VICENTE PÉREZ
Mario es un músico y empresario de Güímar que quiere salvar con mimos botánicos y terapia musical el drago de 130 años que las instituciones públicas habían dado ya por muerto. El vetusto ejemplar de 10 metros de alto y 15 toneladas de peso se desplomó en julio pasado en el colegio Nazaret, de este municipio tinerfeño. Tras semanas de incertidumbre caído sobre asfalto, y cuando las primeras noticias parecían ser que sería trasplantado por el Ayuntamiento o el Cabildo, este dio la mala noticia: el árbol no puede ser salvado. Así lo diagnosticaron los expertos. Su destino era, pues, ser troceado y llevado a un vertedero.
Y es ahí donde aparece, como una especie de ángel caído del cielo, Mario Díaz Gómez. Pertenece a una familia enamorada del patrimonio histórico, y él lleva lleva 30 años restaurando con sus propias manos la casa de la Marquesa, del siglo XVIII, hoy convertida en un hotel de nombre largo y sugerente: Buen Retiro. Casa de la Música y el Sonido. Está situado en la calle Chacaica, 9, en la parte alta del casco histórico güimarero, muy cerca del colegio donde se desplomó el drago.
«Hay que intentarlo, porque es parte de la historia de este pueblo»

Sin pensarlo dos veces contrató una enorme grúa para el traslado del portentoso árbol, que todavía conserva hojas verdes; una excavadora para abrir un enorme hoyo en el terreno anexo al hotel, y allí, con trabajosas maniobras, lo plantó, sosteniéndolo además con una estructura metálica. Ahora lo riega con devocional cariño y, por las tardes, le toca el violín a sus pies. Y otros músicos aficionados y profesionales también se están sumando a la iniciativa.

Lo relata el propio Mario, sentado al pie del árbol en conversación con PLANETA CANARIO. «Desde el minuto cero quise intervenir, desde que me enteré de que se cayó el drago en el colegio de las monjas quise hacerme cargo de él. Pero luego leí que lo iban a trasplantar las instituciones públicas y me quité de en medio; estuvo bastantes días tirado y para mi sorpresa luego leí la noticia de que lo habían desahuciado y ya no le veían posibilidades de sobrevivir; así que yo pensé que era mi turno, pues pienso que hay que darle una oportunidad, porque es un drago histórico, es parte de la historia de Güímar, y mientras haya un soplo de vida, aquí estaré yo intentando salvarlo».
Un drago para el reencuentro de los músicos

Mario, que estudió violín en un conservatorio y se ha convertido en una especie de enfermero constante consagrado al drago moribundo, está en contacto con botánicos que le asesoran sobre los cuidados que debe tener ahora este vegetal para intentar que eche de nuevo raíces.
Que además de botánica use la música no es de extrañar. «Este es el Museo de la Música y el Sonido», explica, «un sitio que he creado para servir de punto de encuentro para los músicos, aficionados y profesionales, que a menudo suelen estar separados y muchos se desaniman y cuelgan el instrumento, como me pasó a mi, que tuve el violín guardado 20 años».
Un hotel para las experiencias musicales, el nuevo hogar del árbol

Este güimarero es un perseguidor de sueños. Hacer revivir el drago es ahora no de tantos vinculados con la cultura y la naturaleza. «Yo quiero que el drago viva primero porque es un ser vivo que merece esa oportunidad, y después porque quiero que en torno a él vengan músicos aquí a tocar, a desarrollar sus dotes artísticas, sepan o no solfeo», confiesa. Tal es así que, no lejos del árbol, en un solar anexo, tiene previsto construir el Salón de la Música, una edificación del que él mismo ha hecho ya una minuciosa maqueta, y que quisiera ver hecho realidad para convertirlo en un foco de actividades culturales.

