FRANCISCO LEÓN
Exposición ‘100 años: Lanzarote y César’, en Arrecife, Lanzarote. Comisarios: Juan Gopar y Alejandro Krawietz.
La mente del creador moderno no puede ser más que compleja y profunda; en sus obras la paradoja, por un momento, se armoniza. Los laberintos de la tradición (o de las múltiples tradiciones) y sus derivaciones hacia la autoconciencia y la ironía en el seno de la creación misma, lo obligan a ello.
No es de extrañar, por tanto, que la primera de las exposiciones propuestas en Lanzarote para celebrar (o repensar) los cien años del nacimiento de César Manrique y, sobre todo, repensar (o celebrar) la igualmente compleja y polémica relación de Manrique con el paisaje y la sociedad conejera, entrañe la necesidad de que el visitante sea capaz de conjeturar los mapas de pensamiento y ejes temáticos sobre los que se han movido los comisarios (el escritor Alejandro Krawietz y el artista Juan Gopar) y su equipo de creadores y técnicos. Así, sorprenderá de inicio —aunque esta perspectiva de trabajo tiene un sentido revelador profundo— que Manrique esté presente en la muestra no con su propia obra, sino mediante el análisis creativo de algunas de las propuestas y proyectos que el artista desarrolló en Lanzarote.
En primer lugar, el visitante debería asumir que ésta y las siguientes exposiciones (en realidad una sola ofrecida en tres espacios: CIC El Almacén, La Casa Amarilla y MIAC) de 100 años: Lanzarote y César no pretenden ser exhibiciones artísticas, y mucho menos exhibiciones artísticas al uso, esto es, no se exponen piezas de arte o unidades estéticas de diversos artistas, sino representaciones de un cierto pensamiento artístico. O mejor dicho: materializaciones del pensar crítico que se le supone y se le exige al creador moderno, cuestión, por cierto, de la que César Manrique, con sus luces y sombras, era un ejemplo claro.

La segunda cuestión que se debe tener en cuenta a la hora de visitar 100 años: Lanzarote y César tiene que ver con su intencionado carácter coral: en el proyecto intervienen muchas manos distintas para dar forma a una idea común. Las piezas e instalaciones que componen esta exposición de análisis reflexionan sobre la influencia que determinadas obras ejercieron en el trabajo de Manrique, y al contrario, reflexionan sobre el influjo ejercido por Manrique sobre los ámbitos culturales y civiles de la sociedad lanzaroteña. Pero como hemos dicho antes, dicha reflexión tiene siempre como punto de partida un motor de pensamiento colectivo en el que la autoría, y por tanto, la autoría de las unidades expuestas, se diluye en el propio procedimiento de un pensar abierto y especulativo. No se trata de un proceder caprichoso, sino de una necesidad que parte desde la concepción misma del proyecto expositivo, sobre todo si tenemos en cuenta el modo indiscutido, a veces incluso irracional, en que la actividad civil y creativa de Manrique ha sido elevada a una suerte de modelo casi sagrado.
En nuestra opinión, repensar el legado paisajístico y arquitectónico de Manrique y atisbar, sin forzamientos ni desvíos, sus logros y contradicciones internas no debería horrorizarnos, como a veces sucede, antes bien: creemos que se trata de un ejercicio y un derecho necesarios y aun saludables tanto para la sociedad insular como para la figura del artista. En este sentido, la gran aportación de esta muestra (y no es poco) parece ser, y en seguida trataremos de demostrarlo, la intención de situar a Manrique en sus precisos y correctos espacios de diálogo con la tradición cultural a la que pertenece.
Específicamente, la fase expositiva que ya puede visitarse en El Almacén reúne una serie de instalaciones cuyos ejes temáticos constituyen un repaso por la relación de Manrique con la cultura popular, la arquitectura, la literatura o la amistad, así como de la manera en que esos ejes de reflexión se articulan en torno a valores sistémicos.
