Uuna plaza del barrio de Los Gladiolos, en Santa Cruz, fue bautizada esta semana por el gobierno de la ciudad con el nombre de Domingo López Torres. En su más recóndito origen, la iniciativa partió, al parecer, del grupo político Sí se puede, pero el rostro del dios dador de tales honores, sin embargo, fue el del alcalde de Santa Cruz.
Amablemente el Ayuntamiento me cursó invitación días antes. No fui. No me interesa. No me interesan las misas políticas oficiadas por esos dioses. Me interesa exclusivamente Domingo López Torres, más concretamente me interesa su poesía, su obra, sus ensayos. Incluso me interesa su filiación marxista. Me pregunto si, de estar vivo hoy López Torres, la corte local de los santones se sentiría tan graciosamente inclinada a adjudicar semejante privilegio a un comunista redomado como el poeta de Diario de un sol de verano. Tal vez sí, tal vez presienta el beneficio de convertir de una vez por todas en mármol a los hombres, como hacía la mirada endiablada de la Esfinge.
Se me ocurre que no tan en el fondo contiene el mismo valor erigir que derribar una estatua, intitular o desnombrar una plaza. Solo depende de la estatua, de sus erigidores y derribadores y, sobre todo, del tiempo transcurrido entre una y otra acción. Son gestos vacíos.
Los escritores de Canarias, vivos y muertos, no necesitan plazas en las que el ayuntamiento de turno (o, mejor dicho, el ayuntamiento eterno) clavetee una placa con sus nombres para paralizarlos en el tiempo y, de paso, echar de comer a la insaciable panza del ego. Y eso es así porque tampoco la ciudadanía, el pueblo, la gente, o como lo llamen, necesita leer (ni lo ha pedido) el nombre de un escritor en un rótulo. Como tampoco ha pedido que los edificios públicos, sufragados con el dinero popular, sean cristianizados, en el regazo de las misas secretas, con nombres de políticos. ¿Por qué motivo, para qué, qué honor nos han regalado, acaso estos políticos no percibían un salario por el trabajo que el pueblo les mandó desempeñar?
Lo que necesitan los escritores, de aquí y de allá, es que sus obras vean la luz. Lo que Domingo López Torres está pidiendo a gritos, desde el fondo de un saco con piedras y huesos hundido en la dársena de Santa Cruz, es que sus obras, todas, sean reeditadas y puedan verse en las librerías. Sobre todo en librerías extrainsulares. El escritor no es su nombre: es su obra. Y su obra es en tanto exista la posibilidad, factible, normalizada, de ir a una librería cualquiera de las principales ciudades españolas y encontrar a un buen precio las obras de Domingo López Torres, o de Agustín Espinosa o las de Pedro García Cabrera o de tantos otros. Se me dirá que las obras de López Torres y sus compañeros están publicadas. Lo fueron. Pero en absoluto son de fácil disposición. Hay títulos que son inencontrables, o que han sido inencontrables casi siempre, desde el principio. Lo imprevisto, por ejemplo: la última vez que se imprimió fue en 2013, pero se trata de una edición de 300 ejemplares que debe su existencia a la amabilidad de dos lectores entusiastas (Silvia Navarro y Régulo Hernández) que pagaron de su propio bolsillo una edición mínima, sin coser y por desgracia restringida a un círculo casi secreto. Las editoriales canarias tiemblan, con razón o sin ella, cuando se les pide que publiquen a un vanguardista: saben que no lo van a vender, saben que su memoria vive en un lenguaje complejo, escrito en tiempos de turbulencia estética y política.
En Canarias, en Tenerife, precisamente, se está muy lejos de tener un espacio literario (cito a Maurice Blanchot) normalizado. Por muchos motivos. En primer lugar por el grado de ignorancia, insensibilidad y atropello que excita las neuronas de algunos párrocos locales: vean el maldito desastre de la, así llamada, feria del libro de La Laguna, ciudad universitaria y patrimonio de la humanidad. De vergüenza. No se engañen: la de Santa Cruz, construida con más alharacas, no resulta mucho más seria. Más bien coquetea con lo circense. Analicen en profundidad, por ejemplo, la falta de una sección de literatura en TEA, cosa que se viene pidiendo desde hace años, y verán que bajo la superficie no hay nada, simplemente ignorancia, insensibilidad y atropello.
