ARTÍCULO DE OPINIÓN
CRISTÓBAL AMARO LÓPEZ
Hay algo que para la mayoría de las personas es absolutamente cotidiano. Entrar en una estación de guaguas, caminar hasta la parada, esperar y subir al vehículo que te llevará a casa.
Para mí, algunas veces, ese trayecto empieza mucho antes de subir a la guagua.
Y también empieza el miedo.
Soy prácticamente ciego y utilizo un bastón blanco para desplazarme. Cuando entro en la estación y tengo que dirigirme hacia mi guagua, sigo la vía de encaminamiento que existe precisamente para que las personas con discapacidad visual podamos orientarnos y desplazarnos con mayor seguridad.
Ese debería ser nuestro camino.
Un camino libre.
Un camino seguro.
Pero demasiadas veces no lo es.
Las líneas de mayor demanda generan, especialmente en determinadas horas, largas colas de pasajeros. Personas que esperan para subir a su guagua y que, como es lógico, quieren hacerlo cuanto antes.
El problema aparece cuando esas colas terminan ocupando la vía de encaminamiento.
Entonces lo que para una persona que ve puede ser simplemente una fila de gente, para mí se convierte en una sucesión de obstáculos que no puedo identificar visualmente.
Avanzo con mi bastón.
El bastón encuentra una persona.
Yo no la he visto.
La persona, en ocasiones, tampoco me ha visto a mí.
Y entonces puede llegar el enfado.
Alguna vez me han increpado.
Alguna vez me han empujado.
Y en alguna ocasión he tenido que explicar algo que, para mí, resulta difícil de explicar y, al mismo tiempo, tan sencillo:
No estaba intentando molestarte. No te había visto.
El bastón no pretendía golpearte.
El bastón estaba haciendo su trabajo.
Estaba intentando avisarme de que había alguien delante de mí.
Porque detrás de ese bastón hay una persona.
Una persona que quiere llegar a su guagua.
Nada más.
Llevo tiempo comunicando esta situación a responsables de la estación. He encontrado también personas que han comprendido el problema y me han ayudado.
Pero la situación continúa.
Y eso es lo que termina generando algo todavía más preocupante: inseguridad.
Hay momentos en los que, dependiendo de la cantidad de pasajeros y de cómo esté organizada la estación, necesito ir acompañado para hacer un recorrido que debería poder realizar por mí mismo.
Y eso me duele.
No porque recibir ayuda sea algo malo.
Sino porque la accesibilidad debería servir precisamente para que las personas con discapacidad podamos conservar nuestra autonomía.
Yo no quiero que alguien me lleve hasta la guagua.
Quiero poder llegar solo.
Quiero entrar en la estación, seguir mi recorrido, esperar y subir.
Como cualquier otra persona.
Sin miedo.
Sin nervios.
Sin preguntarme quién puede aparecer delante de mí bastón.
Sin temor a que alguien interprete mi dificultad visual como una falta de educación.
Y aquí quiero ser justo.
Titsa ha avanzado.
Los nuevos vehículos incorporan cada vez más elementos y sistemas destinados a mejorar la accesibilidad. Hay más herramientas, más tecnología y una mayor conciencia de que el transporte público tiene que estar pensado para todos.
Eso hay que reconocerlo.
Pero la accesibilidad no empieza cuando se abre la puerta de la guagua.
Empieza mucho antes.
Empieza en la acera.
En la estación.
En la vía de encaminamiento.
En el recorrido que una persona tiene que hacer para llegar hasta el vehículo.
Porque de poco sirve que una guagua sea accesible si llegar hasta ella se convierte en una carrera de obstáculos.
De poco sirve disponer de sistemas de información si otros elementos no funcionan cuando los necesitamos.
Y de poco sirve construir una vía de encaminamiento sí, precisamente cuando más personas hay, esa vía termina convertida en una extensión de la cola.
Por eso no estoy pidiendo privilegios.
Estoy pidiendo algo mucho más sencillo:
que la accesibilidad funcione también cuando la estación está llena.
Que las guaguas de mayor demanda puedan organizarse, cuando sea posible, de manera que las colas no invadan esos recorridos.
Que durante las horas de mayor afluencia exista una supervisión efectiva.
Que alguien compruebe que esas vías permanecen libres.
Y que cuando una persona con discapacidad comunique reiteradamente un problema, esa comunicación no termine simplemente archivada como una queja más.
Porque escuchar no es únicamente oír.
Escuchar es actuar después de haber oído.
Las personas con discapacidad no queremos que nos tengan miedo.
Tampoco queremos que nos tengan lástima.
Queremos autonomía.
Queremos seguridad.
Queremos poder utilizar una guagua para ir a trabajar, estudiar, visitar a nuestra familia o simplemente volver a casa sin convertir cada trayecto en una prueba de resistencia.
Yo no quiero que nadie me lleve de la mano.
Quiero poder llevar mi propio camino.
Y quizá esa sea la verdadera prueba de accesibilidad de un transporte público.
No cuántos sistemas incorpora una guagua.
No cuántas mejoras anuncia.
No cuántos elementos tecnológicos tiene.
Sino algo mucho más sencillo: si una persona ciega puede entrar en una estación, recorrerla y llegar hasta su guagua sin sentir miedo.
Porque una guagua está para llevarnos a nuestro destino.
No debería obligarnos a tener miedo de llegar hasta ella.





















































