SERGIO BARRETO
Finalmente formar acuerdo para la creación de un gobierno democrático no ha sido posible, lo que significa que el voto de la sociedad se va a la basura. En bares, supermercados, plazoletas y mentideros suena el cuá, cuááá, cuáááááá del fracaso, de la esperanza truncada y de lo que casi es, pero no fue. Esto genera frustración, descontento y nuevas elecciones generales que se figuran azotadas por una abstención tan amplia como la indignación y la desidia que flotan en el aire. Al parecer, lo que vota España no es capaz de generar polos aglutinantes, coaliciones o mayorías absolutas y, salvo en las comunidades autónomas y los ayuntamientos, los estrechos márgenes en los resultados impiden que las formaciones políticas se afiancen, ya sea porque Sánchez se ha rendido a los patrones de la banca o porque Iglesias quiere entrar en los ministerios con un machete cubano. Desde que la simetría bipartidista se rompió gracias al 15M, las piezas del puzle político español no encajan porque las leyes que rigen parlamentos y congresos carecen de cuerpo para manejar la fragmentación de partidos dominantes. Formaciones chifladas siempre han aparecido en las papeletas, pero fuerzas con magnetismo capaz de romper el patrón PP vs. PSOE hace poco tiempo que operan en este país, poquísimo, así que no podemos pedirle peras al olmo y pretender que unos marcos constitucionales viejunos encarrilen y resuelvan las nuevas tendencias. En España empezamos a votar con cierto rigor hace cuarenta años, una vez sepultado Franco en su valle católico y monumental, y aunque grandes y poderosos han sido los progresos conquistados y las libertades ocupadas a lo largo de la Historia reciente, los acontecimientos actuales revelan una urgente necesidad de reforma. Hay que preguntarse, ahora más que nunca, si las bases que rigen la actividad política española han llegado a una frontera inexpugnable, convirtiéndose el voto plural y masivo en un jaque para los anticuados mecanismos canovistas que fueron diseñados para mantener una alternancia de poder entre lo rojo y lo azul. Desde los que quieren implantar la renta universal hasta los que desean apalear homosexuales en honor a Vox, el hemiciclo es hoy un hemicirco de payasos que, no lo olvidemos, son el reflejo de la sociedad en la que vivimos; seres que vociferan y observan sus ombligos, sin cultura para negociar y generar progreso y con afán de notoriedad permanente. Pretender que en un país cohabiten una casa real autoproclamada sin refrendamientos democráticos y un partido socialista obrero es imposible, totalmente imposible desde el sentido común, como mezclar pólvora y agua y esperar que algo estalle, por lo que el refugio racional y coherente que se le presupone al PSOE es una farsa publicitaria. Hasta que no sean modificadas determinadas manías españolas como el estatismo marmóreo, las leyes confeccionadas para el pucherazo, las puertas giratorias y el enchufismo descarado que tanto te coloca como ministro a Màxim Huerta o permite el aforamiento como senador de Fernando Clavijo, permaneceremos en este anarcocapitalismo rocambolesco, estridente y perfecto para que charlatanes como Trump, Boris Johnson, Salvini, Abascal, Bolsonaro o la robot Ayuso reinen por la gracia del caos. Esperemos que en Canarias sigan con la onda ejemplar y progre, y que los medios de comunicación al servicio de la derecha no hagan mucho daño a esa estrategia de cambio ofertada por podemitas y sociatas, aunque, visto lo visto, lo único que puede hacer el gobierno de Torres, Santana y Curbelo es, mientras la pobreza galopa en el archipiélago, pagar el muerto dejado por los cocaleros después de décadas de despilfarros y corruptelas. Poco más.