En lugar de grabar los nombres de los escritores en losas de mármol y barras de hielo o romerizar el espacio literario, las instituciones deberíamos (digo deberíamos, en plural, porque ellos son nosotros) deberíamos exigir la edición y la popularización real de sus obras. Todavía ningún político se ha cuadrado delante del problema real y principal: conseguir que al menos los escritores canarios canónicos (por decirlo así) pasen a formar parte de los catálogos de las principales editoriales de este país. En eso deberían ponerse a pensar nuestros dadores de lustre profesionales. El gran poeta metafísico de canarias (junto con Alonso Quesada), Domingo Rivero, fue publicado por la prestigiosa editorial catalana El Acantilado únicamente, repito, únicamente, porque un particular (y lo nombro: Andrés Sánchez Robayna) se puso en el empeño de conseguirlo. ¡Eso si que es dedicar una plaza a un escritor, y no las engañifas de cara a la pasmada galería insular!
La memoria de los escritores vive, revive una y otra vez, solo en el instante en que un lector encuentra y lee sus palabras, sus versos, sus ideas. El escritor nace y vuelve a existir cada vez que se le editan sus obras. Lo otro, ponerles plazas, calles, estatuas y bustos, no es más que la confirmación de que el escritor en cuestión, cazado por el ojo terrible de la bestia Esfinge, está listo por fin para ser enterrado y olvidado.
FRANCISCO LEÓN,
escritor
Uuna plaza del barrio de Los Gladiolos, en Santa Cruz, fue bautizada esta semana por el gobierno de la ciudad con el nombre de Domingo López Torres. En su más recóndito origen, la iniciativa partió, al parecer, del grupo político Sí se puede, pero el rostro del dios dador de tales honores, sin embargo, fue el del alcalde de Santa Cruz.
Amablemente el Ayuntamiento me cursó invitación días antes. No fui. No me interesa. No me interesan las misas políticas oficiadas por esos dioses. Me interesa exclusivamente Domingo López Torres, más concretamente me interesa su poesía, su obra, sus ensayos. Incluso me interesa su filiación marxista. Me pregunto si, de estar vivo hoy López Torres, la corte local de los santones se sentiría tan graciosamente inclinada a adjudicar semejante privilegio a un comunista redomado como el poeta de Diario de un sol de verano. Tal vez sí, tal vez presienta el beneficio de convertir de una vez por todas en mármol a los hombres, como hacía la mirada endiablada de la Esfinge.
Se me ocurre que no tan en el fondo contiene el mismo valor erigir que derribar una estatua, intitular o desnombrar una plaza. Solo depende de la estatua, de sus erigidores y derribadores y, sobre todo, del tiempo transcurrido entre una y otra acción. Son gestos vacíos.
Los escritores de Canarias, vivos y muertos, no necesitan plazas en las que el ayuntamiento de turno (o, mejor dicho, el ayuntamiento eterno) clavetee una placa con sus nombres para paralizarlos en el tiempo y, de paso, echar de comer a la insaciable panza del ego. Y eso es así porque tampoco la ciudadanía, el pueblo, la gente, o como lo llamen, necesita leer (ni lo ha pedido) el nombre de un escritor en un rótulo. Como tampoco ha pedido que los edificios públicos, sufragados con el dinero popular, sean cristianizados, en el regazo de las misas secretas, con nombres de políticos. ¿Por qué motivo, para qué, qué honor nos han regalado, acaso estos políticos no percibían un salario por el trabajo que el pueblo les mandó desempeñar?
Lo que necesitan los escritores, de aquí y de allá, es que sus obras vean la luz. Lo que Domingo López Torres está pidiendo a gritos, desde el fondo de un saco con piedras y huesos hundido en la dársena de Santa Cruz, es que sus obras, todas, sean reeditadas y puedan verse en las librerías. Sobre todo en librerías extrainsulares. El escritor no es su nombre: es su obra. Y su obra es en tanto exista la posibilidad, factible, normalizada, de ir a una librería cualquiera de las principales ciudades españolas y encontrar a un buen precio las obras de Domingo López Torres, o de Agustín Espinosa o las de Pedro García Cabrera o de tantos otros. Se me dirá que las obras de López Torres y sus compañeros están publicadas. Lo fueron. Pero en absoluto son de fácil disposición. Hay títulos que son inencontrables, o que han sido inencontrables casi siempre, desde el principio. Lo imprevisto, por ejemplo: la última vez que se imprimió fue en 2013, pero se trata de una edición de 300 ejemplares que debe su existencia a la amabilidad de dos lectores entusiastas (Silvia Navarro y Régulo Hernández) que pagaron de su propio bolsillo una edición mínima, sin coser y por desgracia restringida a un círculo casi secreto. Las editoriales canarias tiemblan, con razón o sin ella, cuando se les pide que publiquen a un vanguardista: saben que no lo van a vender, saben que su memoria vive en un lenguaje complejo, escrito en tiempos de turbulencia estética y política.
