A cada momento vemos en las redes sociales uno de esos carteles de SOS desaparecidos, cada vez vemos más, casi a diario. Alguien ha desaparecido sin dejar rastro a su familia o amigos, y comienza una búsqueda que corre como la pólvora en las redes sociales. Hay varias cuestiones a enlazar en este tema, y todas en esencia son diferentes. La desaparición de personas pueden esconder desde un secuestro, una enfermedad que provoque desorientación, como el Alzehimer, hasta un asesinato. Cuando las autoridades se huelen estos casos suelen trabajar sin descanso, porque pasando los días se incrementa exponencialmente el riesgo de que esa persona no vuelva a ser vista.
Pero no siempre es tan sencillo, a veces una desaparición puede enmascarar otra realidad. Existe un elemento que es responsable de muchos casos de desapariciones, prácticamente exclusivo de los jóvenes, y es el de los «retos». «Desafío 48 horas», es uno de los ejemplos de una apuesta juvenil que arraigó con fuerza desde hace algunos años y que consiste en que los muchachos o las muchachas se «evaporen» durante dos días sin dejar rastro para después aparecer de la nada. Gana quien más comentarios o interacciones haya tenido en sus redes sociales preguntando sobre su caso. En estos casos, los padres, después del susto y recuperar a su vástago, suelen consultar páginas para dar hijos en adopción o formularios de ingreso voluntario de menores en campos de trabajo norcoreanos.
También está el clásico «no entienden mis sentimientos», ese que ha sucedido desde siempre, me fugo «por amor», suele suceder en esa preciosa etapa de la vida que se llama adolescencia, se largan sin mirar atrás dejando en un permanente ataque de ansiedad a toda su familia, un momento en el que los padres recuerdan cuando los hijos tenían tres o cuatro años y la gente les decía » ¡que simpático es, que risueño! ¡está para comérselo!… en ese momento piensan que tenían que haberselo comido. Una fuga detrás de un novio o novia, dejaba a la familia con el corazón en un puño, hasta que días después todo se quedaba en un susto. Alguna incluso oí en mi barrio cuando era un chiquillo, y todo se resolvía de manera sana, lógica y pedagógica que era castigando al infractor con un bofetón que le cambiaba el peinado de lado. Ahora, todo evoluciona, enseguida te ponen un cartel de desaparecido y prenden fuego a la mecha de «compartir», aún cuando ya haya acabado todo felizmente, te encontrarás a cientos de personas en Facebook que aún difunden la desaparición.
Cada día se denuncian en España, de media, 68 desapariciones. El año pasado, en total, fueron unas 25.000. En Canarias hay unas 200 personas desaparecidas y con estos datos, llego al último elemento o causa de desaparición, que es cuando la persona quiere hacerlo voluntariamente. He leído estadísticas de varios países, y lógicamente cuesta muchísimo cuantificar cuantos desaparecidos se han largado porque así lo decidieron, pero con los datos que tenemos los expertos tienden a sugerir que una gran mayoría de adultos que desaparecen lo hacen porque quieren. Hartazgo de la situación familiar, problemas económicos, una grave enfermedad que no le han contado a nadie o simplemente «ganas de desaparecer», esa expresión que todos hemos exclamado alguna vez y que esta gente decide hacer realidad.
La desaparición de nuestros seres queridos es una de las pesadillas a la que todos tememos, vemos como destruye familias y estados emocionales de los que buscan desesperadamente a sus seres queridos, pero el ser humano es tan voluble y complejo que sea por el motivo que sea, las búsquedas de personas siempre estarán ahí, son parte de nuestra sociedad por más que lo odiemos y sólo cambiará cuando evolucionemos hacia una sociedad que de verdad se encuentre a sí misma.
A cada momento vemos en las redes sociales uno de esos carteles de SOS desaparecidos, cada vez vemos más, casi a diario. Alguien ha desaparecido sin dejar rastro a su familia o amigos, y comienza una búsqueda que corre como la pólvora en las redes sociales. Hay varias cuestiones a enlazar en este tema, y todas en esencia son diferentes. La desaparición de personas pueden esconder desde un secuestro, una enfermedad que provoque desorientación, como el Alzehimer, hasta un asesinato. Cuando las autoridades se huelen estos casos suelen trabajar sin descanso, porque pasando los días se incrementa exponencialmente el riesgo de que esa persona no vuelva a ser vista.
Pero no siempre es tan sencillo, a veces una desaparición puede enmascarar otra realidad. Existe un elemento que es responsable de muchos casos de desapariciones, prácticamente exclusivo de los jóvenes, y es el de los «retos». «Desafío 48 horas», es uno de los ejemplos de una apuesta juvenil que arraigó con fuerza desde hace algunos años y que consiste en que los muchachos o las muchachas se «evaporen» durante dos días sin dejar rastro para después aparecer de la nada. Gana quien más comentarios o interacciones haya tenido en sus redes sociales preguntando sobre su caso. En estos casos, los padres, después del susto y recuperar a su vástago, suelen consultar páginas para dar hijos en adopción o formularios de ingreso voluntario de menores en campos de trabajo norcoreanos.
