La Laguna, entre el dolor por lo que destruyó el volcán y el afán de recomponer lo que se salvó

Esta población de unos 800 habitantes quedó semidestruida por una colada de la erupción de Cumbre Vieja. Seis meses después de acabada la erupción, PLANETA CANARIO ha recorrido la zona

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VICENTE PÉREZ

A mediados de octubre de 2021, los vecinos del barrio de La Laguna, en Los Llanos de Aridane, tuvieron que desalojar el barrio por la llegada de la lava del volcán de Cumbre Vieja. La mayoría lo empezó a ser sin que las autoridades se lo dijeran, porque ya para entonces sabían de la furia endemoniada del volcán con otros barrios, como el de Todoque, momento del que fue testigo PLANETA CANARIO.

Seis meses después, el barrio presenta una dura herida, pues parte desapareció bajo la lava, otra parte quedó dañada al servir las viviendas y negocios de muro de contención que impidió avanzar más el río de roca fundida, y, finalmente, la parte de este núcleo que quedó a salvo de la destrucción.

Al llegar a el centro de este barrio desde la LP-213 el panorama resulta sobrecogedor. La lava no llegó a la iglesia, que se salvó, pero destruyó cientos de viviendas hasta la altura de la Camino de la Cruz Chica y la propia carretera de La Laguna. Frente a la plaza de la iglesia, algunas viviendas han desaparecido  y otras están quemadas.

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Las empresas de esta zona resultaron muy afectadas: la gasolinera la engulló la colada, la sucursal bancaria quedó atravesada por la lava, que salió por la puerta y la ventana del establecimiento, una empresa de tatuaje resultó quemada, al igual que el bar Central, a través de cuyas rejas en puertas y ventajas puede verse, al fondo, el hueco por donde penetró el río de roca fundida. El colegio también resultó parcialmente dañado.

Desde allí y mirando hacia el Sur y la cumbre, todo es ahora una inmensa mancha negra de destrucción, un nuevo malpaís hasta la zona de Las Norias. Desde hace unas semanas se ha reabierto una carretera que cruza todas las coladas del volcán sin nombre, de momento con un solo carril y sin asfaltar, a la espera de que la lava se siga enfriando.

Desde marzo se trabaja en recuperar el camino de Cruz Chica para comunicar con el cruce de La Laguna y se llevan a cabo obras para reponer servicios básicos en las calles.

El ambiente que se vive es aún el del dolor por todo lo destruido, el enorme impacto emocional de ver cómo en pocos meses el paisaje ha cambiado por completo, pero también quienes han conservado su casa lucha por intentar recuperar un atisbo de normalidad.  Hay enfado porque la reconstrucción va lenta y porque quienes perdieron sus viviendas ya no están en el barrio  y no se sabe si alguna vez podrán rehacerla en sus inmediaciones.

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Algunos vecinos entre el cruce de La Laguna y la calle Baile Bueno, comenzaron hace unos días a retirar personalmente la colada de las fachadas de sus viviendas con picos y marrones, según informó Marcelino Rodríguez, uno de los afectados. Numerosas casas de esta zona permanecen en pie cercadas por la colada de lava, conocida como la número 8.

Estos vecinos, que reciben apoyo de asociaciones vecinales, expresa que no pueden esperar más y que están cansados de medias tintas [de las Administraciones públicas] y ante ello han tomado la iniciativa «estrictamente personal y bajo su responsabilidad”.

Todo el barrio, con unos 800 residentes, estuvo dos meses con el corazón en un puño, porque se temió que todo este núcleo desapareciera por completo. En octubre la colada 8 se paró donde hoy se encuentra, pero  a finales de noviembre uno de los tantos cambios de dirección de las coladas hizo temer lo peor, porque un nuevo río de lava se dirigía, amenazante, hacia el barrio. Pero este también se paró.

Unos días después cesó de vomitar lava el volcán, dejando un rastro de desolación en 12 kilómetros cuadrados del valle de Aridane, un inmenso malpaís del que La Laguna es su frontera norte. Hay vecinos que no quieren mirar a esa enorme mancha negra y al  nuevo volcán que se alza en la cumbre.

Pero otros saben que tendrán que acostumbrarse a esa visión pues, al fin y al cabo, no es más que un volcán más de los muchos que jalonan la isla, y, con el dolor a cuestas, tendrán que reconstruirse a sí mismos de esta amarga experiencia y recomponer el barrio. Aunque aún son muchas las incertidumbres.

 

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