Las redes sociales funcionan teóricamente para unirnos en la distancia física. Un gran invento para compartir las vivencias que nos ocurren con los que nos importan lo suficiente como para que sonrían cuando nos vean flotando en una piscina, comiendo un solomillo, con la cara pintada en Carnavales o compartiendo una gran frase poética; la idea es no perderle la pista a ninguno que nos importe para contarle que estamos vivos y con ganas de pasarlo bien. Tergiversar esta premisa del contacto sin contacto, convierte una buena idea en una gilipollez de tamaño XL; debemos cruzar vivencias, pensamientos y reflexiones con los demás.
Dicen algunos expertos en marketing que siempre nos estamos vendiendo, es innato al ser humano. Mostramos lo mejor de nosotros mismos al público en general como firma de una presencia aceptable y persona equilibrada, nuestra inseguridad para enseñar cómo somos realmente nos provoca un miedo analógico y digital que ya damos por normal. Te comparten por Whatsapp vídeos disparatados, desde humor negro, sexista u ofensivo para mil y un grupos para después verles enseñar una perla audiovisual de un gato con ojos tiernos en Facebook o un amanecer en una playa junto con una frase de Paulo Coelho en Instagram sobre la grandeza de estar vivo. Son todos esos contactos que hace un rato te mandaban en privado los que no se atreven a compartir con su red pública su “yo” verdadero. Su auténtica personalidad queda relegada a pequeños ámbitos, selectos grupos donde cuentan lo que les hace reír o subir las pulsaciones principalmente, pero que no se atreven a contar a su legión de seguidores lo que de verdad piensan, y lo entierran bajo la losa de un mensaje personal, la forma más suave de ponerle una máscara a la conciencia. Lo peor de todo es que ninguno tiene porqué esconder nada, somos todos imperfectos, pero jugamos a decir que no lo somos. Los peores de todos son los voyeurs, los mirones, esos que están mirando a través de una mirilla virtual lo que la gente hace y dice sin mediar palabra para no ser descubiertos. Esos no comparten ni su cara más amable, dedican algunos ratos de su vida a ver lo que hacen los demás, es como que te inviten a almorzar y te pases la comida sin coger el tenedor o comiendo en silencio como si estuvieras en un campo de concentración, observando y escuchando sin hablar con nadie tratando de ser un fantasma en vida. En defensa de muchos, es cierto que muchos tienen una red social tan comprometida por cuestiones de trabajo que les obliga a mantener un perfil políticamente correcto porque no han tenido más remedio que aceptar a jefes, socios y personal de no confianza, que les obliga a publicar sólamente cosas que que gusten a todos, sin que haya la más mínima duda de que lo escrito es incapaz de ofender a nadie. En resumen, se entiende que no vas a contarle a todos, todo lo que te ocurre día a día en tu vida, pero siempre ayuda compartir lo que realmente estás pensando al mundo entero; si no te das a conocer…¿de qué sirve tener un millón de amigos?
Las redes sociales funcionan teóricamente para unirnos en la distancia física. Un gran invento para compartir las vivencias que nos ocurren con los que nos importan lo suficiente como para que sonrían cuando nos vean flotando en una piscina, comiendo un solomillo, con la cara pintada en Carnavales o compartiendo una gran frase poética; la idea es no perderle la pista a ninguno que nos importe para contarle que estamos vivos y con ganas de pasarlo bien. Tergiversar esta premisa del contacto sin contacto, convierte una buena idea en una gilipollez de tamaño XL; debemos cruzar vivencias, pensamientos y reflexiones con los demás.