También está el clásico «no entienden mis sentimientos», ese que ha sucedido desde siempre, me fugo «por amor», suele suceder en esa preciosa etapa de la vida que se llama adolescencia, se largan sin mirar atrás dejando en un permanente ataque de ansiedad a toda su familia, un momento en el que los padres recuerdan cuando los hijos tenían tres o cuatro años y la gente les decía » ¡que simpático es, que risueño! ¡está para comérselo!… en ese momento piensan que tenían que haberselo comido. Una fuga detrás de un novio o novia, dejaba a la familia con el corazón en un puño, hasta que días después todo se quedaba en un susto. Alguna incluso oí en mi barrio cuando era un chiquillo, y todo se resolvía de manera sana, lógica y pedagógica que era castigando al infractor con un bofetón que le cambiaba el peinado de lado. Ahora, todo evoluciona, enseguida te ponen un cartel de desaparecido y prenden fuego a la mecha de «compartir», aún cuando ya haya acabado todo felizmente, te encontrarás a cientos de personas en Facebook que aún difunden la desaparición.
Cada día se denuncian en España, de media, 68 desapariciones. El año pasado, en total, fueron unas 25.000. En Canarias hay unas 200 personas desaparecidas y con estos datos, llego al último elemento o causa de desaparición, que es cuando la persona quiere hacerlo voluntariamente. He leído estadísticas de varios países, y lógicamente cuesta muchísimo cuantificar cuantos desaparecidos se han largado porque así lo decidieron, pero con los datos que tenemos los expertos tienden a sugerir que una gran mayoría de adultos que desaparecen lo hacen porque quieren. Hartazgo de la situación familiar, problemas económicos, una grave enfermedad que no le han contado a nadie o simplemente «ganas de desaparecer», esa expresión que todos hemos exclamado alguna vez y que esta gente decide hacer realidad.
La desaparición de nuestros seres queridos es una de las pesadillas a la que todos tememos, vemos como destruye familias y estados emocionales de los que buscan desesperadamente a sus seres queridos, pero el ser humano es tan voluble y complejo que sea por el motivo que sea, las búsquedas de personas siempre estarán ahí, son parte de nuestra sociedad por más que lo odiemos y sólo cambiará cuando evolucionemos hacia una sociedad que de verdad se encuentre a sí misma.
A cada momento vemos en las redes sociales uno de esos carteles de SOS desaparecidos, cada vez vemos más, casi a diario. Alguien ha desaparecido sin dejar rastro a su familia o amigos, y comienza una búsqueda que corre como la pólvora en las redes sociales. Hay varias cuestiones a enlazar en este tema, y todas en esencia son diferentes. La desaparición de personas pueden esconder desde un secuestro, una enfermedad que provoque desorientación, como el Alzehimer, hasta un asesinato. Cuando las autoridades se huelen estos casos suelen trabajar sin descanso, porque pasando los días se incrementa exponencialmente el riesgo de que esa persona no vuelva a ser vista.
Pero no siempre es tan sencillo, a veces una desaparición puede enmascarar otra realidad. Existe un elemento que es responsable de muchos casos de desapariciones, prácticamente exclusivo de los jóvenes, y es el de los «retos». «Desafío 48 horas», es uno de los ejemplos de una apuesta juvenil que arraigó con fuerza desde hace algunos años y que consiste en que los muchachos o las muchachas se «evaporen» durante dos días sin dejar rastro para después aparecer de la nada. Gana quien más comentarios o interacciones haya tenido en sus redes sociales preguntando sobre su caso. En estos casos, los padres, después del susto y recuperar a su vástago, suelen consultar páginas para dar hijos en adopción o formularios de ingreso voluntario de menores en campos de trabajo norcoreanos.
También está el clásico «no entienden mis sentimientos», ese que ha sucedido desde siempre, me fugo «por amor», suele suceder en esa preciosa etapa de la vida que se llama adolescencia, se largan sin mirar atrás dejando en un permanente ataque de ansiedad a toda su familia, un momento en el que los padres recuerdan cuando los hijos tenían tres o cuatro años y la gente les decía » ¡que simpático es, que risueño! ¡está para comérselo!… en ese momento piensan que tenían que haberselo comido. Una fuga detrás de un novio o novia, dejaba a la familia con el corazón en un puño, hasta que días después todo se quedaba en un susto. Alguna incluso oí en mi barrio cuando era un chiquillo, y todo se resolvía de manera sana, lógica y pedagógica que era castigando al infractor con un bofetón que le cambiaba el peinado de lado. Ahora, todo evoluciona, enseguida te ponen un cartel de desaparecido y prenden fuego a la mecha de «compartir», aún cuando ya haya acabado todo felizmente, te encontrarás a cientos de personas en Facebook que aún difunden la desaparición.
