VÍCTOR YANES
Pino Monterrey y Gisele Ramírez se conocieron en un bar, pero no en un bar cualquiera. En el municipio de El Paso, un rincón especial había nacido y se llamaba tasca Sargento Pimienta. Fue ahí donde, estas dos mujeres “predestinadas” a encontrarse, empezarían un proyecto cultural original y único. Gisele regentaba este curioso establecimiento, del que hizo una extensión más de su pasión más sagrada: la música. Tomarte una cerveza en el Sargento Pimienta, se convertía en una experiencia de reencuentro con los brillantes acordes de grupos legendarios y de otros menos conocidos, pero que formaban parte de esa vanguardia del talento musical, habitualmente menos escuchada.
Tras el cierre definitivo del bar, Gisele y Pino ya sabían de sus respectivos amores por el coleccionismo de vinilos. No perdieron el contacto y el olfato de Gisele ya había detectado el auge del vinilo en La Palma, con recopiladores y selectores viviendo en la isla que hacían lo mismo ellas: coleccionar.
Nacía la primera semilla, aún rudimentaria, de lo que sería Pimientas Selectoras, como nos cuenta Gisele: “Sabíamos que éramos coleccionistas, que nos gustaban los vinilos y le propuse que, habiendo un auge del vinilo y no existiendo mujeres coleccionistas, nos lanzarnos y montar Pimientas Selectoras”.
La magia de la amistad surgida como un encuentro en la pequeña capital de la música del bar Sargento Pimiento, procuró el milagro tantas veces buscado: compartir más allá de los altos muros de nuestra vida secreta. Pimientas Selectoras y Sargento Pimienta, un binomio que, como nos comenta Gisele, “podríamos asociar con Sargent Peppers de Los Beatles, pero no es así, sacamos el nombre de Pimientas por el bar en el que nos conocimos y Selectoras porque somos selectoras de música”.
Promocionar a la mujer en el mundo de la cultura
Los comienzos de esta aventura vinilera fueron algo más modestos, nos recuerda con entusiasmo Pino Monterrey: “En el salón de mi casa hice un pequeño cuarto de ensayo donde quedábamos al principio para practicar e ir perfilando la técnica y, en la actualidad, es el lugar que hemos elegido para reunirnos cuando tenemos que hablar sobre algún evento importante al que nos han invitado”.
Una vez cristalizado este proyecto cultural, que lo componen más mujeres, a las que también les gusta el mundo del vinilo, Pino nos explica la razón de ser de este colectivo: “Somos una asociación creada para la organización de Festival Akelarre y para la promoción de la mujer en el mundo de la cultura, y en eventos que estén producidos por mujeres».
«Tocaba sumar esfuerzos, para que la afición por la música saliera de la sala transformada en cuarto de estudio y conquistara la calle», prosigue Pino, “ así que se habló con ayuntamientos y otras instituciones de la isla y, en general, hemos gozado de buena aceptación y excelente acogida también por parte de los selectores hombres, que nos han animado para que siguiéramos con el proyecto, alentándonos en la organización del Festival Akelarre».
«Hemos tenido», relata, «un notable apoyo de los establecimientos y locales en los que se daba cobertura a los dj y las instituciones que avalan los procesos culturales que hay en la isla. También nos han invitado para asistir a festivales que se celebran fuera de la isla de La Palma que, a su vez, nos sirven para intercambiar mucha información y disfrutar de la oportunidad de conocer a otros djs”.
Un discurso feminista

La Asociación Pimientas Selectoras arma su propio discurso, definido por un profundo matiz feminista. Es poco usual de ver mujeres haciendo lo que tradicionalmente han hecho los hombres, pinchar discos. Gisele explicq que “cuando empezamos, nos dimos cuenta de que no había prácticamente mujeres que pincharan, y fuimos buscando mujeres que compartieran el proyecto del vinilo».
«Nos costó mucho trabajo encontrarlas,» continúa Gisele, «con idea de invitarlas al Festival Akelarre, rastreando un año y medio. Contactamos con mujeres de todas partes; con unas mejicanas que forman un grupo potentísimo que se llama las mujeres vinileras, un grupo de chicanas que se encuentran en Austin”.
«Nos preguntamos por qué no hay mujeres coleccionistas de vinilos y mujeres pinchando, preguntándonos la razón de nuestra exclusión y autoexclusión; una podría ser porque el catálogo de vinilos pesa mucho, y otra podría ser que el vinilo -que tiene la misma naturaleza que un libro y reúne un montón de información cultural, no solo por la forma sino por la portada, la tipografía, es decir, toda la industria que lo produce- está en manos de los hombres, como igual pasaba con la fotografía o el cine en sus inicios; productos de alta cultura que estaban elaborados para un público masculino”.
El valor de este proyecto de mujeres amantes del vinilo es aún mayor al haber nacido en un pueblo pequeño de 7.000 habitantes, a lo que Pino Monterrey nos comenta: “La Palma y El Paso están alejados de los principales circuitos culturales de Canarias que están o en Las Palmas de Gran Canaria, en Santa Cruz de Tenerife o en La laguna, con lo cual atraer la atención hacia El Paso, donde sus vecinos, principalmente, sobreviven de la agricultura y la ganadería, es una forma de percatarnos que fuera de circuitos habituales hay mucha gente haciendo cosas».






















































