VICENTE PÉREZ
Evelia Díaz era auxiliar de enfermería, un trabajo que realizaba con gran vocación, y con el que se ganaba la vida. Todo iba bien hasta que la clínica en que trabajaba entró en quiebra. Ocurrió a finales de la década pasada. Al final, ella y otros trabajadores, más de 40, de este centro, ganaron en demanda judicial la propiedad de la clínica como pago para recibir su liquidación, pero con tan mala suerte que once años después el inmueble no ha tenido un comprador. Su forma de llamar la atención ha sido disfrazarse de minion y portar un cartel alusivo a su reivindicación en los actos del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife.
«Ha sido una pesadilla en mi vida, imagínese, una persona de mi edad ya no era fácil volver a trabajar, y he sobrevivido con muy poco dinero, por lo que ha sido muy difícil pagar los gastos corrientes y otras obligaciones que tenía; al final me prejubilé, ahora tengo 68 años, pero lo ocurrido con la clínica me destrozó económicamente», explica esta santacrucera nacida en el barrio del Perú, criada en el de Somosierra y luego vecina de Las Retamas, donde enviudó y continúa residiendo.
Impagos, juicio y sentencia… sin dinero
Con dos hijas, que tuvo que criar sola, y con una nieta, esta mujer tiene el coraje de luchar por sus derechos, pues como prejubilada ya no gana ni la mitad de lo que percibía cuando trabajaba en la clínica, donde pasaran hasta diez meses sin cobrar a la espera de una solución que nunca llegó. La vía judicial acabó con sentencia a favor de los trabajadores, que se han visto con una clínica en venta todos estos años, en que ha habido algún posible comprador pero finalmente no se ha cerrado con éxito la operación.
En 2012, según publicó la prensa entonces, un inversor que se la había adjudicado en subasta pública dio marcha atrás a la adquisición alegando que las deudas eras superiores a las previstas, lo que hacía inviable reflotarla. Desde junio de 2018, según apunta Evelia, no hay noticias de nuevas negociaciones.
La desesperación cunde en los trabajadores que aún esperan una solución, aunque todos han tenido que buscarse la vida en nuevos empleos o prejubilarse.
El Cabildo busca un geriátrico… pero este no le interesa

«Las deudas siempre trastornan a las personas, y cualquier puede entender que 11 años de espera por la venta de un inmueble es una auténtica tortura», afirma Evelia, que se enteró con sorpresa de la polémica que hubo a principios de año en el Cabildo de Tenerife por la pretensión de su Instituto de Atención Social y Sociosanitaria (IASS) de adquirir un edificio de oficinas de 12 plantas en Cabo Llanos, propiedad de la familia el empresario Antonio Plasencia.
De ahí que esta jubilada santacrucera se pregunta por qué el AISS no adquiere esta clínica, que ya tuvo ese uso como geriátrico y se encuentra junto a las ramblas de Santa Cruz de Tenerife. La realidad es que el presidente del Cabildo, Carlos Alonso, defendió con su grupo político casi en solitario la compra a dedo del inmueble en Cabo Llanos, por valor de 23 millones de euros más otros 6 de inversión , para adecuarlo al uso de residencia sociosanitaria de mayores, con 160 plazas previstas.
Como es sabido, ante la polémica suscitada, CC optó por dar marcha atrás a esta operación de compraventa para permitir que se presentaran otras ofertas en busca de un edificio de esas características, con el apoyo del PP, un método que deja la vía a que la familia de Plasencia pueda optar a ser finalmente el adjudicatario.
Alonso indicó a mediados de enero que el Cabildo había buscado edificios y no había encontrado ninguno distinto al de Cabo Llanos, y mencionó en rueda de prensa que se descartó la clínica Capote «porque solo tenía capacidad para 100 plazas y una inversión muy elevada para adaptar el edificio».
Copropietaria de una clínica que solo le da pobreza

Lo cierto es que Evelia lo recuerda cuando estaba en funcionamiento y se emociona: «Llegó a tener quirófanos para cirugías ambulantes y pequeña cirugía, con unidad de cuidados intensivos, tiene una enorme cocina, una azotea con terraza, habitaciones con baños dentro, montacamillas, garaje… en fin, hasta su cierre estaba en condiciones», por lo que considera que con su compra por parte del Cabildo la ciudad tendría más recursos sociosanitarios y además 42 trabajadores verían acabado tanto sufrimiento a la espera de que surja un comprador».
Hoy es un edificio clausurado, la sombra de lo que fue en su día, cuando llegó a ser la clínica privada más antigua de Canarias, hasta su cierre en 2007.
«A veces una se cansa de tanta lucha», confiesa Evelia, «pero hay que seguir, no me resigno, la clínica es de los trabajadores, nos la adjudicó el juez para que vendiéndola cobráramos lo que nos debían, pero seguimos sin lograrlo, y sin cobrar nada, 12 años después, así que es desesperante».

La bancarrota de este centro sociosanitario sorprendió entonces a sus trabajadores. Aquel momento lo evoca Evelia con disgusto: «Empezaron a decir que la clínica estaba en quiebra, y un día se llevaron a los enfermos para Ifara y nos quedamos sin saber qué camino tomar, hasta que no pusimos en contacto con CC.OO; estuvimos encerrados unos meses allí, porque ya no había enfermos, y casi nueve meses sin cobrar, ni paro ni sueldo».
«Luego tras el juicio y la sentencia a nuestro favor tuvimos el subsidio de paro, y finalmente la prejubilación para mayores de 52 años, pero nunca percibimos la liquidación», manifiesta Evelia.
Comenta esta vecina de Ofra que los afectados no se reúnen con su abogado desde junio del pasado año, por lo que no hay noticias desde entonces sobre nuevos intentos de compra.
Una clínica con historia
La Clínica Capote la fundó en 1922 Ángel Capote, internista, pediatra y médico general, y el centro llevó inicialmente el nombre de Santa Eulalia, porque así se llamaba la esposa del fundador. En 1983 la familia propietaria vendió la clínica a un grupo de médicos. A finales del año 2007 la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias tuvo que trasladar a otros hospitales y residencias a los 42 enfermos que estaban ingresados en la Capote, ante la imposibilidad de que pudiera prestar la atención sanitaria de las personas ingresadas.
Fue el final de una empresa que no ha vuelto a salir a flote nunca, y de la que ya solo queda el recuerdo de su inmueble, ante el cual pasa de vez en cuando Evelia, envuelta en tanta melancolía como rabia, pues a los pensamientos de sus años dando lo mejor de sí para cuidar enfermos, se le une la rabia al pensar cómo es posible que nadie haya comprado aún ese inmueble tan céntrico.






















