SERGIO BARRETO,
escritor
SERGIO BARRETO
Finalmente formar acuerdo para la creación de un gobierno democrático no ha sido posible, lo que significa que el voto de la sociedad se va a la basura. En bares, supermercados, plazoletas y mentideros suena el cuá, cuááá, cuáááááá del fracaso, de la esperanza truncada y de lo que casi es, pero no fue. Esto genera frustración, descontento y nuevas elecciones generales que se figuran azotadas por una abstención tan amplia como la indignación y la desidia que flotan en el aire. Al parecer, lo que vota España no es capaz de generar polos aglutinantes, coaliciones o mayorías absolutas y, salvo en las comunidades autónomas y los ayuntamientos, los estrechos márgenes en los resultados impiden que las formaciones políticas se afiancen, ya sea porque Sánchez se ha rendido a los patrones de la banca o porque Iglesias quiere entrar en los ministerios con un machete cubano. Desde que la simetría bipartidista se rompió gracias al 15M, las piezas del puzle político español no encajan porque las leyes que rigen parlamentos y congresos carecen de cuerpo para manejar la fragmentación de partidos dominantes. Formaciones chifladas siempre han aparecido en las papeletas, pero fuerzas con magnetismo capaz de romper el patrón PP vs. PSOE hace poco tiempo que operan en este país, poquísimo, así que no podemos pedirle peras al olmo y pretender que unos marcos constitucionales viejunos encarrilen y resuelvan las nuevas tendencias. En España empezamos a votar con cierto rigor hace cuarenta años, una vez sepultado Franco en su valle católico y monumental, y aunque grandes y poderosos han sido los progresos conquistados y las libertades ocupadas a lo largo de la Historia reciente, los acontecimientos actuales revelan una urgente necesidad de reforma. Hay que preguntarse, ahora más que nunca, si las bases que rigen la actividad política española han llegado a una frontera inexpugnable, convirtiéndose el voto plural y masivo en un jaque para los anticuados mecanismos canovistas que fueron diseñados para mantener una alternancia de poder entre lo rojo y lo azul. Desde los que quieren implantar la renta universal hasta los que desean apalear homosexuales en honor a Vox, el hemiciclo es hoy un hemicirco de payasos que, no lo olvidemos, son el reflejo de la sociedad en la que vivimos; seres que vociferan y observan sus ombligos, sin cultura para negociar y generar progreso y con afán de notoriedad permanente. Pretender que en un país cohabiten una casa real autoproclamada sin refrendamientos democráticos y un partido socialista obrero es imposible, totalmente imposible desde el sentido común, como mezclar pólvora y agua y esperar que algo estalle, por lo que el refugio racional y coherente que se le presupone al PSOE es una farsa publicitaria. Hasta que no sean modificadas determinadas manías españolas como el estatismo marmóreo, las leyes confeccionadas para el pucherazo, las puertas giratorias y el enchufismo descarado que tanto te coloca como ministro a Màxim Huerta o permite el aforamiento como senador de Fernando Clavijo, permaneceremos en este anarcocapitalismo rocambolesco, estridente y perfecto para que charlatanes como Trump, Boris Johnson, Salvini, Abascal, Bolsonaro o la robot Ayuso reinen por la gracia del caos. Esperemos que en Canarias sigan con la onda ejemplar y progre, y que los medios de comunicación al servicio de la derecha no hagan mucho daño a esa estrategia de cambio ofertada por podemitas y sociatas, aunque, visto lo visto, lo único que puede hacer el gobierno de Torres, Santana y Curbelo es, mientras la pobreza galopa en el archipiélago, pagar el muerto dejado por los cocaleros después de décadas de despilfarros y corruptelas. Poco más.

SERGIO BARRETO,
escritor
SERGIO BARRETO
Finalmente formar acuerdo para la creación de un gobierno democrático no ha sido posible, lo que significa que el voto de la sociedad se va a la basura. En bares, supermercados, plazoletas y mentideros suena el cuá, cuááá, cuáááááá del fracaso, de la esperanza truncada y de lo que casi es, pero no fue. Esto genera frustración, descontento y nuevas elecciones generales que se figuran azotadas por una abstención tan amplia como la indignación y la desidia que flotan en el aire. Al parecer, lo que vota España no es capaz de generar polos aglutinantes, coaliciones o mayorías absolutas y, salvo en las comunidades autónomas y los ayuntamientos, los estrechos márgenes en los resultados impiden que las formaciones políticas se afiancen, ya sea porque Sánchez se ha rendido a los patrones de la banca o porque Iglesias quiere entrar en los ministerios con un machete cubano. Desde que la simetría bipartidista se rompió gracias al 15M, las piezas del puzle político español no encajan porque las leyes que rigen parlamentos y congresos carecen de cuerpo para manejar la fragmentación de partidos dominantes. Formaciones chifladas siempre han aparecido en las papeletas, pero fuerzas con magnetismo capaz de romper el patrón PP vs. PSOE hace poco tiempo que operan en este país, poquísimo, así que no podemos pedirle peras al olmo y pretender que unos marcos constitucionales viejunos encarrilen y resuelvan las nuevas tendencias. En España empezamos a votar con cierto rigor hace cuarenta años, una vez sepultado Franco en su valle católico y monumental, y aunque grandes y poderosos han sido los progresos conquistados y las libertades ocupadas a lo largo de la Historia reciente, los acontecimientos actuales revelan una urgente necesidad de reforma. Hay que preguntarse, ahora más que nunca, si las bases que rigen la actividad política española han llegado a una frontera inexpugnable, convirtiéndose el voto plural y masivo en un jaque para los anticuados mecanismos canovistas que fueron diseñados para mantener una alternancia de poder entre lo rojo y lo azul. Desde los que quieren implantar la renta universal hasta los que desean apalear homosexuales en honor a Vox, el hemiciclo es hoy un hemicirco de payasos que, no lo olvidemos, son el reflejo de la sociedad en la que vivimos; seres que vociferan y observan sus ombligos, sin cultura para negociar y generar progreso y con afán de notoriedad permanente. Pretender que en un país cohabiten una casa real autoproclamada sin refrendamientos democráticos y un partido socialista obrero es imposible, totalmente imposible desde el sentido común, como mezclar pólvora y agua y esperar que algo estalle, por lo que el refugio racional y coherente que se le presupone al PSOE es una farsa publicitaria. Hasta que no sean modificadas determinadas manías españolas como el estatismo marmóreo, las leyes confeccionadas para el pucherazo, las puertas giratorias y el enchufismo descarado que tanto te coloca como ministro a Màxim Huerta o permite el aforamiento como senador de Fernando Clavijo, permaneceremos en este anarcocapitalismo rocambolesco, estridente y perfecto para que charlatanes como Trump, Boris Johnson, Salvini, Abascal, Bolsonaro o la robot Ayuso reinen por la gracia del caos. Esperemos que en Canarias sigan con la onda ejemplar y progre, y que los medios de comunicación al servicio de la derecha no hagan mucho daño a esa estrategia de cambio ofertada por podemitas y sociatas, aunque, visto lo visto, lo único que puede hacer el gobierno de Torres, Santana y Curbelo es, mientras la pobreza galopa en el archipiélago, pagar el muerto dejado por los cocaleros después de décadas de despilfarros y corruptelas. Poco más.

