Claro, nadie lo pensó pero tampoco era tan difícil de imaginar, si abres puertas y ventanas de tu clase, con otra al otro lado del estrecho pasillo y un par de puertas enfrentadas ¡cómo a nadie se le ocurrió que las puertas no deben estar enfrentadas! pues con mascarillas tapándote la boca a ver quién se entiende ahí. Yo, además, con una obra junto a mi clase donde se pasan la mañana cortando chapas de metal con una radial me tengo que acercar a la oreja del niño para que me entienda algo de lo que le quiero decir en determinados momentos. A nadie se le ocurrió tampoco que la contaminación acústica, siempre fundamental aunque aquí nos da igual el tema de siempre, resultaría clave en un momento donde había que hablar a boca tapada.
Pero en fin, nunca mejor dicho tampoco aquello de que peor el remedio que el propio padecimiento. Sí, tal cual. ¿Solución? Pues tiramos de la cartera y nos compramos un megáfono todos para dar la clase. Parece de chiste pero real como la vida misma. Pero señor, Dios y hombre verdadero, como decía mi santa madre… ¿Que no entendemos que si todos utilizamos megafonía eso va a parecer una feria de pueblo con el de la chochona, el de la piezas de porcelana falsas atrás del camión y el torito loco? ¿Es que no entendemos que como no bajemos el tono todos y se limiten los ruidos exteriores de la forma que sea, incluso cerrando calles al tráfico si es necesario, esto no se va a poder soportar de ninguna de las maneras?
En verdad, con grupos de supuesta convivencia estable que no son otra cosa que un engaño las más de las veces, a 25 o más alumnos en aulas que son hornos en muchos casos y mal ventiladas, con menos de dos metros cuadrados por alma; lo que nos faltaba era esto y no aprovechar la dificultad para dar un paso hacia otra forma de comunicarnos más pedagógica y sin tanto grito. No, lejos de eso, para mi que tenemos claro que la cosa no va a durar mucho y en nada nos mandarán a casa de nuevo, nos vamos a supuestas “soluciones” que necesariamente nos van a enredar más de lo que ya estamos.
¿La Consejería de Educación? Pues que sé yo, ni está ni se la espera. De los problemas del día a día que requieren instrucciones y medidas drásticas del tipo “no ruidos en los entornos escolares por decreto ley ya”, viven alejados lo más grande. Se hicieron la foto con el inicio presencial del curso y ya está todo arreglado, que eso vaya o se convierta en una especie de manicomio pues a ellos qué más les da desde su teletrabajo o con un chorro de aire acondicionado que les obliga a abrigarse en sus despachos mientras tú intentas mantener motivados a cerca de treinta criaturas rozando o por encima de los treinta grados en muchas ocasiones.
Hacinados ahí sí, porque las perras las quieren para sus trenes y sus leches y tú ingeniándote soluciones de tu bolsillo para salir del paso que sencillamente nos van a meter en un lío mayor. Sí, la megafonía en circunstancias normales nos puede ayudar, es cierto, sobre todo para no dañarnos la voz en grupos muy numerosos, pero cuando todas las puertas que dan al pasillo están abiertas por protocolo necesario en qué se puede convertir eso… ¿Es que no lo vemos compadre?
JUAN JESÚS GONZÁLEZ AFONSO
maestro de primaria
Claro, nadie lo pensó pero tampoco era tan difícil de imaginar, si abres puertas y ventanas de tu clase, con otra al otro lado del estrecho pasillo y un par de puertas enfrentadas ¡cómo a nadie se le ocurrió que las puertas no deben estar enfrentadas! pues con mascarillas tapándote la boca a ver quién se entiende ahí. Yo, además, con una obra junto a mi clase donde se pasan la mañana cortando chapas de metal con una radial me tengo que acercar a la oreja del niño para que me entienda algo de lo que le quiero decir en determinados momentos. A nadie se le ocurrió tampoco que la contaminación acústica, siempre fundamental aunque aquí nos da igual el tema de siempre, resultaría clave en un momento donde había que hablar a boca tapada.
Pero en fin, nunca mejor dicho tampoco aquello de que peor el remedio que el propio padecimiento. Sí, tal cual. ¿Solución? Pues tiramos de la cartera y nos compramos un megáfono todos para dar la clase. Parece de chiste pero real como la vida misma. Pero señor, Dios y hombre verdadero, como decía mi santa madre… ¿Que no entendemos que si todos utilizamos megafonía eso va a parecer una feria de pueblo con el de la chochona, el de la piezas de porcelana falsas atrás del camión y el torito loco? ¿Es que no entendemos que como no bajemos el tono todos y se limiten los ruidos exteriores de la forma que sea, incluso cerrando calles al tráfico si es necesario, esto no se va a poder soportar de ninguna de las maneras?