En Canarias, en Tenerife, precisamente, se está muy lejos de tener un espacio literario (cito a Maurice Blanchot) normalizado. Por muchos motivos. En primer lugar por el grado de ignorancia, insensibilidad y atropello que excita las neuronas de algunos párrocos locales: vean el maldito desastre de la, así llamada, feria del libro de La Laguna, ciudad universitaria y patrimonio de la humanidad. De vergüenza. No se engañen: la de Santa Cruz, construida con más alharacas, no resulta mucho más seria. Más bien coquetea con lo circense. Analicen en profundidad, por ejemplo, la falta de una sección de literatura en TEA, cosa que se viene pidiendo desde hace años, y verán que bajo la superficie no hay nada, simplemente ignorancia, insensibilidad y atropello.
En lugar de grabar los nombres de los escritores en losas de mármol y barras de hielo o romerizar el espacio literario, las instituciones deberíamos (digo deberíamos, en plural, porque ellos son nosotros) deberíamos exigir la edición y la popularización real de sus obras. Todavía ningún político se ha cuadrado delante del problema real y principal: conseguir que al menos los escritores canarios canónicos (por decirlo así) pasen a formar parte de los catálogos de las principales editoriales de este país. En eso deberían ponerse a pensar nuestros dadores de lustre profesionales. El gran poeta metafísico de canarias (junto con Alonso Quesada), Domingo Rivero, fue publicado por la prestigiosa editorial catalana El Acantilado únicamente, repito, únicamente, porque un particular (y lo nombro: Andrés Sánchez Robayna) se puso en el empeño de conseguirlo. ¡Eso si que es dedicar una plaza a un escritor, y no las engañifas de cara a la pasmada galería insular!
La memoria de los escritores vive, revive una y otra vez, solo en el instante en que un lector encuentra y lee sus palabras, sus versos, sus ideas. El escritor nace y vuelve a existir cada vez que se le editan sus obras. Lo otro, ponerles plazas, calles, estatuas y bustos, no es más que la confirmación de que el escritor en cuestión, cazado por el ojo terrible de la bestia Esfinge, está listo por fin para ser enterrado y olvidado.
FRANCISCO LEÓN,
escritor
Uuna plaza del barrio de Los Gladiolos, en Santa Cruz, fue bautizada esta semana por el gobierno de la ciudad con el nombre de Domingo López Torres. En su más recóndito origen, la iniciativa partió, al parecer, del grupo político Sí se puede, pero el rostro del dios dador de tales honores, sin embargo, fue el del alcalde de Santa Cruz.
Amablemente el Ayuntamiento me cursó invitación días antes. No fui. No me interesa. No me interesan las misas políticas oficiadas por esos dioses. Me interesa exclusivamente Domingo López Torres, más concretamente me interesa su poesía, su obra, sus ensayos. Incluso me interesa su filiación marxista. Me pregunto si, de estar vivo hoy López Torres, la corte local de los santones se sentiría tan graciosamente inclinada a adjudicar semejante privilegio a un comunista redomado como el poeta de Diario de un sol de verano. Tal vez sí, tal vez presienta el beneficio de convertir de una vez por todas en mármol a los hombres, como hacía la mirada endiablada de la Esfinge.
Se me ocurre que no tan en el fondo contiene el mismo valor erigir que derribar una estatua, intitular o desnombrar una plaza. Solo depende de la estatua, de sus erigidores y derribadores y, sobre todo, del tiempo transcurrido entre una y otra acción. Son gestos vacíos.
Los escritores de Canarias, vivos y muertos, no necesitan plazas en las que el ayuntamiento de turno (o, mejor dicho, el ayuntamiento eterno) clavetee una placa con sus nombres para paralizarlos en el tiempo y, de paso, echar de comer a la insaciable panza del ego. Y eso es así porque tampoco la ciudadanía, el pueblo, la gente, o como lo llamen, necesita leer (ni lo ha pedido) el nombre de un escritor en un rótulo. Como tampoco ha pedido que los edificios públicos, sufragados con el dinero popular, sean cristianizados, en el regazo de las misas secretas, con nombres de políticos. ¿Por qué motivo, para qué, qué honor nos han regalado, acaso estos políticos no percibían un salario por el trabajo que el pueblo les mandó desempeñar?
