El 18 de Julio es una fecha que para las nuevas generaciones ya nos dice nada especial. El olvido en la historia es implacable con la mayoría de las fechas, incluidas las funestas. Pero un parte importante de la sociedad sabe que ese día comenzó el golpe de estado contra el Gobierno republicano comandado por Francisco Franco. No es mi intención darle más vueltas a ese episodio histórico, pues no faltan historiadores que han abordado la cuestión.
Es cierto que la España de aquellos años 30 había llegado a un punto convulso, extremistas de izquierda y de derecha, que cometieron barbaridades execrables. Pero la solución nunca debió ser el baño de sangre de una guerra civil con su represión posterior, y ni mucho menos 40 años de dictadura, por momentos dictablanda, porque el Generalísimo le cogió gusto a un sillón obtenido por la fuerza de las armas. Murió en la cama, por lo que si Franco hubiera sido más longevo, nuestra democracia habría tardado aún más tiempo en lograrse.
Pero a la Historia no se le puede dar la vuelta y lo que a mi me produce esta fecha, cada vez que llegamos a ella en el calendario, es un deseo irrefrenable de defender la democracia. Llevamos apenas unos cuantos años más de régimen democrático que los que estuvimos de dictadura. Y un aparte de nuestra sociedad, más alentada por líderes políticos que por su propia voluntad, continúa polarizada entre izquierda y derecha sin que aparezca otra vía posible.
El esquema mental de muchas personas sigue instalado en una división que en España parece imperturbable: o eres de un bando o eres de otro. Incluso los partidos que han intentado desmarcarse de esa división ideológica, o al menos superarla, han salido malparados, tras aquella experiencia exitosa de la Unión de Centro Democrático que lideró Adolfo Suárez.
Pero el mundo ha cambiado mucho desde 1936. La política de bloques hace más de dos décadas que cayó, ya no hay mundo comunista como tal y mundo capitalista. En Europa tuvimos incluso una solución que permitió reconducir ese conflicto sin sacrificar la libertad: el Estado del Bienestar, hoy en día en peligro.
¿Por qué entonces seguimos enconando las pasiones, resucitando la vieja dialéctica de fachas y rojos? A mi modo de ver es necesario superar ese fatídico enfrentamiento. Los demócratas de izquierda nada le deben a los regímenes comunistas sanguinarios que coartaron las libertades y provocaron millones de muertes, y por la misma regla de tres, los demócratas de derechas nada le deben a regímenes totalitarios fascistas o que coquetearon con fascismo como el que encabezó Franco.
En nuestros días, disfrutamos de unas libertades como pocos países en el mundo, y España pertenece, aunque a veces no lo percibamos del todo así, a las naciones más desarrolladas del planeta. Nuestra economía es la decimotercera más potente en el contexto internacional. Mucho de ese logro ha sido fruto del esfuerzo por superar los enfrentamientos fratricidas del pasado.
Es cierto que debemos eliminar de nuestras calles símbolos y placas que exalten solo a un solo bando, sin por ello actuar como talibanes contra bienes del patrimonio histórico artístico. Si vamos hacia atrás en la historia, pocas obras públicas y privadas fueron promovidas por organismos y personajes demócratas, porque la democracia que hoy vivimos pocas oportunidades ha tenido en nuestra historia.
Asisto por ello con decepción al hecho de que, aún hoy en día, haya tantas personas que defiendan el franquismo, muchas más, a mi modo de ver, que las que defienden el comunismo (que ya recibió su castigo a fuego en la represión franquista). La cultura democrática requiere de convicción, de aprendizaje, y de unos valores morales que todavía muchas personas no han asumido.
La democracia no es de izquierda, centro o derecha, es un marco para resolver los conflictos de una sociedad de forma pacífica y negociada, una manera de intentar progresar en paz. Y el único progreso moral, para mi, es aquel que no tolera el sufrimiento humano en todas sus formas y que aspira a la felicidad de todas las personas.
Todas las ideas son válidas si nacen de una voluntad sincera y noble de mejorar el mundo, de que no sufran nuestros prójimos, avanzando en la calidad de vida de la sociedad, y todo ello sin sacrificar la libertad, pues ya Cervantes, en boca de Don Quijote, dijo que «es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre».
Cada cual es libre en democracia de elegir el camino ideológico que más le convenga, pero el mío es de promover valores que nos unan a todos, más que promover lo que nos enfrenta. La inmensa mayoría de las personas queremos amor, vivienda digna, trabajo bien remunerado, servicios médicos de calidad, educación para nuestros hijos, seguridad ciudadana… y cada vez más personas quieren además poder viajar y disfrutar de un medio ambiente saludable.
No considero que por votar por un partido de derechas o por uno de izquierdas una persona tenga menos valor que otra, ni que mis amistades tenga que clasificarlos por esas etiquetas. Me interesa más saber si son buenas personas, y la motivación moral que tengan.
A estas alturas parece claro que el respeto de la libertad de cada cual hasta no se invade la libertad del otro es la clave para la convivencia. La vida demasiado corta para no promover la paz y la libertad auténticas, la que nacen de la voluntad común de convivir sin volver al primario y abominable método de matar para resolver un conflicto. Un mundo violento, sin cultura, ni solidaridad ni libertad, sería para mi un fracaso absoluto.
Mi única línea roja es la apología de regímenes totalitarios donde se sacrifican las libertades, entre otras cosas porque en un país que fuera así, este artículo no lo podría publicar, ni existirían medios que me lo publicaran, o su editor acabaría como yo, probablemente en la cárcel, o represaliado, o a lo mejor muerto en una cuneta.





















































