VICENTE PÉREZ
A sus 55 años, Inmaculada malvive en las calles de Santa Cruz de Tenerife, muy cerca del lugar que la vio nacer, el antiguo hospital, hoy Museo de la Naturaleza y el Hombre. Aunque siempre que puede pernocta en lo que ella llama «el hotel de cinco estrellas», sarcástica forma de referirse a unos aparcamientos subterráneos donde hacen un poco la vista gorda y le permiten refugiarse del frío en invierno.
«En el albergue municipal un día me dicen que hay plaza, otro día que no, y aquí no hay más sitios: o el albergue o la calle, que es donde estoy por circunstancias de la vida, y porque además con una pensión de poco más de 300 euros poco puedo hacer», comenta esta mujer que lleva en el rostro el sufrimiento físico y psíquico de una existencia que, para ella, no ha sido color de rosas, y que se quebró además laboralmente cuando enfermó.
Y así ocurre con las numerosas personas sintecho que cualquier vecino se encuentra por las noches durmiendo en la capital tinerfeña: en bancos de parques, en portales de edificios de oficinas, en cajeros automáticos de entidades financieras…. o en «hoteles de cinco estrellas», como los ha bautizado Inmaculada.
La conversación con PLANETA CANARIO tiene lugar en las inmediaciones del mercado Nuestra Señora de África, en uno de esos bancos donde por el día habitualmente se sientan personas con techo y que por la noche sirve de minimalista y fría morada a quien no tiene hogar adonde ir.
«Cuando no hay cama en el albergue me voy a mi hotel de cinco estrellas, con los cartoncitos, y menos mal que en las monjitas me puedo bañar, y me dan ropa y comida; pero ellas no tienen donde dejarme dormir, pero no se les puede pedir más, ya hacen bastante», cuenta en alusión al comedor social de las Hermanas de la Caridad, en la histórica calle de La Noria, a las que el pasado año el Ayuntamiento santacrucero concedió 180.000 euros para que pudieran ampliar sus instalaciones, saturadas de tanta demanda de ayuda. «Pobres chicas, hay que ver todo lo que hacen por nosotras», añade, en elogio de las humanitarias monjas.
Inmaculada no está bien de salud: «Estoy operada de cáncer, en el pecho, de tres tumores, y sufro artrosis en los huesos; pues en esas condiciones, y lo digo por mi madre que está en el Cielo, me tuve que quedar en los aparcamientos, con tres cartones que cogí, porque no tenía plaza en el albergue», relata con una indignación que, a fuerza de no poder cambiar las cosas cuando todos los males se juntan, apenas le hace cambiar el tono d para expresarla. Ya no tiene ganas ni para una inflexión de voz.
«El albergue no es sitio para una persona enferma»

Para ella el albergue no es un lugar que le anime a salir de su pozo: «Todos los días hay broncas, el ambiente no es bueno, y son habitaciones para dos personas, a menudo no conoces a tu compañera de techo, así que me tengo que acostar con ropa y todo; y encima para entrar tienes que esperar hasta las 8 de la noche, ante es imposible, y yo estoy enferma».
La historia de Inmaculada, cuyas «circunstancias de la vida» ella prefiere no contar al periodista, es la de tantas mujeres y hombres a las que la vida ha tratado tan mal, cada cual con su hatillo de problemas al costado, que se ven abocadas a vivir en las calles chicharreras.
PLANETA CANARIO ha reflejado ya varios testimonios desde su reciente nacimiento como periódico. El más crudo, el de María del Carmen, una anciana de 80 años que duerme en un cajero automático y que, 7 días después de que este diario publicara su historia, todavía no había recibido ayuda de los Servicios Sociales municipales.
«Es inmoral que las Administraciones públicas no hagan más por estas personas; sean cuales sean sus problemas particulares, que suelen ser muchos y todos a la vez. Una sociedad no puede permitir que duerman en estas condiciones, debe procurarle la atención psicológica, sanitaria, habitacional, jurídica y de cualquier otro tipo que les permita intentar salir de esa situación, por muy difícil que resulte abordar estos casos», comenta Andrés, un vecino que saluda a Inmaculada, quien le informa de que está haciendo una entrevista con un periodista. Antes de alejarse definitivamente en la selva urbana, se da media vuelta y eleva la voz, en un rapto de indignación: «¿No dicen que han aprobado un plan municipal de atención a personas sin hogar? Pues que empiecen con todas las que hay por esta zona, por favor. Buenas tardes».






















