SERGIO BARRETO,
escritor
SERGIO BARRETO
Finalmente formar acuerdo para la creación de un gobierno democrático no ha sido posible, lo que significa que el voto de la sociedad se va a la basura. En bares, supermercados, plazoletas y mentideros suena el cuá, cuááá, cuáááááá del fracaso, de la esperanza truncada y de lo que casi es, pero no fue. Esto genera frustración, descontento y nuevas elecciones generales que se figuran azotadas por una abstención tan amplia como la indignación y la desidia que flotan en el aire. Al parecer, lo que vota España no es capaz de generar polos aglutinantes, coaliciones o mayorías absolutas y, salvo en las comunidades autónomas y los ayuntamientos, los estrechos márgenes en los resultados impiden que las formaciones políticas se afiancen, ya sea porque Sánchez se ha rendido a los patrones de la banca o porque Iglesias quiere entrar en los ministerios con un machete cubano. Desde que la simetría bipartidista se rompió gracias al 15M, las piezas del puzle político español no encajan porque las leyes que rigen parlamentos y congresos carecen de cuerpo para manejar la fragmentación de partidos dominantes. Formaciones chifladas siempre han aparecido en las papeletas, pero fuerzas con magnetismo capaz de romper el patrón PP vs. PSOE hace poco tiempo que operan en este país, poquísimo, así que no podemos pedirle peras al olmo y pretender que unos marcos constitucionales viejunos encarrilen y resuelvan las nuevas tendencias. En España empezamos a votar con cierto rigor hace cuarenta años, una vez sepultado Franco en su valle católico y monumental, y aunque grandes y poderosos han sido los progresos conquistados y las libertades ocupadas a lo largo de la Historia reciente, los acontecimientos actuales revelan una urgente necesidad de reforma. Hay que preguntarse, ahora más que nunca, si las bases que rigen la actividad política española han llegado a una frontera inexpugnable, convirtiéndose el voto plural y masivo en un jaque para los anticuados mecanismos canovistas que fueron diseñados para mantener una alternancia de poder entre lo rojo y lo azul. Desde los que quieren implantar la renta universal hasta los que desean apalear homosexuales en honor a Vox, el hemiciclo es hoy un hemicirco de payasos que, no lo olvidemos, son el reflejo de la sociedad en la que vivimos; seres que vociferan y observan sus ombligos, sin cultura para negociar y generar progreso y con afán de notoriedad permanente. Pretender que en un país cohabiten una casa real autoproclamada sin refrendamientos democráticos y un partido socialista obrero es imposible, totalmente imposible desde el sentido común, como mezclar pólvora y agua y esperar que algo estalle, por lo que el refugio racional y coherente que se le presupone al PSOE es una farsa publicitaria. Hasta que no sean modificadas determinadas manías españolas como el estatismo marmóreo, las leyes confeccionadas para el pucherazo, las puertas giratorias y el enchufismo descarado que tanto te coloca como ministro a Màxim Huerta o permite el aforamiento como senador de Fernando Clavijo, permaneceremos en este anarcocapitalismo rocambolesco, estridente y perfecto para que charlatanes como Trump, Boris Johnson, Salvini, Abascal, Bolsonaro o la robot Ayuso reinen por la gracia del caos. Esperemos que en Canarias sigan con la onda ejemplar y progre, y que los medios de comunicación al servicio de la derecha no hagan mucho daño a esa estrategia de cambio ofertada por podemitas y sociatas, aunque, visto lo visto, lo único que puede hacer el gobierno de Torres, Santana y Curbelo es, mientras la pobreza galopa en el archipiélago, pagar el muerto dejado por los cocaleros después de décadas de despilfarros y corruptelas. Poco más.

















































![POR LA GRACIA DEL CAOS [Sergio Barreto]](https://planetacanario.b-cdn.net/wp-content/uploads/2019/09/IMG_20190922_084551.jpg)





