En nuestra sociedad, imitando la naturaleza, tenemos unos ciclos que se muestran tan sólidos como las mareas o la explosión de los tajinastes en el Teide. De modo claro y con una puntualidad inglesa, cada inicio de curso universitario los veteranos se dedican a plasmar en los novatos todo el arte subnormaloide que llevan dentro, ideando cómo hacerles pasar un mal rato sólo por tener un año o más de matrícula, unido a una mala leche que se da por buena generación tras generación. El resultado es una burda humillación cometida por idiotas que se perdieron esa charla parental en la que te decían «no le hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a tí».
Algunas tradiciones pasan por debajo del rádar de lo políticamente correcto, eso tiene peso, ocurre muy a menudo en muchos lugares de nuestro territorio y casi siempre al amparo de fiestas o festejos, la idea es reírse sin ofender a nadie más allá del recién llegado, ese que se asusta como el que llega al pueblo con una maleta amarrada con un cinto esperando la primera faltada personal simplemente por ser de otro lugar. Pleno siglo XXI con alma medieval.
Las novatadas son una cabronada del siglo pasado, o del anterior, por si hay alguien que cree que titubeo en ponerle nombre a esta estupidez. Bastante le ha costado llegar al personal a ese trampolín que les llevará a una titulación para tener que soportar que le tiñan el pelo de rosa o que le hagan recoger aceitunas con las nalgas con las manos atadas atadas a la espalda ( si, me asombré al oírlo la primera vez y me sigue pasando) como reconocimiento a tu llegada a la etapa universitaria.
Esas son las manos en las que estamos para que cuiden de nosotros a medida que crezcamos, pero algo se nos quedó en el tintero a medio camino, y era decirles «el respeto empieza con la integridad personal y no se anula porque estés cursando una carrera o cualquier estudio específico bobo, por esa regla de tres, los padres nos hubieramos dedicado a humillar a nuestros hijos cuando no teníamos experiencia, pero nos matamos a trabajar para daros una carrera, imbéciles»
En nuestra sociedad, imitando la naturaleza, tenemos unos ciclos que se muestran tan sólidos como las mareas o la explosión de los tajinastes en el Teide. De modo claro y con una puntualidad inglesa, cada inicio de curso universitario los veteranos se dedican a plasmar en los novatos todo el arte subnormaloide que llevan dentro, ideando cómo hacerles pasar un mal rato sólo por tener un año o más de matrícula, unido a una mala leche que se da por buena generación tras generación. El resultado es una burda humillación cometida por idiotas que se perdieron esa charla parental en la que te decían «no le hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a tí».
Algunas tradiciones pasan por debajo del rádar de lo políticamente correcto, eso tiene peso, ocurre muy a menudo en muchos lugares de nuestro territorio y casi siempre al amparo de fiestas o festejos, la idea es reírse sin ofender a nadie más allá del recién llegado, ese que se asusta como el que llega al pueblo con una maleta amarrada con un cinto esperando la primera faltada personal simplemente por ser de otro lugar. Pleno siglo XXI con alma medieval.
Las novatadas son una cabronada del siglo pasado, o del anterior, por si hay alguien que cree que titubeo en ponerle nombre a esta estupidez. Bastante le ha costado llegar al personal a ese trampolín que les llevará a una titulación para tener que soportar que le tiñan el pelo de rosa o que le hagan recoger aceitunas con las nalgas con las manos atadas atadas a la espalda ( si, me asombré al oírlo la primera vez y me sigue pasando) como reconocimiento a tu llegada a la etapa universitaria.
Esas son las manos en las que estamos para que cuiden de nosotros a medida que crezcamos, pero algo se nos quedó en el tintero a medio camino, y era decirles «el respeto empieza con la integridad personal y no se anula porque estés cursando una carrera o cualquier estudio específico bobo, por esa regla de tres, los padres nos hubieramos dedicado a humillar a nuestros hijos cuando no teníamos experiencia, pero nos matamos a trabajar para daros una carrera, imbéciles»
En nuestra sociedad, imitando la naturaleza, tenemos unos ciclos que se muestran tan sólidos como las mareas o la explosión de los tajinastes en el Teide. De modo claro y con una puntualidad inglesa, cada inicio de curso universitario los veteranos se dedican a plasmar en los novatos todo el arte subnormaloide que llevan dentro, ideando cómo hacerles pasar un mal rato sólo por tener un año o más de matrícula, unido a una mala leche que se da por buena generación tras generación. El resultado es una burda humillación cometida por idiotas que se perdieron esa charla parental en la que te decían «no le hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a tí».