En verdad, con grupos de supuesta convivencia estable que no son otra cosa que un engaño las más de las veces, a 25 o más alumnos en aulas que son hornos en muchos casos y mal ventiladas, con menos de dos metros cuadrados por alma; lo que nos faltaba era esto y no aprovechar la dificultad para dar un paso hacia otra forma de comunicarnos más pedagógica y sin tanto grito. No, lejos de eso, para mi que tenemos claro que la cosa no va a durar mucho y en nada nos mandarán a casa de nuevo, nos vamos a supuestas “soluciones” que necesariamente nos van a enredar más de lo que ya estamos.
¿La Consejería de Educación? Pues que sé yo, ni está ni se la espera. De los problemas del día a día que requieren instrucciones y medidas drásticas del tipo “no ruidos en los entornos escolares por decreto ley ya”, viven alejados lo más grande. Se hicieron la foto con el inicio presencial del curso y ya está todo arreglado, que eso vaya o se convierta en una especie de manicomio pues a ellos qué más les da desde su teletrabajo o con un chorro de aire acondicionado que les obliga a abrigarse en sus despachos mientras tú intentas mantener motivados a cerca de treinta criaturas rozando o por encima de los treinta grados en muchas ocasiones.
Hacinados ahí sí, porque las perras las quieren para sus trenes y sus leches y tú ingeniándote soluciones de tu bolsillo para salir del paso que sencillamente nos van a meter en un lío mayor. Sí, la megafonía en circunstancias normales nos puede ayudar, es cierto, sobre todo para no dañarnos la voz en grupos muy numerosos, pero cuando todas las puertas que dan al pasillo están abiertas por protocolo necesario en qué se puede convertir eso… ¿Es que no lo vemos compadre?
JUAN JESÚS GONZÁLEZ AFONSO
maestro de primaria
Claro, nadie lo pensó pero tampoco era tan difícil de imaginar, si abres puertas y ventanas de tu clase, con otra al otro lado del estrecho pasillo y un par de puertas enfrentadas ¡cómo a nadie se le ocurrió que las puertas no deben estar enfrentadas! pues con mascarillas tapándote la boca a ver quién se entiende ahí. Yo, además, con una obra junto a mi clase donde se pasan la mañana cortando chapas de metal con una radial me tengo que acercar a la oreja del niño para que me entienda algo de lo que le quiero decir en determinados momentos. A nadie se le ocurrió tampoco que la contaminación acústica, siempre fundamental aunque aquí nos da igual el tema de siempre, resultaría clave en un momento donde había que hablar a boca tapada.
Pero en fin, nunca mejor dicho tampoco aquello de que peor el remedio que el propio padecimiento. Sí, tal cual. ¿Solución? Pues tiramos de la cartera y nos compramos un megáfono todos para dar la clase. Parece de chiste pero real como la vida misma. Pero señor, Dios y hombre verdadero, como decía mi santa madre… ¿Que no entendemos que si todos utilizamos megafonía eso va a parecer una feria de pueblo con el de la chochona, el de la piezas de porcelana falsas atrás del camión y el torito loco? ¿Es que no entendemos que como no bajemos el tono todos y se limiten los ruidos exteriores de la forma que sea, incluso cerrando calles al tráfico si es necesario, esto no se va a poder soportar de ninguna de las maneras?
En verdad, con grupos de supuesta convivencia estable que no son otra cosa que un engaño las más de las veces, a 25 o más alumnos en aulas que son hornos en muchos casos y mal ventiladas, con menos de dos metros cuadrados por alma; lo que nos faltaba era esto y no aprovechar la dificultad para dar un paso hacia otra forma de comunicarnos más pedagógica y sin tanto grito. No, lejos de eso, para mi que tenemos claro que la cosa no va a durar mucho y en nada nos mandarán a casa de nuevo, nos vamos a supuestas “soluciones” que necesariamente nos van a enredar más de lo que ya estamos.
