VICENTE PÉREZ
La pandemia del coronavirus ha puesto a la sociedad canaria (y a la española en su conjunto, y a la europea, y pronto a la de casi todo el mundo) en un reto sanitario y económico sin más precedentes que lo que cuentan los muy ancianos sobre guerras y posguerras que pasaron cuando no había ni mediado el ya lejano siglo XX. Ellos, curiosamente, los que de las cenizas hicieron resucitar este país, son ahora los más castigados por este virus.
Ante esta emergencia colectiva, se podrían observar dos tipos de personas: quienes hacen algo por los demás, por el bien común, y quienes prefieren ir a lo suyo y que cada palo aguante su vela. Al primer grupo pertenecen dos hermanas del municipio tinerfeño de La Guancha, Hilda y Rosario Delgado Reyes, ya jubiladas, que no han dudado en sentarse en el antiguo taller de costura para ponerse a hacer mascarillas protectoras del COVID-19.

Ya han elaborado, con algunas amigas, unas 400, que han ido entregando durante este estado de alarma a la Policía Local guanchera para que a su vez las reparta entre el personal público que más lo necesite. Se les ocurrió la idea cuando de ese tan sencillo material de protección había una alarmante escasez por la imprevisión de los primeros momentos, y ni los trabajadores y trabajadoras de los servicios sanitarios y sociosanitarios tenían para evitar contagiarse y a su vez contagiar. Ahora, avanzada ya la pandemia, el Gobierno canario y el estatal han ido comprando a China cargamentos, pero se han vivido días dramáticos de desprotección.
«Cuando vimos que faltaban mascarillas, pensé que yo, que me dedicaba a labores de costura, y que aún tengo tela en casa, pues podía ayudar confeccionándolas, así que hace tres semanas llamé a mi hermana y a unas amigas y nos pusimos manos a la obra», cuenta Hilda a PLANETA CANARIO.

A sus 72 años, confiesa que nunca ha vivido una situación como esta, que hay que ser solidarios y arrimar el hombro en lo que se pueda al que más lo necesite. Por eso se pasa desde las 2 de la tarde hasta las 9 de la noche elaborando mascarillas, hasta que le duren las existencias de tela.
Lo hace con total altruismo, y habla con este diario no por afán de protagonismo alguno, sino con la esperanza (probablemente una de las palabras más bonitas de la lengua española) de que su ejemplo cunda y otras personas de distintos oficios que puedan hacer el bien al prójimo se decidan a llevarlo a cabo.
«Se trata de poner un grano de arena, y muchos granos hacen montañas, y eso lo hemos visto en este pueblo en muchas ocasiones, pues somos un municipio pequeño pero cuando la gente se une podemos hace grandes cosas», expone Hilda, que vive en el casco de La Guancha, en el norte de Tenerife.
Ella y su hermana y sus amigas habrán de recordar un día, callada y humildemente, con un brillo de emoción en los ojos, que en esta emergencia descomunal de las Islas, ellas cumplieron con su deber moral. Porque junto a la ansiada vacuna y las buenas políticas económicas para superar la crisis que cabalga con el coronavirus, la ética puede ser un pilar para la recuperación.






















































