Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.
Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.
Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de kilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.
Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.
PABLO ZURITA ESPINOSA,
ingeniero agrónomo
Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.
Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.
Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de kilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.
Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.
PABLO ZURITA ESPINOSA,
ingeniero agrónomo
Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.
Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.
Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de kilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.
Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.
PABLO ZURITA ESPINOSA,
ingeniero agrónomo
Estirar el chicle. El empeño en preservar el modelo de “desarrollo sostenible”, gestionar ese oxímoron, conduce a estrategias tan perversas como la obsolescencia programada para fabricar más y vender más, a costa de desechar aparatos que funcionan perfectamente y generar enormes cantidades de residuos. O a transportar materias primas y todo tipo de manufacturas por todo el planeta, de ida y vuelta, con la peregrina justificación de ser barato. Empeño que lleva también a fomentar el consumo de alimentos insanos e híper calóricos que enferman a más gente que cualquier otra patología conocida.
Vía AIEM. Discutimos estos días la conveniencia o no de introducir más aranceles a las importaciones de productos agrarios y pesqueros. Al sector primario local le parece procedente, a la patronal turística un disparate y al común de los ciudadanos no sabemos. Tengo claro que cualquier arancel distorsiona la ley básica de la oferta y la demanda, y por tanto, hay que extremar la cautela cuando se propone mecanismos bienintencionados dirigidos a compensar los desajustes que (interpretamos) provoca el propio funcionamiento de esos mercados.
Ser barato. El argumento a favor esgrime los costes de producción, más altos en Canarias, que obligan a vender más caro, lo que supone menos ventas aunque el producto no haya recorrido miles de kilómetros y pueda acreditar mayor calidad, por consiguiente (se entiende que) encarecer lo importado reducirá el diferencial en el lineal del supermercado y desincentivará las importaciones por menos lucrativas. El argumento en contra pone el foco en el incremento del precio de los insumos que haría menos competitivo al sector turístico en el mercado internacional y en la subida del precio de la cesta de la compra para el común de los mortales. Por razones obvias, cultivar arroz nunca sería buena opción en las Islas ya que exige agua que no tenemos. Y a la inversa, venir de vacaciones a Canarias es una opción excelente para cualquier ciudadano europeo ávido de sol, playa, naturaleza, ocio y temeroso del riesgo de otros destinos sin un nivel óptimo de seguridad y de atención sanitaria, no por ser barato.
Compromiso local. El fin de la discusión -y de la intervención pública con los impuestos- llegará cuando los hoteleros apliquen en sus tarifas el coste real de la producción en su entorno cercano de los alimentos que preparan para sus clientes y de los vinos que los acompañan, un ejercicio análogo al que obliga la ley de cadena alimentaria para establecer los precios de venta.





















































