Me considero un “noista”, que es un calificativo que usan machaconamente los que pretenden descalificar o, directamente, insultar a las personas o grupo de personas que difieren de la estrecha visión que les permite su cerebro de hormigón, a veces armado, y piensan exclusivamente en términos de beneficios económicos para su gremio. Me refiero obviamente, a los empresarios de la construcción y a muchos políticos implicados “ideológicamente” con ellos.
Desde el pasado día 2 de diciembre, estoy deseando contestar al Sr. Oscar Izquierdo, presidente de los Empresarios de la Construcción (FEPECO), por su artículo titulado “Los noistas que paralizan Tenerife”, donde este representante empresarial, que se caracteriza por insultar mucho y argumentar poco, se dedica a juntar torpemente y repetir algunas frases hechas y afirmaciones sin fundamento alguno; muchas de ellas pronunciadas frecuentemente por su antecesor en el cargo, hoy felizmente en la cárcel.
Resulta chocante escuchar al Sr. Izquierdo, que recuerda a un obispo incapaz de matar una mosca y, posteriormente, leer sus reiterados artículos dedicados a machacar sin misericordia a quien ose opinar u aportar algún argumento en contra de sus erróneas creencias. Habla de concordia, diálogo, trabajar conjuntamente, pero lo cierto es que sólo le interesa garantizar los beneficios de sus empresas en los próximos años a costa del dinero público. Usando su mismo “estilo” y palabras, procedo a contestar a sus artículos.
Los constructores que paralizan Tenerife
Los discursos antiguos continúan propagándose sin miramiento alguno, los llevan de aquí para allá los empresarios de la construcción, esos personajes retrógrados, disfrazados de ecologistas o progres, que no saben distinguir la realidad de su propia ideología que, por cierto, pretenden imponer en todo y a todos. Siguen intentando construir cualquier tipo de obra en Tenerife, aunque no sea beneficiosa para el conjunto de la sociedad, pero sí es imprescindible para la productividad y el crecimiento económico de sus empresas. Cada vez que se intenta planificar racionalmente las infraestructuras, que las empresas de la construcción necesitan, allí aparecen, generalmente junto a los ya famosos “políticos corruptos”, para impedir cualquier avance. Con una expresión moderna, diríamos que son verdaderamente tóxicos.
Para ellos, las carreteras no son un medio, sino un fin, por lo que siempre sirven para ganar algo. Vertebrar un territorio, aumentar la cohesión social y posibilitar un desarrollo sostenible, son algunas expresiones que conllevan beneficios económicos. Lo que decimos no es una ocurrencia, sino una constatación global. La supuesta utilidad que acompaña a las carreteras deja totalmente ensombrecido cualquier argumento en contra que pudiera ocasionar. Se trata de llenar nuestra isla de asfalto y de cemento, como machacona y maliciosamente reclaman, y de establecer aquellas superestructuras viarias que permitan generar el mayor volumen de roca, para el beneficio empresarial, porque para ellos no hay que priorizar a las personas.
Las actuaciones concretas sobre nuestro patrimonio cultural, especialmente en el conjunto de bienes materiales e inmuebles, también son objeto persistente de rapiña por estos ínclitos empresarios, que no quieren que quede nada, salvo la fachada y que se caiga todo. La rehabilitación tiene el objetivo preciso de conservar los inmuebles históricos para vivirlos, en el caso de la iniciativa privada o para disfrute ciudadano cuando son proyectos públicos. El talibanismo constructurero, por parte de empresas avariciosas y comisiones para aumentar el patrimonio de algunos, aceleran cualquier actuación, provocando un deterioro patrimonial, social, estructural, económico y vivencial, porque en vez de proteger, incentivan el destrozo.
Es decir, los resultados son totalmente opuestos a los que se pretenden defender. Estos individuos, empresarios codiciosos y otros aprovechados de la historia, desde una subjetividad personal, se creen en posesión de una verdad absoluta, la del negocio a toda costa, como les gusta tanto identificarse, que intentan implantar a fuerza de una persistencia ciega y con la constitución de plataformas del sí para cualquier obra que quieran o les apetezca hacer.
En la Península se padece el fenómeno de la España vaciada, que aquí tiene su correlación en algunos pueblos de Tenerife, que están perdiendo población de manera significativa y preocupante, con un envejecimiento galopante. Salir hacia la zona metropolitana o turísticas, es el único escape que le han dejado. Mucha culpa de esta emigración interior, la tiene el desinterés de gestionar para vivirlo, el patrimonio inmueble familiar, generalmente heredado, por las exigencias legales, por parte de los responsables que intentan frenar cualquier interés en demoler o para conseguir algún beneficio económico con la conservación integral y su puesta en el mercado.
Están expulsando a los ciudadanos de las zonas con más riqueza patrimonial, para convertir a esos lugares históricos en verdaderos parques temáticos, sin perspectivas de conservación alguna y con unos edificios desfigurados, que no están siendo protegidos de los «malvados empresarios para la especulación», como demuestran repetidamente e insistentemente, sino por la inconsciencia de esos empresarios de la construcción, que desde una superioridad moral, que nadie les ha dado y que ellos mismos se han arrogado sin vergüenza, procuran implantar dictatorialmente. No hace falta que nos insulten, somos mayorcitos y maduros para saber actuar con responsabilidad.

JOAQUÍN GALERA GASPAR,
Arquitecto y ecologista






















































