VICENTE PÉREZ
Era alemana de nacimiento pero se sentía ya profundamente canaria. Hablaba español con esa mezcla de ímpetu del alemán y suave cadencia del deje isleño. Dolores (Lola) Schneider vivía con su marido, Enrique, en una urbanización cercana al barrio chicharrero de San Andrés y un día descubrió que los terrenos donde se asentaba su vivienda, construida en los años 60 del pasado siglo, figuraban a nombre de quienes iban a urbanizar el valle de Las Huertas, la trasera de la playa de Las Teresitas.
Fue entonces cuando conoció de cerca la corrupción y decidió luchar con todas sus ganas contra las tramas político-empresariales que sacudieron toda esta zona de Santa Cruz y que derivó múltiples litigios judiciales, polémicas políticas, manifestaciones y sentencias, en lo penal, tan sonadas como la del caso Las Teresitas o el caso Mamotreto.

Eran los tiempos de Miguel Zerolo como alcalde (Coalición Canaria), que acabaría en prisión junto a otros concejales de su partido y los empresarios Ignacio González y Antonio Plasencia, por la fraudulenta operación de compraventa del frente de Las Teresitas.
Lola Schneider fue presidenta de la Asociación para la Defensa de la Asociación de Amigos de la Playa de Las Teresitas. Su fallecimiento se produce tras muchos años de activismo por el medio ambiente y contra los amigos de lo ajeno desde dentro y fuera de lo público, y, en el caso que más le afectó, libró una denodada y larga batalla judicial para que en el Registro de la Propiedad su casa en Montaña Morera reaparezca a su nombre.

Este jueves 7 de abril será incinerada sin ceremonia, y sus cenizas reposarán en el amplio jardín que tanto cuidó en el que ha sido su hogar, frente al valle de Las Huertas, en las primeras estribaciones de Anaga.
«Quiero tanto esta isla que para mi es mi patria; estoy muy agradecida de mi vida a Tenerife, que sería el paraíso si no tuviéramos estos problemas con los especuladores y la gente que atenta constantemente contra la belleza de esta isla; ante eso tenemos que luchar contra ellos haciendo un frente común para salvar esta isla», proclamó en un homenaje que le tributó hace años Radio San Borondón.
Resulta imposible resumir en unas líneas el intrincado enredo de irregularidades, algunas claramente delictivas, que durante años se cometieron con los terrenos de una zona que abarca desde el frente de playa de Las Teresitas a todo su valle trasero, en una de cuyas laderas se encuentra la urbanización de chalés donde ella formó su hogar en Tenerife Lola y Enrique.
Ella decidió dar un paso al frente con los vecinos del valle de Las Huertas que denunciaron la venta ilegal de sus terrenos por la Junta de Compensación a los empresarios de Inversiones Las Teresitas -que luego vendieron a una filial de Mapfre- y su inclusión en la urbanización a la que el Ayuntamiento, en tiempos de Zerolo, le dio todos los parabienes administrativos mirando para otro lado pese a los documentos que en su defensa presentaban estas personas, muchas de ellas jubiladas.

Lola, nacida en la localidad alemana de Münster, se enamoró de Tenerife en un viaje que realizó en los años 50 del pasado siglo junto a sus padres cuando tenía 14 años. Se quedó en la isla un tiempo porque el clima le venía bien para su salud, luego volvió a Alemania y finalmente regresó a Canarias para quedarse para siempre.
En los años 60 trabajó como traductora. En 1972 llegó a Tenerife Enrique Schneider, periodista que decidió dejar ese oficio para dar clases de alemán y finalmente dedicarse al alquiler de viviendas vacacionales en San Andrés. Conoció a su futura esposa en la firma del primer contrato de una casa de su propiedad en San Andrés, en cuya negociación participó como traductora, según ha evocado en El Día.
En la memoria de quienes la conocieron quedará su incorruptible ímpetu contra los corruptos y en defensa de la naturaleza, su amabilidad desbordante con la gente honrada, la cultura que destilaban sus palabras -amaba la literatura y su padre le inculcó el gusto por las letras españolas, pues era un gran lector de Federico García Lorca- y su ternura hacia los árboles. Sus cenizas serán ya, en la tierra de su jardín chicharrero, parte inseparable de Anaga.






















