Dicen algunos expertos en marketing que siempre nos estamos vendiendo, es innato al ser humano. Mostramos lo mejor de nosotros mismos al público en general como firma de una presencia aceptable y persona equilibrada, nuestra inseguridad para enseñar cómo somos realmente nos provoca un miedo analógico y digital que ya damos por normal. Te comparten por Whatsapp vídeos disparatados, desde humor negro, sexista u ofensivo para mil y un grupos para después verles enseñar una perla audiovisual de un gato con ojos tiernos en Facebook o un amanecer en una playa junto con una frase de Paulo Coelho en Instagram sobre la grandeza de estar vivo. Son todos esos contactos que hace un rato te mandaban en privado los que no se atreven a compartir con su red pública su “yo” verdadero. Su auténtica personalidad queda relegada a pequeños ámbitos, selectos grupos donde cuentan lo que les hace reír o subir las pulsaciones principalmente, pero que no se atreven a contar a su legión de seguidores lo que de verdad piensan, y lo entierran bajo la losa de un mensaje personal, la forma más suave de ponerle una máscara a la conciencia. Lo peor de todo es que ninguno tiene porqué esconder nada, somos todos imperfectos, pero jugamos a decir que no lo somos. Los peores de todos son los voyeurs, los mirones, esos que están mirando a través de una mirilla virtual lo que la gente hace y dice sin mediar palabra para no ser descubiertos. Esos no comparten ni su cara más amable, dedican algunos ratos de su vida a ver lo que hacen los demás, es como que te inviten a almorzar y te pases la comida sin coger el tenedor o comiendo en silencio como si estuvieras en un campo de concentración, observando y escuchando sin hablar con nadie tratando de ser un fantasma en vida. En defensa de muchos, es cierto que muchos tienen una red social tan comprometida por cuestiones de trabajo que les obliga a mantener un perfil políticamente correcto porque no han tenido más remedio que aceptar a jefes, socios y personal de no confianza, que les obliga a publicar sólamente cosas que que gusten a todos, sin que haya la más mínima duda de que lo escrito es incapaz de ofender a nadie. En resumen, se entiende que no vas a contarle a todos, todo lo que te ocurre día a día en tu vida, pero siempre ayuda compartir lo que realmente estás pensando al mundo entero; si no te das a conocer…¿de qué sirve tener un millón de amigos?
Las redes sociales funcionan teóricamente para unirnos en la distancia física. Un gran invento para compartir las vivencias que nos ocurren con los que nos importan lo suficiente como para que sonrían cuando nos vean flotando en una piscina, comiendo un solomillo, con la cara pintada en Carnavales o compartiendo una gran frase poética; la idea es no perderle la pista a ninguno que nos importe para contarle que estamos vivos y con ganas de pasarlo bien. Tergiversar esta premisa del contacto sin contacto, convierte una buena idea en una gilipollez de tamaño XL; debemos cruzar vivencias, pensamientos y reflexiones con los demás.
Dicen algunos expertos en marketing que siempre nos estamos vendiendo, es innato al ser humano. Mostramos lo mejor de nosotros mismos al público en general como firma de una presencia aceptable y persona equilibrada, nuestra inseguridad para enseñar cómo somos realmente nos provoca un miedo analógico y digital que ya damos por normal. Te comparten por Whatsapp vídeos disparatados, desde humor negro, sexista u ofensivo para mil y un grupos para después verles enseñar una perla audiovisual de un gato con ojos tiernos en Facebook o un amanecer en una playa junto con una frase de Paulo Coelho en Instagram sobre la grandeza de estar vivo. Son todos esos contactos que hace un rato te mandaban en privado los que no se atreven a compartir con su red pública su “yo” verdadero. Su auténtica personalidad queda relegada a pequeños ámbitos, selectos grupos donde cuentan lo que les hace reír o subir las pulsaciones principalmente, pero que no se atreven a contar a su legión de seguidores lo que de verdad piensan, y lo entierran bajo la losa de un mensaje personal, la forma más suave de ponerle una máscara a la conciencia. Lo peor de todo es que ninguno tiene porqué esconder nada, somos todos imperfectos, pero jugamos a decir que no lo somos. Los peores de todos son los voyeurs, los mirones, esos que están mirando a través de una mirilla virtual lo que la gente hace y dice sin mediar palabra para no ser descubiertos. Esos no comparten ni su cara más amable, dedican algunos ratos de su vida a ver lo que hacen los demás, es como que te inviten a almorzar y te pases la comida sin coger el tenedor o comiendo en silencio como si estuvieras en un campo de concentración, observando y escuchando sin hablar con nadie tratando de ser un fantasma en vida. En defensa de muchos, es cierto que muchos tienen una red social tan comprometida por cuestiones de trabajo que les obliga a mantener un perfil políticamente correcto porque no han tenido más remedio que aceptar a jefes, socios y personal de no confianza, que les obliga a publicar sólamente cosas que que gusten a todos, sin que haya la más mínima duda de que lo escrito es incapaz de ofender a nadie. En resumen, se entiende que no vas a contarle a todos, todo lo que te ocurre día a día en tu vida, pero siempre ayuda compartir lo que realmente estás pensando al mundo entero; si no te das a conocer…¿de qué sirve tener un millón de amigos?
