Nacido en 1976. Soy de esa generación. Ni viejo ni joven, no crecí con Internet, pero tengo un smartphone en la mano; soy de esos a los que se les quedó un pié en la peseta y la otra en el euro. Al igual que a algunos de los caballeros de corbata (y sin ella) a los que miraba en mi niñez, y más tarde en mi primera juventud con profunda admiración, les veía prometer a mis entonces mayores con firmeza absoluta cualquier trato acordado con un apretón de manos. La palabra “de acuerdo”, como sustituto o añadido solemne a una firma verbal frente al contrato escrito era una práctica común. Lo que anteriores generaciones practicaban como religión y con asombrosa naturalidad, hoy en día, se infravalora como una cualidad que invita a la sociedad a evitarlo, no vaya a ser que practiquen contigo sutilmente el abuso por debajo del radar para que sea indetectable. Un trato verbal es un riesgo que nadie quiere correr, y sólo se valora si un intrépido lo pone en práctica, sale airoso y vive para contarlo. No puedes mostrar tus cartas porque pueden arrinconarte. Eso te venden hoy en día y eso haces. Los de mi edad, años arriba o abajo, escuchamos hablar con nostalgia a nuestros predecesores de ciertos valores que se infravaloran cada vez más por parte de los recién llegados, como si de un río que se queda sin caudal, sin hojas y sin valores que llevar, pero que promete agua insustancial sin descanso. Los tratos de mirada profunda cara a cara, sumado a un apretón de manos, y un abrazo si es menester, suponían el más sólido contrato entre dos personas. De eso hemos pasado de manera suave y lineal, con el progreso como compinche, a desconfiar de cualquiera que nos habla, de quien nos promete lo que sea y nos asegura algo verbalmente en una entrevista laboral, en una relación sentimental, en una red social mundial o si es más descarado, en nuestra propia cara, que todo lo que está diciendo es absolutamente cierto y no debes dudar. Lo cierto es que nadie cree a nadie, algo mal estaremos haciendo….
Nacido en 1976. Soy de esa generación. Ni viejo ni joven, no crecí con Internet, pero tengo un smartphone en la mano; soy de esos a los que se les quedó un pié en la peseta y la otra en el euro. Al igual que a algunos de los caballeros de corbata (y sin ella) a los que miraba en mi niñez, y más tarde en mi primera juventud con profunda admiración, les veía prometer a mis entonces mayores con firmeza absoluta cualquier trato acordado con un apretón de manos. La palabra “de acuerdo”, como sustituto o añadido solemne a una firma verbal frente al contrato escrito era una práctica común. Lo que anteriores generaciones practicaban como religión y con asombrosa naturalidad, hoy en día, se infravalora como una cualidad que invita a la sociedad a evitarlo, no vaya a ser que practiquen contigo sutilmente el abuso por debajo del radar para que sea indetectable. Un trato verbal es un riesgo que nadie quiere correr, y sólo se valora si un intrépido lo pone en práctica, sale airoso y vive para contarlo. No puedes mostrar tus cartas porque pueden arrinconarte. Eso te venden hoy en día y eso haces. Los de mi edad, años arriba o abajo, escuchamos hablar con nostalgia a nuestros predecesores de ciertos valores que se infravaloran cada vez más por parte de los recién llegados, como si de un río que se queda sin caudal, sin hojas y sin valores que llevar, pero que promete agua insustancial sin descanso. Los tratos de mirada profunda cara a cara, sumado a un apretón de manos, y un abrazo si es menester, suponían el más sólido contrato entre dos personas. De eso hemos pasado de manera suave y lineal, con el progreso como compinche, a desconfiar de cualquiera que nos habla, de quien nos promete lo que sea y nos asegura algo verbalmente en una entrevista laboral, en una relación sentimental, en una red social mundial o si es más descarado, en nuestra propia cara, que todo lo que está diciendo es absolutamente cierto y no debes dudar. Lo cierto es que nadie cree a nadie, algo mal estaremos haciendo….