El hotel ya es en sí mismo un lugar lleno de historia, de música y de instrumentos. Los domingos organiza una visita a las impresionantes estancias de la casona, del siglo XVIII. La hermana de Mario, Elsa, se viste de marquesa del siglo XVIII y va guiando a los visitantes y mostrando los salones donde se expone una valiosa colección de instrumentos musiciales. Se interpretan composiciones. Así que nada de extraño tiene que el drago reciba, además de agua y productos fitosanitarios, una ración diaria de hermosas ondas sonoras.
«Hago esto con el corazón, tal vez cabezonería mía, pero hay que soñar»
«Esto que hago por el drago es puro corazón; tal vez sea una cabezonería mía, no sé si me atraen las causas imposibles o yo valoro lo que otras personas no, pero no me cabe duda de que tengo por lo menos que intentar salvar este árbol», cuenta Mario, mientras se dispone a interpretar, ante la cámara de PLANETA CANARIO, parte de la emocionante banda sonora de la película Cinema Paradiso, obra de Ennio Morricone.
Sentado en una banqueta blanca y con el atril delante, pues es músico de solfeo, Mario dice estar convencido de que «las plantas captan las vibraciones, porque el propio Universo tiene una vibracion; le hago terapia musicial con la esperanza de que el drago prospere, ya que siendo esta la Casa de la Música y el Sonido es lo menos que puedo hacer, entregarle de mi ser a este árbol esta música, de un ser vivo a otro».
Agradece la ayuda de expertos

Él sabe, por supuesto, que la musicoterapia no será suficiente para que el enorme ejemplar enraice y naturalmente está en contacto permanente con botánicos que de manera generosa le dan consejos: «Todo el experto que quiera ayudarme es bienvenido, incluso hay un etnobotánico de Guatemala, Miguel Torres, a quien por casualidad he conocido y, por las imágenes que le he enviado, me ha dado sus recomendaciones».
El pequeño hotel es un viejo sueño familiar que empezaba a materializarse cuando llegó la pandemia, que luego lo ha trastocado todo. Lo compraron en 1991. Es un inmueble construido en 1791, una fecha que además coincide con la de la muerte de Mozart, por lo que ambos años figuran en el pórtico del hotel. Frente a la fachada existe un gran y frondoso ejemplar de drago, que goza de buena salud, y que es hermano del que ahora se debate entre la vida y la muerte a unas decenas de metros de allí.
Invitación a los músicos para den terapia musical al drago

A los pies de este otro ejemplar «hermano» del que se debate entre la vida y la muerte, Mario reflexiona sobre la vida: «Intentar salvar ese drago es una cosa poética y mística, porque lo fácil es decir tírenlo porque no vale la pena, para qué gastarme este dinero, y acabar así de un plumazo con la poesía y la vida de un árbol; pero para mi eso es precisamente lo difícil; sé que esto me ha costado dinero, pero en la vida hay cosas más importantes que las materiales y hay que saber enfocarlas».
«Yo quiero que aparte de productos fitosanitarios y agua, a este drago se le dé música, y por eso invito a quienes quieran a tocar junto a este árbol, porque de algún quisiera que toda esa energía de la buena gente que quiere que se salve pues se concentre para que el drago siga viviendo», proclama Mario, tras tocar Cinema Paradiso concentrado en la partitura y, a su término, mostrando una sonrisa de felicidad por hacer lo que hace. Para visitar el drago, se puede llamar al teléfono que figura en la página de Facebook del hotel, donde también figura un teléfono de contacto y hay abundante material relacionado con los cuidados que está recibiendo el árbol: https://www.facebook.com/hotelbuenretiro
Las macabras marcas del árbol al ser condenado al vertedero

El tronco del convaleciente árbol tiene unas macabras líneas amarillas. Mario lo explica con un nudo en la garganta: «Estas son las líneas que le hicieron antes de yo traerlo, cuando estaba desplomado, para cortarlo en pedazos y llevarlo a un vertedero».
«Tal vez todo esto es cosa de locos o de soñadores, pero hay que intentarlo siempre, porque el ‘no’ ya lo tienes muchas veces por delante, y el empeño en lograr algo que parece imposible ya es, en si mismo, un triunfo del corazón frente a la razón que en ocasiones quiere frenarnos», filosofea esta güimarero, violín en mano, y con su tímido perro Maneli merodeando el atril y el grueso tronco de un drago centenario que es regado con agua y melodías.





















































