RUBÉN EXPÓSITO
China está robotizando su industria a toda marcha, es el primer mercado para los robots industriales, con 141,000 unidades vendidas el año pasado (58.1%) y un tercio de la demanda mundial: para 2020 fabricarán más de 200.000 unidades y la demanda no para de crecer. EE.UU también sigue un ritmo alto en esta transformación industrial sin precedentes, aunque sus cifras están lejos de los chinos como fabricantes, los norteamericanos son uno de los principales clientes de los orientales, mientras, en América Latina, Europa (salvo Alemania) y concretamente, España, están muy lejos de subirse a este tren que lleva hacia el futuro.

En el país de la Gran Muralla, todas las industrias medias y sobre todo las grandes, están usando robots en mayor o menor medida. Debido a que los salarios chinos han aumentado en los últimos años, y los robots son cada vez más baratos y eficaces, las compañías chinas están adoptando esta tecnología para que sus productos no dejen de ser competitivos en los mercados mundiales. Detrás de ese discurso de falta de competitividad, está el hecho incontestable del ahorro bestial que el empresario celebra con este cambio, un robot ni tiene horario, ni familia, no se casa, no enferma, no se va de vacaciones ni se queda embarazado. El dinero fluye hacia el bolsillo del empresario mientras los trabajadores asisten maniatados a contemplar sus sustitución por software, tuercas y tornillos.

El costo de un robot industrial en China ha bajado del equivalente a 5.3 años del salario de un trabajador en 2010, al equivalente de 1.5 años en 2016, según un estudio de Bain & Company. En lugar de proteger trabajos a toda costa, el gobierno chino está alentando activamente a las compañías chinas a comprar más y más robots. Algo que ocurre de manera privada en Estados Unidos, el sector público no se pronuncia sobre este tema pero el sector privado sigue recibiendo discretamente robots para su implatanción en la nueva industria del siglo XXI.
Lo que ocurre en España
En el debate a cuatro tuvo que pasar una hora para que se oyera en plató la palabra “innovación”. Se dedicaron a hablar de lo de siempre, a dar esa amarga sensación de país de segunda, ni el calentamiento global en un país muy vulnerable a este fenómeno ni la amenaza de la robotización que planea destruir miles y miles de empleos están en las agendas ni en el discurso político. A todos nos consideran ciudadanos de poca sesera, bastante maleables e idiotas, que no leen ni se enteran del ritmo de evolución que lleva el mundo para tener que asistir impávidos a un debate soporífero y desfasado.
A pesar de que nuestros políticos pasan sobre este tema como un avión espía bajo el radar, lo cierto es que a pequeña escala, esta revolución también está sucediendo en nuestro país. Las ventas de robots en el mercado español dependen en gran medida de la industria automovilística. España es el segundo mayor fabricante de vehículos en Europa solo por detrás de Alemania. Actualmente hay una media de 87 robots instalados por cada 10.000 empleados en la industria manufacturera de nuestro país. En el ranking global, España ocupa el puesto número 12 por detrás de China, Japón, Corea del Sur, Estados Unidos, Alemania, Taiwán, Vietnam, Italia, México, Francia y Singapur.

Las ventas de robots industriales en España han aumentado un 8% el año pasado (4.990 unidades), constituyendo un nuevo pico por cuarto año consecutivo. Los principales sectores que explican este crecimiento son: metal, plástico y automovilístico. El parque de robots industriales en España es actualmente de unas 65.400 unidades. La Federación Internacional de Robótica (IFR) prevé que entre 2018 y 2021, las inversiones en robótica industrial en España aumentarán entre un 10% y un 15% de promedio anual.

Con todo estos datos encima de la mesa, se puede concluir que la clase política en España ni sabe ni quiere pronunciarse sobre las dos caras de la innovación industrial, poco les importa no subirse al tren del futuro para no dejar de ser competitivos respecto a otros países y aún menos les importa que en los próximos años asistamos a una destrucción masiva de empleos. El debate político en este país es sobre la bandera, Cataluña, la corrupción etc…me aburre hasta escribirlo y pongo etcétera por cansancio. Cuando se abrió el debate a cuatro televisado, también se abrió un agujero negro bajo nuestros pies que nos transportó por un agujero de gusano hasta el pasado para hablar de cosas que llevamos hablando en esta nación desde hace décadas en un bucle infinito, y aunque no están exentas de hablarse dado que son temas importantes como la sanidad o la educación, el hecho de no incorporar la investigación y el desarrollo tecnológico a un discurso que afecta a 45 millones de españoles nos dice, con una triste claridad, que estamos en las manos de una gente que no tiene ni puñetera idea de en que mundo vive. Y si piensas que Canarias, cuya industria principal es el turismo, está parcialmente resguarda debido a su escasa industrialización, te equivocas de pleno; en Japón existe un hotel que sustituyó hace un año a más de la mitad de la plantilla por robots. En definitiva, bienvenidos al futuro que queremos negar.






















