Lo que necesitan los escritores, de aquí y de allá, es que sus obras vean la luz. Lo que Domingo López Torres está pidiendo a gritos, desde el fondo de un saco con piedras y huesos hundido en la dársena de Santa Cruz, es que sus obras, todas, sean reeditadas y puedan verse en las librerías. Sobre todo en librerías extrainsulares. El escritor no es su nombre: es su obra. Y su obra es en tanto exista la posibilidad, factible, normalizada, de ir a una librería cualquiera de las principales ciudades españolas y encontrar a un buen precio las obras de Domingo López Torres, o de Agustín Espinosa o las de Pedro García Cabrera o de tantos otros. Se me dirá que las obras de López Torres y sus compañeros están publicadas. Lo fueron. Pero en absoluto son de fácil disposición. Hay títulos que son inencontrables, o que han sido inencontrables casi siempre, desde el principio. Lo imprevisto, por ejemplo: la última vez que se imprimió fue en 2013, pero se trata de una edición de 300 ejemplares que debe su existencia a la amabilidad de dos lectores entusiastas (Silvia Navarro y Régulo Hernández) que pagaron de su propio bolsillo una edición mínima, sin coser y por desgracia restringida a un círculo casi secreto. Las editoriales canarias tiemblan, con razón o sin ella, cuando se les pide que publiquen a un vanguardista: saben que no lo van a vender, saben que su memoria vive en un lenguaje complejo, escrito en tiempos de turbulencia estética y política.
En Canarias, en Tenerife, precisamente, se está muy lejos de tener un espacio literario (cito a Maurice Blanchot) normalizado. Por muchos motivos. En primer lugar por el grado de ignorancia, insensibilidad y atropello que excita las neuronas de algunos párrocos locales: vean el maldito desastre de la, así llamada, feria del libro de La Laguna, ciudad universitaria y patrimonio de la humanidad. De vergüenza. No se engañen: la de Santa Cruz, construida con más alharacas, no resulta mucho más seria. Más bien coquetea con lo circense. Analicen en profundidad, por ejemplo, la falta de una sección de literatura en TEA, cosa que se viene pidiendo desde hace años, y verán que bajo la superficie no hay nada, simplemente ignorancia, insensibilidad y atropello.
En lugar de grabar los nombres de los escritores en losas de mármol y barras de hielo o romerizar el espacio literario, las instituciones deberíamos (digo deberíamos, en plural, porque ellos son nosotros) deberíamos exigir la edición y la popularización real de sus obras. Todavía ningún político se ha cuadrado delante del problema real y principal: conseguir que al menos los escritores canarios canónicos (por decirlo así) pasen a formar parte de los catálogos de las principales editoriales de este país. En eso deberían ponerse a pensar nuestros dadores de lustre profesionales. El gran poeta metafísico de canarias (junto con Alonso Quesada), Domingo Rivero, fue publicado por la prestigiosa editorial catalana El Acantilado únicamente, repito, únicamente, porque un particular (y lo nombro: Andrés Sánchez Robayna) se puso en el empeño de conseguirlo. ¡Eso si que es dedicar una plaza a un escritor, y no las engañifas de cara a la pasmada galería insular!
La memoria de los escritores vive, revive una y otra vez, solo en el instante en que un lector encuentra y lee sus palabras, sus versos, sus ideas. El escritor nace y vuelve a existir cada vez que se le editan sus obras. Lo otro, ponerles plazas, calles, estatuas y bustos, no es más que la confirmación de que el escritor en cuestión, cazado por el ojo terrible de la bestia Esfinge, está listo por fin para ser enterrado y olvidado.
FRANCISCO LEÓN,
escritor
Uuna plaza del barrio de Los Gladiolos, en Santa Cruz, fue bautizada esta semana por el gobierno de la ciudad con el nombre de Domingo López Torres. En su más recóndito origen, la iniciativa partió, al parecer, del grupo político Sí se puede, pero el rostro del dios dador de tales honores, sin embargo, fue el del alcalde de Santa Cruz.
Amablemente el Ayuntamiento me cursó invitación días antes. No fui. No me interesa. No me interesan las misas políticas oficiadas por esos dioses. Me interesa exclusivamente Domingo López Torres, más concretamente me interesa su poesía, su obra, sus ensayos. Incluso me interesa su filiación marxista. Me pregunto si, de estar vivo hoy López Torres, la corte local de los santones se sentiría tan graciosamente inclinada a adjudicar semejante privilegio a un comunista redomado como el poeta de Diario de un sol de verano. Tal vez sí, tal vez presienta el beneficio de convertir de una vez por todas en mármol a los hombres, como hacía la mirada endiablada de la Esfinge.
Se me ocurre que no tan en el fondo contiene el mismo valor erigir que derribar una estatua, intitular o desnombrar una plaza. Solo depende de la estatua, de sus erigidores y derribadores y, sobre todo, del tiempo transcurrido entre una y otra acción. Son gestos vacíos.
