EUSTAQUIO VILLALBA*
El 23 de julio de 1869 el periódico La Correspondencia Isleña, editado en Santa Cruz de Tenerife y portavoz del partido monarquico-liberal, publicaba en su página dos una noticia sobre el pueblo gomero de Vallehermoso titulada: “Promulgación de la Ley Fundamental en Vallehermoso.” La información había sido enviada por un correligionario monárquico de la isla y en ella decía que el 11 de julio se verificó en la Plaza de la Iglesia el acto de proclamación de la Constitución de 1869, al que concurrieron el párroco y personas de ideas monárquicas.
Señala el informante que también estaban el alcalde y el secretario municipal, conocidos republicanos, mostrando en su semblante -y en las acciones- su descontento con este acto. Nos cuenta el periódico que el texto constitucional fue leído con poco entusiasmo por el alcalde, que éste ocupaba su puesto en la ceremonia por obligación, y que terminó con un ¡viva la constitución! con voz muy apagada, que fue contestado con entusiasmo por los monárquicos, pero el resto de la corporación se mantuvo en silencio. El partido monárquico había colocado en la torre la bandera española con la inscripción «VIVA LA CONSTITUCIÓN DE 1869» y «poco después se la saludaba con salvas y repique de campanas hasta que comenzó la proclamación de la ley, cuyo acto fue terminado con vivas a la Constitución, a la soberanía nacional y a las cortes constituyentes, dados con el mayor entusiasmo por individuos adictos a la causa del partido monárquico liberal.”
En principio la noticia, tal y como la cuenta el periódico, no parece especialmente relevante como era, en teoría, la proclamación en un ayuntamiento de La Gomera del nuevo texto constitucional que consagraba la revolución de La Gloriosa ocurrida en septiembre del año anterior. Las elecciones se habían celebrado entre el 15 y 18 de enero y fueron las primeras en las que el voto masculino fue universal para todos los mayores de 25 años. Ganó las elecciones la coalición monárquica democrática conocida como los “cimbrios” en referencia al Manifiesto del Gobierno Provisional. La victoria de la amalgama monárquica fue abrumadora: 236 diputados por 85 de los republicanos federales y 20 de los carlistas. Los españoles habían apoyado una constitución democrática coronada por un rey, pero la familia real había sido expulsada y no le quedó más remedio al gobierno de los generales Serrano y Prim que comenzar la búsqueda de un candidato al trono, una solución que era inaceptable para los republicanos.
En Vallehermoso, como en el resto del país, la opinión pública estaba dividida y esto quedó de manifiesto ese mismo día: “En otro lugar muy cerca, en la ermita de La Consolación, (barrio de Triana) se reunían algunos cabecillas republicanos con gente de antecedentes muy conocidos por desgracia. Se ofreció vino a todos, se bebió de largo, y sucedió la embriaguez en muchos.”
El cronista describe las delictivas consecuencias de esta bacanal: la aparición de una bandera con el lema «¡Viva la República federal!»y, en la esquina, fijaron un cartel que decía «Plaza de la República» y con unas décimas de elogio de los gobiernos republicanos. La bandera era de fondo morado y azul en sus extremos. Detrás del símbolo republicano, un gentío recorrió la calle “dando voces descompasadamente” y vivas a la República al son de una caja o tambor. Al frente del “tumulto” iban el Síndico Regidor y otros conocidos republicanos. Cuando llegaron a la plaza de la Iglesia y encontraron a los monárquicos esperando el inicio del Te Deum, redoblaron los vivas a la República y se incorporaron la manifestación republicana el alcalde y el secretario del ayuntamiento y “dando la vuelta por donde dicen la Hoya y regresando luego al punto donde salió tan sin igual cencerrada. No terminó aquí la cosa, pues los mismos gritos y golpes de tambores se siguieron oyendo hasta las once de la noche, a cuya hora dispararon tres tiros, frente la barrio de la Hoya, retirándose acto seguido”
La respuesta de los monárquicos fue otra manifestación que recorrió las calles del pueblo entre las ocho y las nueve de la noche “cantando el himno de Riego con el mayor orden, después de iluminar con profusión los frentes de las casas y de colocar faroles distintivos colores en varios sitios.” Según cuenta el informante de La Correspondencia Isleña, estas manifestaciones republicanas no eran nuevas, pues los días anteriores se habían producido concentraciones frente a la puerta del Capitán de Milicias. Terminaba la noticia lamentando que sea así como entienden la libertad algunos republicanos de Vallehermoso.
Curiosamente la noticia tuvo un gran impacto en la opinión pública y entre las autoridades del momento en la provincia única de Canarias, hasta tal punto que se abrió una causa en los juzgados de Santa Cruz de Tenerife por la manifestación republicana. El juez de primera instancia inició las acciones judiciales basándose en la información de La Correspondencia Isleña. Con una rapidez que ya quisiera la Justicia actual, tomó declaración al director del periódico y hace saber al alcalde de Vallehermoso que haga las averiguaciones sobre estos hechos “sometiendo a los autores al fallo de la ley si de ello se hubiesen hecho acreedores.” Así se inició un grueso sumario por que desfilaron como testigos toda la clase dirigente del pueblo que, como comentaré en otro artículo, respondieron a la Justicia como en Fuenteovejuna.
El censo de 1860 contabilizaba 4.208 habitantes en Vallehermoso, era el núcleo más poblado de la isla que apenas superaba los 11.000 en esas fechas. No había pasado medio siglo desde la desaparición del señorío y los titulares de los contratos en enfiteusis, los nuevos propietarios, se habían convertido en la clase dominante del pueblo, los que vivían en las casas de la Calle, de Vegeta y de Triana. Los mismos que consiguieron arrebatar el ayuntamiento de Chipude, anexionándose su municipio y haciendo valer sus títulos de propiedad sobre esta parte de la isla.
Las fuertes diferencias sociales caracterizaron la sociedad de Vallehermoso de la época y fue el germen de una conflictividad que se mantuvo hasta la Guerra Civil. La resistencia del pueblo al golpe de estado de Franco desencadenó una fuerte represión, muchos pagaron con sus vidas, como les ocurrió a los guardías civiles del pueblo que defendieron la legalidad republicana; otros sufrieron torturas, cárcel y, los que tuvieron suerte, el exilio.






















