Cada día se denuncian en España, de media, 68 desapariciones. El año pasado, en total, fueron unas 25.000. En Canarias hay unas 200 personas desaparecidas y con estos datos, llego al último elemento o causa de desaparición, que es cuando la persona quiere hacerlo voluntariamente. He leído estadísticas de varios países, y lógicamente cuesta muchísimo cuantificar cuantos desaparecidos se han largado porque así lo decidieron, pero con los datos que tenemos los expertos tienden a sugerir que una gran mayoría de adultos que desaparecen lo hacen porque quieren. Hartazgo de la situación familiar, problemas económicos, una grave enfermedad que no le han contado a nadie o simplemente «ganas de desaparecer», esa expresión que todos hemos exclamado alguna vez y que esta gente decide hacer realidad.
La desaparición de nuestros seres queridos es una de las pesadillas a la que todos tememos, vemos como destruye familias y estados emocionales de los que buscan desesperadamente a sus seres queridos, pero el ser humano es tan voluble y complejo que sea por el motivo que sea, las búsquedas de personas siempre estarán ahí, son parte de nuestra sociedad por más que lo odiemos y sólo cambiará cuando evolucionemos hacia una sociedad que de verdad se encuentre a sí misma.
A cada momento vemos en las redes sociales uno de esos carteles de SOS desaparecidos, cada vez vemos más, casi a diario. Alguien ha desaparecido sin dejar rastro a su familia o amigos, y comienza una búsqueda que corre como la pólvora en las redes sociales. Hay varias cuestiones a enlazar en este tema, y todas en esencia son diferentes. La desaparición de personas pueden esconder desde un secuestro, una enfermedad que provoque desorientación, como el Alzehimer, hasta un asesinato. Cuando las autoridades se huelen estos casos suelen trabajar sin descanso, porque pasando los días se incrementa exponencialmente el riesgo de que esa persona no vuelva a ser vista.
Pero no siempre es tan sencillo, a veces una desaparición puede enmascarar otra realidad. Existe un elemento que es responsable de muchos casos de desapariciones, prácticamente exclusivo de los jóvenes, y es el de los «retos». «Desafío 48 horas», es uno de los ejemplos de una apuesta juvenil que arraigó con fuerza desde hace algunos años y que consiste en que los muchachos o las muchachas se «evaporen» durante dos días sin dejar rastro para después aparecer de la nada. Gana quien más comentarios o interacciones haya tenido en sus redes sociales preguntando sobre su caso. En estos casos, los padres, después del susto y recuperar a su vástago, suelen consultar páginas para dar hijos en adopción o formularios de ingreso voluntario de menores en campos de trabajo norcoreanos.
También está el clásico «no entienden mis sentimientos», ese que ha sucedido desde siempre, me fugo «por amor», suele suceder en esa preciosa etapa de la vida que se llama adolescencia, se largan sin mirar atrás dejando en un permanente ataque de ansiedad a toda su familia, un momento en el que los padres recuerdan cuando los hijos tenían tres o cuatro años y la gente les decía » ¡que simpático es, que risueño! ¡está para comérselo!… en ese momento piensan que tenían que haberselo comido. Una fuga detrás de un novio o novia, dejaba a la familia con el corazón en un puño, hasta que días después todo se quedaba en un susto. Alguna incluso oí en mi barrio cuando era un chiquillo, y todo se resolvía de manera sana, lógica y pedagógica que era castigando al infractor con un bofetón que le cambiaba el peinado de lado. Ahora, todo evoluciona, enseguida te ponen un cartel de desaparecido y prenden fuego a la mecha de «compartir», aún cuando ya haya acabado todo felizmente, te encontrarás a cientos de personas en Facebook que aún difunden la desaparición.
Cada día se denuncian en España, de media, 68 desapariciones. El año pasado, en total, fueron unas 25.000. En Canarias hay unas 200 personas desaparecidas y con estos datos, llego al último elemento o causa de desaparición, que es cuando la persona quiere hacerlo voluntariamente. He leído estadísticas de varios países, y lógicamente cuesta muchísimo cuantificar cuantos desaparecidos se han largado porque así lo decidieron, pero con los datos que tenemos los expertos tienden a sugerir que una gran mayoría de adultos que desaparecen lo hacen porque quieren. Hartazgo de la situación familiar, problemas económicos, una grave enfermedad que no le han contado a nadie o simplemente «ganas de desaparecer», esa expresión que todos hemos exclamado alguna vez y que esta gente decide hacer realidad.
La desaparición de nuestros seres queridos es una de las pesadillas a la que todos tememos, vemos como destruye familias y estados emocionales de los que buscan desesperadamente a sus seres queridos, pero el ser humano es tan voluble y complejo que sea por el motivo que sea, las búsquedas de personas siempre estarán ahí, son parte de nuestra sociedad por más que lo odiemos y sólo cambiará cuando evolucionemos hacia una sociedad que de verdad se encuentre a sí misma.




















