Los escritores de Canarias, vivos y muertos, no necesitan plazas en las que el ayuntamiento de turno (o, mejor dicho, el ayuntamiento eterno) clavetee una placa con sus nombres para paralizarlos en el tiempo y, de paso, echar de comer a la insaciable panza del ego. Y eso es así porque tampoco la ciudadanía, el pueblo, la gente, o como lo llamen, necesita leer (ni lo ha pedido) el nombre de un escritor en un rótulo. Como tampoco ha pedido que los edificios públicos, sufragados con el dinero popular, sean cristianizados, en el regazo de las misas secretas, con nombres de políticos. ¿Por qué motivo, para qué, qué honor nos han regalado, acaso estos políticos no percibían un salario por el trabajo que el pueblo les mandó desempeñar?
Lo que necesitan los escritores, de aquí y de allá, es que sus obras vean la luz. Lo que Domingo López Torres está pidiendo a gritos, desde el fondo de un saco con piedras y huesos hundido en la dársena de Santa Cruz, es que sus obras, todas, sean reeditadas y puedan verse en las librerías. Sobre todo en librerías extrainsulares. El escritor no es su nombre: es su obra. Y su obra es en tanto exista la posibilidad, factible, normalizada, de ir a una librería cualquiera de las principales ciudades españolas y encontrar a un buen precio las obras de Domingo López Torres, o de Agustín Espinosa o las de Pedro García Cabrera o de tantos otros. Se me dirá que las obras de López Torres y sus compañeros están publicadas. Lo fueron. Pero en absoluto son de fácil disposición. Hay títulos que son inencontrables, o que han sido inencontrables casi siempre, desde el principio. Lo imprevisto, por ejemplo: la última vez que se imprimió fue en 2013, pero se trata de una edición de 300 ejemplares que debe su existencia a la amabilidad de dos lectores entusiastas (Silvia Navarro y Régulo Hernández) que pagaron de su propio bolsillo una edición mínima, sin coser y por desgracia restringida a un círculo casi secreto. Las editoriales canarias tiemblan, con razón o sin ella, cuando se les pide que publiquen a un vanguardista: saben que no lo van a vender, saben que su memoria vive en un lenguaje complejo, escrito en tiempos de turbulencia estética y política.
En Canarias, en Tenerife, precisamente, se está muy lejos de tener un espacio literario (cito a Maurice Blanchot) normalizado. Por muchos motivos. En primer lugar por el grado de ignorancia, insensibilidad y atropello que excita las neuronas de algunos párrocos locales: vean el maldito desastre de la, así llamada, feria del libro de La Laguna, ciudad universitaria y patrimonio de la humanidad. De vergüenza. No se engañen: la de Santa Cruz, construida con más alharacas, no resulta mucho más seria. Más bien coquetea con lo circense. Analicen en profundidad, por ejemplo, la falta de una sección de literatura en TEA, cosa que se viene pidiendo desde hace años, y verán que bajo la superficie no hay nada, simplemente ignorancia, insensibilidad y atropello.
En lugar de grabar los nombres de los escritores en losas de mármol y barras de hielo o romerizar el espacio literario, las instituciones deberíamos (digo deberíamos, en plural, porque ellos son nosotros) deberíamos exigir la edición y la popularización real de sus obras. Todavía ningún político se ha cuadrado delante del problema real y principal: conseguir que al menos los escritores canarios canónicos (por decirlo así) pasen a formar parte de los catálogos de las principales editoriales de este país. En eso deberían ponerse a pensar nuestros dadores de lustre profesionales. El gran poeta metafísico de canarias (junto con Alonso Quesada), Domingo Rivero, fue publicado por la prestigiosa editorial catalana El Acantilado únicamente, repito, únicamente, porque un particular (y lo nombro: Andrés Sánchez Robayna) se puso en el empeño de conseguirlo. ¡Eso si que es dedicar una plaza a un escritor, y no las engañifas de cara a la pasmada galería insular!
La memoria de los escritores vive, revive una y otra vez, solo en el instante en que un lector encuentra y lee sus palabras, sus versos, sus ideas. El escritor nace y vuelve a existir cada vez que se le editan sus obras. Lo otro, ponerles plazas, calles, estatuas y bustos, no es más que la confirmación de que el escritor en cuestión, cazado por el ojo terrible de la bestia Esfinge, está listo por fin para ser enterrado y olvidado.
FRANCISCO LEÓN,
escritor





















