¿La Consejería de Educación? Pues que sé yo, ni está ni se la espera. De los problemas del día a día que requieren instrucciones y medidas drásticas del tipo “no ruidos en los entornos escolares por decreto ley ya”, viven alejados lo más grande. Se hicieron la foto con el inicio presencial del curso y ya está todo arreglado, que eso vaya o se convierta en una especie de manicomio pues a ellos qué más les da desde su teletrabajo o con un chorro de aire acondicionado que les obliga a abrigarse en sus despachos mientras tú intentas mantener motivados a cerca de treinta criaturas rozando o por encima de los treinta grados en muchas ocasiones.
Hacinados ahí sí, porque las perras las quieren para sus trenes y sus leches y tú ingeniándote soluciones de tu bolsillo para salir del paso que sencillamente nos van a meter en un lío mayor. Sí, la megafonía en circunstancias normales nos puede ayudar, es cierto, sobre todo para no dañarnos la voz en grupos muy numerosos, pero cuando todas las puertas que dan al pasillo están abiertas por protocolo necesario en qué se puede convertir eso… ¿Es que no lo vemos compadre?
JUAN JESÚS GONZÁLEZ AFONSO
maestro de primaria
Claro, nadie lo pensó pero tampoco era tan difícil de imaginar, si abres puertas y ventanas de tu clase, con otra al otro lado del estrecho pasillo y un par de puertas enfrentadas ¡cómo a nadie se le ocurrió que las puertas no deben estar enfrentadas! pues con mascarillas tapándote la boca a ver quién se entiende ahí. Yo, además, con una obra junto a mi clase donde se pasan la mañana cortando chapas de metal con una radial me tengo que acercar a la oreja del niño para que me entienda algo de lo que le quiero decir en determinados momentos. A nadie se le ocurrió tampoco que la contaminación acústica, siempre fundamental aunque aquí nos da igual el tema de siempre, resultaría clave en un momento donde había que hablar a boca tapada.
Pero en fin, nunca mejor dicho tampoco aquello de que peor el remedio que el propio padecimiento. Sí, tal cual. ¿Solución? Pues tiramos de la cartera y nos compramos un megáfono todos para dar la clase. Parece de chiste pero real como la vida misma. Pero señor, Dios y hombre verdadero, como decía mi santa madre… ¿Que no entendemos que si todos utilizamos megafonía eso va a parecer una feria de pueblo con el de la chochona, el de la piezas de porcelana falsas atrás del camión y el torito loco? ¿Es que no entendemos que como no bajemos el tono todos y se limiten los ruidos exteriores de la forma que sea, incluso cerrando calles al tráfico si es necesario, esto no se va a poder soportar de ninguna de las maneras?
En verdad, con grupos de supuesta convivencia estable que no son otra cosa que un engaño las más de las veces, a 25 o más alumnos en aulas que son hornos en muchos casos y mal ventiladas, con menos de dos metros cuadrados por alma; lo que nos faltaba era esto y no aprovechar la dificultad para dar un paso hacia otra forma de comunicarnos más pedagógica y sin tanto grito. No, lejos de eso, para mi que tenemos claro que la cosa no va a durar mucho y en nada nos mandarán a casa de nuevo, nos vamos a supuestas “soluciones” que necesariamente nos van a enredar más de lo que ya estamos.
¿La Consejería de Educación? Pues que sé yo, ni está ni se la espera. De los problemas del día a día que requieren instrucciones y medidas drásticas del tipo “no ruidos en los entornos escolares por decreto ley ya”, viven alejados lo más grande. Se hicieron la foto con el inicio presencial del curso y ya está todo arreglado, que eso vaya o se convierta en una especie de manicomio pues a ellos qué más les da desde su teletrabajo o con un chorro de aire acondicionado que les obliga a abrigarse en sus despachos mientras tú intentas mantener motivados a cerca de treinta criaturas rozando o por encima de los treinta grados en muchas ocasiones.
Hacinados ahí sí, porque las perras las quieren para sus trenes y sus leches y tú ingeniándote soluciones de tu bolsillo para salir del paso que sencillamente nos van a meter en un lío mayor. Sí, la megafonía en circunstancias normales nos puede ayudar, es cierto, sobre todo para no dañarnos la voz en grupos muy numerosos, pero cuando todas las puertas que dan al pasillo están abiertas por protocolo necesario en qué se puede convertir eso… ¿Es que no lo vemos compadre?
JUAN JESÚS GONZÁLEZ AFONSO
maestro de primaria




















































