AURELIO MARTÍN
Profesor jubilado de Zoología de la Universidad de La Laguna
Antes de la conquista de Canarias, en 1341, el piloto Nicoloso da Recco de una expedición luso-italiana menciona la abundancia de palomas silvestres en una de las islas (posiblemente La Gomera) a las cuales mataron con palos y piedras, añadiendo que eran de mayor tamaño y de mejor sabor que las de Italia. Las crónicas francesas de la conquista (Le Canarien), en relación a Fuerteventura, también aluden a la riqueza de grandes palomos con la cola armiñada de blanco, siendo muy probable que se tratase de la paloma rabiche (Columba junoniae), una de las dos especies de palomas exclusivas del archipiélago canario. Esta no sería descrita científicamente hasta 1842, cuando Philip Webb, Sabino Berthelot, y Alfred Moquin-Tandon en su Ornithologie Canarienne, la consideran erróneamente como la hembra de la paloma de Madeira (Columba trocaz) y la denominan Columba laurivora. Ese nombre sería invalidado por Ernest Hartert a principios del siglo XX y sustituido por el actual de C. junoniae dado que por esa época se pensaba que su distribución estaba restringida a las islas de La Palma y La Gomera, en el pasado identificadas por algunos como Junonia Mayor Junonia Minor
El ornitólogo alemán Carl Bolle fue el primero en sospechar que las islas Canarias albergaban no una sino dos especies de palomas. Sin embargo, sería el inglés Frederick Godman quien describiera en 1871 a la otra especie endémica, la paloma turqué (Columba bollii).

En la actualidad sabemos que ambas especies habitan en La Palma, La Gomera, El Hierro, Tenerife y Gran Canaria. En esta última isla la paloma turqué se extinguió a finales del siglo XIX debido a la destrucción del bosque de laurisilva, pero en fechas recientes se han vuelto a observar unos pocos ejemplares.
Se desconoce la fecha exacta de la extinción de la rabiche en Gran Canaria pero se ha constatado que coexistió con los aborígenes gracias al hallazgo de restos óseos en el yacimiento arqueológico de La Aldea, y recientemente ha sido reintroducida en el norte de la isla. En el pasado, cuando Lanzarote y Fuerteventura contaban con una mayor vegetación arbórea, es probable que la distribución de ambas especies incluyese a todo el archipiélago.
Durante muchos años se consideró que el hábitat de estas palomas eran los bosques de laurisilva, pero los conocimientos actuales permiten señalar que solo la paloma turqué es característica de dichos bosques. Por el contrario, el hábitat primario de la paloma rabiche es el bosque termófilo constituido por algunas especies como dragos, palmeras, acebuches, madroños, sabinas, barbusanos, etc. La severa destrucción de estos bosques provocó que esta paloma sobreviviese en hábitats marginales como zonas escarpadas de laurisilva y pinares.
La paloma turqué se alimenta fundamentalmente de los frutos de árboles de laurisilva como laureles, viñatigos, tiles, sanguinos, acebiños, etc., mientras que la rabiche, además de esos frutos, consume los de su propio hábitat y numerosas semillas de plantas herbáceas, incluyendo incluso piñones.

Dado que la fructificación de los árboles varía en función del espacio y el tiempo, las palomas, y en particular la turqué, realizan desplazamientos diarios de varios kilómetros por lo que se notan grandes fluctuaciones de sus efectivos según las zonas. De hecho se ha confirmado recientemente que son capaces de llevar a cabo movimientos interinsulares como lo atestigua lo que parece una incipiente recolonización de Gran Canaria; y en el caso de la rabiche se avistó en Tenerife una paloma nacida y liberada en Gran Canaria.
Ambas especies tienen como denominador común el criar a lo largo de todo el año, en que la puesta es de un solo huevo, y en que el período de incubación es de unos 18 días. Sin embargo, difieren en la ubicación del nido ya que la paloma turqué nidifica en árboles mientras que la rabiche lo emplaza directamente en el suelo aprovechando repisas en riscos e incluso entre helechos o bajo troncos. Además, la paloma turqué suele formar bandos que a veces superan la veintena de ejemplares, y la rabiche es más bien una especie solitaria de la que rara vez se observa más de una pareja junta.

La destrucción del bosque y la caza de ambas especies provocaron que durante gran parte del siglo XX se las considerase en peligro de extinción. No obstante, gracias a la prohibición de su caza en la década de 1970, y a su posterior inclusión en los catálogos de especies amenazadas, así como debido a la recuperación de sus hábitats y a una mayor conciencia conservacionista, sus poblaciones se han recuperado.
Como amenazas todavía persiste algo de caza ilegal, y sobre todo la depredación que sufren por parte de especies introducidas como ratas y gatos asilvestrados. La rata campestre (Rattus rattus) es extraordinariamente abundante en ambientes de laurisilva, y siendo una buena trepadora no solo depreda huevos y pollos en los nidos ubicados en el suelo sino en los emplazados en árboles a más de 4 metros de altura. Asimismo, el gato es capaz de depredar a los adultos especialmente a los que incuban en el nido.
Entre las medidas de conservación merece la pena destacar que ambas palomas están incluidas en la categoría de “Vulnerable” en el Catálogo Canario de Especies Protegidas y que la paloma rabiche ha sido reintroducida con éxito en Gran Canaria.





















































