivocarse. Pretender ser perfecto es una empresa imposible. Vas a equivocarte en mil cosas. Quieras o no, no podrás evitar ser a veces injusto, pecar de exagerado o no ver bien lo que le estaba sucediendo a tu vástago. Lo que si aprendes, es que al mismo tiempo que entiendes que bordar el papel de progenitor a la perfección es imposible, entiendes que tratar de arreglarlo es el secreto para ser buen padre. Mostrar interés. La voluntad por saber todo sobre la vida de tus hijos, intentar comprender por lo que están pasando a cada paso que dan, buscar la manera de rectificar cuando has errado al tratar alguna cuestión de sus vidas es lo único que te convierte en buen padre. Todo lo demás no importa. Hay que aceptar que somos humanos, hechos para fallar, pero capaces de rectificar.
Era 1976. Fue el año en que nací. Fue cuando mis padres me cogieron por primera vez en brazos, el día señalado para aprender que sólo dejas de preocuparte por la vida de tus hijos el día que ya no estás aquí.
Corría el año 1976. El año en que Fidel Castro se convirtió en presidente de Cuba o Adolfo Suárez era nombrado presidente de España. A finales de ese año vine al mundo, en el seno de una familia trabajadora, al amparo de un matrimonio joven que empezaba con ilusión el arduo trabajo que supone formar un hogar. Por aquel entonces mi padre trabajaba, al igual que lo hacía mi madre, pero no como era usual que trabajaran muchas mujeres de aquel entonces, mi madre era de las que tenía un empleo de los que tienen nómina a final de mes y derecho a vacaciones, no como desgraciadamente siempre ha sucedido con las amas de casa. En aquella época, el machismo imperaba con fuerza, aunque comenzaban a verse atisbos de movimientos que predicaban la libertad de las personas por encima de cualquier cosa. Pero cada casa es un mundo. Es una ley universal. El mundo puede estar transcurriendo por cualquier época, y tu casa puede estar ideológicamente a la par, adelantada o retrasada respecto a ese ambiente social.
Mi padre procedía de una familia honrada y cariñosa, pero en la que los hombres no realizaban ningún tipo de labor doméstica, su función era la de rendir más allá de la puerta de la entrada de la casa. Mi madre procedía de una casa con un ambiente más progresista, tres hermanos y una hermana a los cuales mis abuelos trataron de manera igualitaria en cuanto a derechos y deberes.
Cuando decidió casarse, mi madre encaró con la normalidad de la época el papel que se le suponía, la organización completa del hogar desde que estampó su firma en un papel delante de un cura. Pero los grandes tratos en esta vida, se firman a puerta cerrada, y a veces no hace falta ni decir una sola palabra. Mis padres, con toda naturalidad, habían cerrado un acuerdo que no se dijo en voz alta en la iglesia. Mi padre comenzó a aportar el mismo trabajo, fuera y dentro de casa, que aportaba mi madre. Mi padre era un tipo muy inteligente, de los más inteligentes que he conocido en mi vida. Se sobrepuso al papel que podía haber desempeñado con tranquilidad, el de hombre que una vez terminada su jornada laboral, se sentaba a ver cómo la mujer continuaba trabajabando frente a él. Mi padre sabía perfectamente distinguir lo que era ser un abusador. Su educación tradicional, cimentada en el machismo, no le impidió ver con claridad que la libertad de tu pareja vale tanto como la tuya. Así que las tareas se dividieron equitativamente. Mi padre fundó una sociedad con mi madre, a partes iguales. Una cooperativa. Solía decir que una pareja va siempre en el mismo barco «y si no reman para el mismo lado, no van a ningún sitio».
A partir de esa base, disfruté de una infancia de ensueño, llena de cariño y respeto, recuerdo vivamente mil y un abrazos que se dieron mis padres, mirándose a los ojos, justo a la misma altura. Cuando llegó mi momento de vivir con una mujer apliqué exactamente lo que me enseñaron mediante el ejemplo mis padres hacía ya tantos años. No hubiera podido hacer lo contrario. No sabía ni cómo se hacía, así que también fundé una cooperativa. Tal y como me enseñaron a hacer mi padre y mi madre, dividiendo las acciones al 50%. Hoy en día llevó 20 años con mi pareja, y mi padre estuvo casado con mi madre hasta que falleció en 2013, durante más de 35 años…,así que creo que no es un mal sistema de convivencia.
De esa manera de actuar, se ramifica la manera en la que tratas a tus hijos. Te asocias con tu pareja para decidir siempre la mejor manera de solucionar los problemas de tu prole. Tú sólo no puedes, ni debes, el consenso entre los dos antes de actuar debe ser total, sobre todo cuando acabas por entender que por mucho que quieras a tus hijos, es imposible no equivocarse. Pretender ser perfecto es una empresa imposible. Vas a equivocarte en mil cosas. Quieras o no, no podrás evitar ser a veces injusto, pecar de exagerado o no ver bien lo que le estaba sucediendo a tu vástago. Lo que si aprendes, es que al mismo tiempo que entiendes que bordar el papel de progenitor a la perfección es imposible, entiendes que tratar de arreglarlo es el secreto para ser buen padre. Mostrar interés. La voluntad por saber todo sobre la vida de tus hijos, intentar comprender por lo que están pasando a cada paso que dan, buscar la manera de rectificar cuando has errado al tratar alguna cuestión de sus vidas es lo único que te convierte en buen padre. Todo lo demás no importa. Hay que aceptar que somos humanos, hechos para fallar, pero capaces de rectificar.
