VICENTE PÉREZ
La diputada tinerfeña de CC-PNC Ana Oramas ha sido una de las protagonistas del proceso de investidura de Pedro Sánchez, que este martes, en segunda votación, ha sido reelegido presidente del Gobierno por mayoría simple, y con voto en contra de la exalcaldesa de La Laguna, que ha desobedecido a su partido por dos veces (hizo lo mismo el domingo pasado cuando el líder socialista no logró la mayoría absoluta), ya que la orden que tenía era la de abstenerse, por acuerdo del Consejo Político Nacional de su formación política.
Oramas, que este martes ha tejido un discurso que no le ha granjeado el aplauso -también es cierto que tampoco el abucheo- de ningún diputado, había sido advertida el sábado por la dirección regional de CC-PNC de que se le aplicarán los estatutos, es decir, que sería expedientada si no rectificaba, pero la diputada se ha reafirmado en su voto negativo, a pesar de las consecuencias que eso le pueda traer.
La que ha sido en los últimos 12 años la voz de CC en las Cortes ha decidido desmarcarse de su partido en este asunto, debido a su confesa aversión a todo lo que huela a Podemos (que cogobernará con Sánchez) y también -lo cual resulta en cierta forma paradójico en una parlamentaria que se considera nacionalista- a los partidos independentistas vascos y catalanes que han permitido la reelección del líder socialista (el PNV y BNG han votado a favor, y se han abstenido ERC y EH-Bildu)

En su intervención de este martes en la tribuna del Congreso, Oramas ha ofrecido disculpas a su organización política, en la que lleva 25 años militando, porque afirma que «tenía que haber buscado la forma de que mi partido, en sus órganos, hubiera sabido cuál era mi votación en conciencia», y no que se enterara cuando lo anunció el sábado en la primera sesión de la investidura.
El secretario general de CC, José Miguel Barragán, ya había dicho antes del pleno de este martes que la desobediencia de Oramas era un acto «muy grave». De hecho, en los estatutos de CC indisciplinas de este calado se califican sin superlativo, como «graves» , pero se castigan con la expulsión. Barragán es majorero, del sector de la coalición originalmente de izquierdas, Asamblea Majorera (AM). Y precisamente el secretario general de CC en esa isla, y líder histórico de AM, Mario Cabrera, dejó claro que si Oramas no rectificaba este martes, había que aplicarle el reglamento interno de CC (o sea, los estatutos) porque no representaba ya al partido en esa isla.
«Votaré que no, porque por encima de mis intereses personales y políticos y los de mi partido están los de Canarias y los de este país», proclamó Oramas, firme defensora de la unidad de España que consagra la Constitución de 1978 y su modelo autonómico, y que ya el sábado auguró, con apocalípticos presagios, que el nuevo gobierno con los separatistas de aliados va a propiciar la «demolición del Estado que conocemos».

Luego se ha quejado en su discurso de haber recibido ataques «infames», al igual que otros compañeros de CC, y, justo por el motivo contrario (apoyar a Sánchez) también el diputado de NC Pedro Quevedo y el parlamentario de Teruel Existe. «Los que me dicen que soy una valiente hace una semana me llamaban de todo», añadió.
Y entonces ha surgido una Ana Oramas beatífica, con tono casi mesiánico, que, para sorpresa de toda la crispada Cámara, ha tratado de desmarcarse de la olla a presión en que se ha convertido el Congreso de los Diputados, con una apelación a la «tolerancia y el respeto» en política que no ha convencido a ningún diputado. Ninguno insinuó si quiera un tímido aplauso o, en el lado contrario, algún amago de abucheo. Un silencio sepulcral de unos segundos fue lo que siguió a la alocución de la política lagunera.
Y es que Oramas pareció querer estar en misa y repicando. Es decir, el sábado acusó a Sánchez de «traicionar a toda la sociedad española a cambio de un puñado de votos» por pactar «con los que no quieren ser españoles sino destruir España». Y siempre ha manifestado que no apoyaría ningún gobierno con Podemos, por aquello de las simpatías por Hugo Chávez de algunos de sus líderes, aunque el partido morado ha repetido una y otra vez que su modelo no es Venezuela sino en tal caso el estado del bienestar de los países nórdicos europeos.
Pero este martes Oramas apostó por otra estrategia, la de esta crispación no va conmigo: «Ni yo soy facha», ha dicho, «ni esta gente del PSOE ni los votantes de Podemos son todos terroristas; no podemos contribuir a eso; estamos aquí porque nos pusieron los ciudadanos, a todos; no contribuyamos a que nos llamen esos radicales que cuando dices lo que les gusta era Dios y cuando no el demonio. Hay que recuperar la tolerancia y el respeto a lo que pensamos cada uno, ni somos terroristas ni vendepatrias ni traidores… sino personas que votamos en base a nuestros principios y conciencia».

Así terminó la diputada de CC su efectista discurso. Hubo un silencio. Nadie la aplaudió. Ninguno de los 347 diputados restantes hizo el amago. Tampoco fue abucheada. Oramas pareció provocar la indiferencia o la incredulidad de todos. No se sabe muy bien si porque todos se sintieron atacados, si porque nadie se creyó tal rapapolvo, si porque no se esperaban ese alegato a estas alturas de la película tras haber tachado ella misma de traidor a Sánchez, o porque no está la sementera de la política nacional predispuesta a hacer germinar la semilla del código ético del buen demócrata.
El contexto no le ayudó a Oramas, y tampoco sus propias palabras del anterior pleno, porque la dicotomía izquierdas-derechas, independentistas-constitucionalistas, está mas presente que nunca en las Cortes y unos y otros -la propia diputada de CC incluida- han introducido en la sociedad esta especie de inquietante miedo a un apocalipsis tanto si gobiernan unos como si gobiernan otros, al igual que si se entremezclan, sin dejar lugar en los discursos a las esperanzas de soluciones basadas en el diálogo político entre sus representantes democráticos. PSOE y Unidas Podemos, eso sí, se han comprometido a favorecer esto último, en un intento de moderación del partido morado tras ser tachado de radical por la derecha y la ultraderecha una y mil veces, y hasta no hace mucho por los propios socialistas.
En cualquier caso, mientras queda por despejar ahora la incógnita de cómo gestionarán España y el conflicto catalán PSOE y Unidas Podemos, y si conseguirán en las Cortes la mayoría necesaria para sacar adelante su programa de gobierno, de marcado carácter socialdemócrata, lo cierto es que también está por ver cómo resuelve CC la situación creada por Oramas y la implosión interna que ha causado su indisciplina en el sector majorero, el más progresista de su organización (no es el caso de CC en Tenerife, de tradición más conservadora, donde la postura de Oramas goza de mayor predicamento), por lo que está por ver si es expulsada o no del partido. Ella misma se sabe en el blanco de un expediente disciplinario, y ha dicho: «Seguiré defendiendo como diputada lo que sea bueno para los ciudadanos, esté o no en este partido».





















