Algunas tradiciones pasan por debajo del rádar de lo políticamente correcto, eso tiene peso, ocurre muy a menudo en muchos lugares de nuestro territorio y casi siempre al amparo de fiestas o festejos, la idea es reírse sin ofender a nadie más allá del recién llegado, ese que se asusta como el que llega al pueblo con una maleta amarrada con un cinto esperando la primera faltada personal simplemente por ser de otro lugar. Pleno siglo XXI con alma medieval.
Las novatadas son una cabronada del siglo pasado, o del anterior, por si hay alguien que cree que titubeo en ponerle nombre a esta estupidez. Bastante le ha costado llegar al personal a ese trampolín que les llevará a una titulación para tener que soportar que le tiñan el pelo de rosa o que le hagan recoger aceitunas con las nalgas con las manos atadas atadas a la espalda ( si, me asombré al oírlo la primera vez y me sigue pasando) como reconocimiento a tu llegada a la etapa universitaria.
Esas son las manos en las que estamos para que cuiden de nosotros a medida que crezcamos, pero algo se nos quedó en el tintero a medio camino, y era decirles «el respeto empieza con la integridad personal y no se anula porque estés cursando una carrera o cualquier estudio específico bobo, por esa regla de tres, los padres nos hubieramos dedicado a humillar a nuestros hijos cuando no teníamos experiencia, pero nos matamos a trabajar para daros una carrera, imbéciles»
En nuestra sociedad, imitando la naturaleza, tenemos unos ciclos que se muestran tan sólidos como las mareas o la explosión de los tajinastes en el Teide. De modo claro y con una puntualidad inglesa, cada inicio de curso universitario los veteranos se dedican a plasmar en los novatos todo el arte subnormaloide que llevan dentro, ideando cómo hacerles pasar un mal rato sólo por tener un año o más de matrícula, unido a una mala leche que se da por buena generación tras generación. El resultado es una burda humillación cometida por idiotas que se perdieron esa charla parental en la que te decían «no le hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a tí».
Algunas tradiciones pasan por debajo del rádar de lo políticamente correcto, eso tiene peso, ocurre muy a menudo en muchos lugares de nuestro territorio y casi siempre al amparo de fiestas o festejos, la idea es reírse sin ofender a nadie más allá del recién llegado, ese que se asusta como el que llega al pueblo con una maleta amarrada con un cinto esperando la primera faltada personal simplemente por ser de otro lugar. Pleno siglo XXI con alma medieval.
Las novatadas son una cabronada del siglo pasado, o del anterior, por si hay alguien que cree que titubeo en ponerle nombre a esta estupidez. Bastante le ha costado llegar al personal a ese trampolín que les llevará a una titulación para tener que soportar que le tiñan el pelo de rosa o que le hagan recoger aceitunas con las nalgas con las manos atadas atadas a la espalda ( si, me asombré al oírlo la primera vez y me sigue pasando) como reconocimiento a tu llegada a la etapa universitaria.
Esas son las manos en las que estamos para que cuiden de nosotros a medida que crezcamos, pero algo se nos quedó en el tintero a medio camino, y era decirles «el respeto empieza con la integridad personal y no se anula porque estés cursando una carrera o cualquier estudio específico bobo, por esa regla de tres, los padres nos hubieramos dedicado a humillar a nuestros hijos cuando no teníamos experiencia, pero nos matamos a trabajar para daros una carrera, imbéciles»






















