Era 1976. Fue el año en que nací. Fue cuando mis padres me cogieron por primera vez en brazos, el día señalado para aprender que sólo dejas de preocuparte por la vida de tus hijos el día que ya no estás aquí.
Corría el año 1976. El año en que Fidel Castro se convirtió en presidente de Cuba o Adolfo Suárez era nombrado presidente de España. A finales de ese año vine al mundo, en el seno de una familia trabajadora, al amparo de un matrimonio joven que empezaba con ilusión el arduo trabajo que supone formar un hogar. Por aquel entonces mi padre trabajaba, al igual que lo hacía mi madre, pero no como era usual que trabajaran muchas mujeres de aquel entonces, mi madre era de las que tenía un empleo de los que tienen nómina a final de mes y derecho a vacaciones, no como desgraciadamente siempre ha sucedido con las amas de casa. En aquella época, el machismo imperaba con fuerza, aunque comenzaban a verse atisbos de movimientos que predicaban la libertad de las personas por encima de cualquier cosa. Pero cada casa es un mundo. Es una ley universal. El mundo puede estar transcurriendo por cualquier época, y tu casa puede estar ideológicamente a la par, adelantada o retrasada respecto a ese ambiente social.
Mi padre procedía de una familia honrada y cariñosa, pero en la que los hombres no realizaban ningún tipo de labor doméstica, su función era la de rendir más allá de la puerta de la entrada de la casa. Mi madre procedía de una casa con un ambiente más progresista, tres hermanos y una hermana a los cuales mis abuelos trataron de manera igualitaria en cuanto a derechos y deberes.
Cuando decidió casarse, mi madre encaró con la normalidad de la época el papel que se le suponía, la organización completa del hogar desde que estampó su firma en un papel delante de un cura. Pero los grandes tratos en esta vida, se firman a puerta cerrada, y a veces no hace falta ni decir una sola palabra. Mis padres, con toda naturalidad, habían cerrado un acuerdo que no se dijo en voz alta en la iglesia. Mi padre comenzó a aportar el mismo trabajo, fuera y dentro de casa, que aportaba mi madre. Mi padre era un tipo muy inteligente, de los más inteligentes que he conocido en mi vida. Se sobrepuso al papel que podía haber desempeñado con tranquilidad, el de hombre que una vez terminada su jornada laboral, se sentaba a ver cómo la mujer continuaba trabajabando frente a él. Mi padre sabía perfectamente distinguir lo que era ser un abusador. Su educación tradicional, cimentada en el machismo, no le impidió ver con claridad que la libertad de tu pareja vale tanto como la tuya. Así que las tareas se dividieron equitativamente. Mi padre fundó una sociedad con mi madre, a partes iguales. Una cooperativa. Solía decir que una pareja va siempre en el mismo barco «y si no reman para el mismo lado, no van a ningún sitio».
A partir de esa base, disfruté de una infancia de ensueño, llena de cariño y respeto, recuerdo vivamente mil y un abrazos que se dieron mis padres, mirándose a los ojos, justo a la misma altura. Cuando llegó mi momento de vivir con una mujer apliqué exactamente lo que me enseñaron mediante el ejemplo mis padres hacía ya tantos años. No hubiera podido hacer lo contrario. No sabía ni cómo se hacía, así que también fundé una cooperativa. Tal y como me enseñaron a hacer mi padre y mi madre, dividiendo las acciones al 50%. Hoy en día llevó 20 años con mi pareja, y mi padre estuvo casado con mi madre hasta que falleció en 2013, durante más de 35 años…,así que creo que no es un mal sistema de convivencia.
De esa manera de actuar, se ramifica la manera en la que tratas a tus hijos. Te asocias con tu pareja para decidir siempre la mejor manera de solucionar los problemas de tu prole. Tú sólo no puedes, ni debes, el consenso entre los dos antes de actuar debe ser total, sobre todo cuando acabas por entender que por mucho que quieras a tus hijos, es imposible no equivocarse. Pretender ser perfecto es una empresa imposible. Vas a equivocarte en mil cosas. Quieras o no, no podrás evitar ser a veces injusto, pecar de exagerado o no ver bien lo que le estaba sucediendo a tu vástago. Lo que si aprendes, es que al mismo tiempo que entiendes que bordar el papel de progenitor a la perfección es imposible, entiendes que tratar de arreglarlo es el secreto para ser buen padre. Mostrar interés. La voluntad por saber todo sobre la vida de tus hijos, intentar comprender por lo que están pasando a cada paso que dan, buscar la manera de rectificar cuando has errado al tratar alguna cuestión de sus vidas es lo único que te convierte en buen padre. Todo lo demás no importa. Hay que aceptar que somos humanos, hechos para fallar, pero capaces de rectificar.
Era 1976. Fue el año en que nací. Fue cuando mis padres me cogieron por primera vez en brazos, el día señalado para aprender que sólo dejas de preocuparte por la vida de tus hijos el día que ya no estás aquí.



















































