
Copiamos a sociedades fracasadas del norte de Europa que destruyeron la familia tradicional y propiciaron la aparición de modelos colaborativos, innecesarios, ineficaces e impropios de nuestra cultura», grosso modo argumentos esgrimidos en contra del movimiento de vivienda colaborativa (cohousing) del que ya empieza a hablarse pero aun de forma tímida en nuestras latitudes. No invento, ocurrió en una reunión de network y vino bien porque me permitió posicionarme respecto a la presunta familia tradicional y reivindicar con vehemencia la importancia de que cualquier individuo pueda decidir su propio futuro.
La vivienda colaborativa no es algo nuevo. Dentro de un mismo edificio o urbanización, un grupo de personas, familiares o no, que habitan un espacio privativo propio, se organizan para disponer de una serie de servicios comunes. Desde una piscina o gimnasio ‒cuando hay mucho nivel económico‒, lavandería, comedor o guardería, hasta llegar a la ayuda para el aseo personal, enfermería o la atención de la dependencia en sus diferentes grados.
Como la disponibilidad de servicios llega a ser más importante que la vivienda en sí misma hay quienes consideran que una comunidad de propietarios no es el vehículo adecuado para la gestión y plantean la formalización de una cooperativa que sea la titular del inmueble y la prestataria de esos servicios.
En los estatutos de la cooperativa se detalla con total precisión la manera de funcionar y la entrada y salida de los residentes. Además la configuración arquitectónica debe prever esos servicios compartidos lo que propicia proyectos de cero, con la compra de suelo o de una edificación a reformar. Un reto, en cualquier caso, porque una cooperativa es muy difícil de promover y de gestionar, y la armonía entre personas de diferentes caracteres siempre resulta muy difícil de conseguir y mantener.
Quise entender que la supuesta destrucción de la familia tradicional es la que impide que los vástagos se hagan cargo con resignación y orgullo de la atención de sus padres cuando la aparición de la dependencia asoma la cabeza, desconsoladas hijas y nueras que ya no pueden sacrificar sus vidas a ese propósito superior ‒léase el sarcasmo‒, aunque esto último hoy en día muy poca gente se atreve a decirlo abiertamente, que algo hemos avanzado.
La posibilidad de autocuidado, según denominan los expertos, de personas mayores que viven solas en su casa y en su entorno, se puede perder en un segundo, en un traspiés al bajar de la acera. Por tanto, la disponibilidad de una red de seguridad para la atención personal es un elemento de preocupación para quien planifica su futuro a largo plazo.
Frente a ponerte en manos de tus hijos cuando llegue el momento que es lo que ha ocurrido hasta ahora ‒esa añorada familia tradicional‒, propongo ser uno mismo quien planifique cómo quiere vivir y ser atendido. Tomar decisiones por amor porque yo no quiero traspasar esa responsabilidad a mis hijos. Me ofrezco a cuidar a los nietos y que vengan de visita, sin más.
La vivienda colaborativa gestionada por una cooperativa es una opción válida y así lo han entendido también los poderes públicos que la incluyen entre los proyectos a financiar con los fondos europeos NextGenerationEU potentes subvenciones aún con plazo abierto (BOC nº 174).
Ya lo sabe, si conoce de una cooperativa de viviendas en Canarias, anímelos a introducir el concepto colaborativo, convénzalos y apúntese, …por amor.






















