Las redes sociales funcionan teóricamente para unirnos en la distancia física. Un gran invento para compartir las vivencias que nos ocurren con los que nos importan lo suficiente como para que sonrían cuando nos vean flotando en una piscina, comiendo un solomillo, con la cara pintada en Carnavales o compartiendo una gran frase poética; la idea es no perderle la pista a ninguno que nos importe para contarle que estamos vivos y con ganas de pasarlo bien. Tergiversar esta premisa del contacto sin contacto, convierte una buena idea en una gilipollez de tamaño XL; debemos cruzar vivencias, pensamientos y reflexiones con los demás.
Dicen algunos expertos en marketing que siempre nos estamos vendiendo, es innato al ser humano. Mostramos lo mejor de nosotros mismos al público en general como firma de una presencia aceptable y persona equilibrada, nuestra inseguridad para enseñar cómo somos realmente nos provoca un miedo analógico y digital que ya damos por normal. Te comparten por Whatsapp vídeos disparatados, desde humor negro, sexista u ofensivo para mil y un grupos para después verles enseñar una perla audiovisual de un gato con ojos tiernos en Facebook o un amanecer en una playa junto con una frase de Paulo Coelho en Instagram sobre la grandeza de estar vivo. Son todos esos contactos que hace un rato te mandaban en privado los que no se atreven a compartir con su red pública su “yo” verdadero. Su auténtica personalidad queda relegada a pequeños ámbitos, selectos grupos donde cuentan lo que les hace reír o subir las pulsaciones principalmente, pero que no se atreven a contar a su legión de seguidores lo que de verdad piensan, y lo entierran bajo la losa de un mensaje personal, la forma más suave de ponerle una máscara a la conciencia. Lo peor de todo es que ninguno tiene porqué esconder nada, somos todos imperfectos, pero jugamos a decir que no lo somos. Los peores de todos son los voyeurs, los mirones, esos que están mirando a través de una mirilla virtual lo que la gente hace y dice sin mediar palabra para no ser descubiertos. Esos no comparten ni su cara más amable, dedican algunos ratos de su vida a ver lo que hacen los demás, es como que te inviten a almorzar y te pases la comida sin coger el tenedor o comiendo en silencio como si estuvieras en un campo de concentración, observando y escuchando sin hablar con nadie tratando de ser un fantasma en vida. En defensa de muchos, es cierto que muchos tienen una red social tan comprometida por cuestiones de trabajo que les obliga a mantener un perfil políticamente correcto porque no han tenido más remedio que aceptar a jefes, socios y personal de no confianza, que les obliga a publicar sólamente cosas que que gusten a todos, sin que haya la más mínima duda de que lo escrito es incapaz de ofender a nadie. En resumen, se entiende que no vas a contarle a todos, todo lo que te ocurre día a día en tu vida, pero siempre ayuda compartir lo que realmente estás pensando al mundo entero; si no te das a conocer…¿de qué sirve tener un millón de amigos?



















