Nacido en 1976. Soy de esa generación. Ni viejo ni joven, no crecí con Internet, pero tengo un smartphone en la mano; soy de esos a los que se les quedó un pié en la peseta y la otra en el euro. Al igual que a algunos de los caballeros de corbata (y sin ella) a los que miraba en mi niñez, y más tarde en mi primera juventud con profunda admiración, les veía prometer a mis entonces mayores con firmeza absoluta cualquier trato acordado con un apretón de manos. La palabra “de acuerdo”, como sustituto o añadido solemne a una firma verbal frente al contrato escrito era una práctica común. Lo que anteriores generaciones practicaban como religión y con asombrosa naturalidad, hoy en día, se infravalora como una cualidad que invita a la sociedad a evitarlo, no vaya a ser que practiquen contigo sutilmente el abuso por debajo del radar para que sea indetectable. Un trato verbal es un riesgo que nadie quiere correr, y sólo se valora si un intrépido lo pone en práctica, sale airoso y vive para contarlo. No puedes mostrar tus cartas porque pueden arrinconarte. Eso te venden hoy en día y eso haces. Los de mi edad, años arriba o abajo, escuchamos hablar con nostalgia a nuestros predecesores de ciertos valores que se infravaloran cada vez más por parte de los recién llegados, como si de un río que se queda sin caudal, sin hojas y sin valores que llevar, pero que promete agua insustancial sin descanso. Los tratos de mirada profunda cara a cara, sumado a un apretón de manos, y un abrazo si es menester, suponían el más sólido contrato entre dos personas. De eso hemos pasado de manera suave y lineal, con el progreso como compinche, a desconfiar de cualquiera que nos habla, de quien nos promete lo que sea y nos asegura algo verbalmente en una entrevista laboral, en una relación sentimental, en una red social mundial o si es más descarado, en nuestra propia cara, que todo lo que está diciendo es absolutamente cierto y no debes dudar. Lo cierto es que nadie cree a nadie, algo mal estaremos haciendo….
Nacido en 1976. Soy de esa generación. Ni viejo ni joven, no crecí con Internet, pero tengo un smartphone en la mano; soy de esos a los que se les quedó un pié en la peseta y la otra en el euro. Al igual que a algunos de los caballeros de corbata (y sin ella) a los que miraba en mi niñez, y más tarde en mi primera juventud con profunda admiración, les veía prometer a mis entonces mayores con firmeza absoluta cualquier trato acordado con un apretón de manos. La palabra “de acuerdo”, como sustituto o añadido solemne a una firma verbal frente al contrato escrito era una práctica común. Lo que anteriores generaciones practicaban como religión y con asombrosa naturalidad, hoy en día, se infravalora como una cualidad que invita a la sociedad a evitarlo, no vaya a ser que practiquen contigo sutilmente el abuso por debajo del radar para que sea indetectable. Un trato verbal es un riesgo que nadie quiere correr, y sólo se valora si un intrépido lo pone en práctica, sale airoso y vive para contarlo. No puedes mostrar tus cartas porque pueden arrinconarte. Eso te venden hoy en día y eso haces. Los de mi edad, años arriba o abajo, escuchamos hablar con nostalgia a nuestros predecesores de ciertos valores que se infravaloran cada vez más por parte de los recién llegados, como si de un río que se queda sin caudal, sin hojas y sin valores que llevar, pero que promete agua insustancial sin descanso. Los tratos de mirada profunda cara a cara, sumado a un apretón de manos, y un abrazo si es menester, suponían el más sólido contrato entre dos personas. De eso hemos pasado de manera suave y lineal, con el progreso como compinche, a desconfiar de cualquiera que nos habla, de quien nos promete lo que sea y nos asegura algo verbalmente en una entrevista laboral, en una relación sentimental, en una red social mundial o si es más descarado, en nuestra propia cara, que todo lo que está diciendo es absolutamente cierto y no debes dudar. Lo cierto es que nadie cree a nadie, algo mal estaremos haciendo….



















