Las figuras de arcilla conocidas como Novios del Mojón no son, contra lo que cabría pronosticar, una creación del espíritu prehispánico; y si lo son (dado que su artífice más célebre, Dorotea de Armas, se negaba a sumir la autoría de estos idolillos fuertemente sexualizados) han llegado a nosotros adaptados curiosamente, como se adaptan todas las sociedades cuya fuente de riqueza es el turismo, a las formalidades caricaturescas del souvenir para visitantes extranjeros.

La presencia de los Novios del Mojón parece aquí vincularse con las voces, misteriosas y herméticas, precisamente como la mirada de esos idolillos de barro, con las experiencias que les suceden extra-ínsula a los pescadores de Lanzarote, cuya narración, como no podía ser de otro modo, surge del interior de cuatro grandes caracolas situadas en el hall. El relato del pescador es siempre un relato secreto, sucede fuera de los límites telúricos, es siempre una cultura limítrofe. No por casualidad, el artista que diseñó los centros turísticos de la isla (su obra cumbre, ha dicho, con toda razón, Fernando Castro Borrego) nunca logró adaptar esta presencia excéntrica a su ideario. El libro de Félix Hormiga El rabo del ciclón, en el que el escritor conejero registra el relato de los pescadores, sirve como pretexto y como centro a la hora de configurar relaciones novedosas en la relación de Lanzarote con el mar, a la vez que establece un vínculo entre la literalidad de la voz y la consustanciación de los hechos.
Los elegantes remates de las chimeneas lanzaroteñas repartidos hoy a lo largo y ancho de la arquitectura local tienen su origen en el minucioso rescate realizado a lo largo de décadas por Luis Ibáñez (miembro fundador de El Almacén). Ibáñez las repertorió tras minuciosos estudios de campo, poco después de que Manrique las incorporara a la primera edición de Arquitectura inédita (libro, por cierto, editado con la ayuda de Fernando Higuera, uno de los creadores que más influyeron en Manrique, como demuestra una reciente exposición en Madrid). Hasta el estudio de Ibáñez, nadie había reparado en las chimeneas moriscas de Lanzarote, nadie salvo el escritor Agustín Espinosa, que en 1928 las incorporó a su obra bajo el prisma de un bizantinismo solar de cariz cubista. A la larga, muchas veces los procesos de uniformización identitaria generan deformidades. En la actualidad, las chimeneas bizantinas de Tinajo, desustanciadas del aura de lo popular, pueden ser adquiridas prefabricadas y listas para colocar (como águilas de piedra artificial o balaustradas de cemento) en cualquier ferretería conejera. Nadie en la isla dispone de hogares de leña ni hornea panes en sus casas, por supuesto, y menos aún los turistas, pero las chimeneas se han convertido en un atributo insoslayable, desfuncionalizadas hasta el absurdo, como remate ornamental hasta del chamizo más inelegante. Este desvío funcional de las chimeneas permite establecer una línea directa de relación con la pieza que cierra la exposición, la Casa-Lámpara.
También la amistad es un eje en esta exposición. En este caso los comisarios reconstruyen algunos episodios e intercambios propiciados por la relación que mantuvieron, durante décadas, César Manrique y Pepe Dámaso. Poemas del autor de Agaete dedicados a César y la serie fotográfica que sirvió para la primera exposición de Dámaso en El Almacén se reúnen aquí con los Envoltorios, fabricados con la tela basta que se usaba para envolver las manillas de plátanos durante su transporte y que pertenecen al catálogo De Dámaso a Manrique. El espacio no puede ser más propicio para la celebración de la amistad, pues el propio Almacén, único centro propiamente civil de entre cuantos acometió Manrique en Lanzarotre, fue concebido en el seno de la amistad que unió a Yayo Fontes, Luis Ibáñez y los propios Dámaso y Manrique.
Desde el punto de vista literario, la exposición 100 años: Lanzarote y César ofrece también la posibilidad (tal vez aquí más claramente expresada que en otras instalaciones) de incardinar definitivamente a César Manrique como creador polifacético en el continuo de una tradición cultural moderna y, por lo tanto, también como agente en una continuidad siempre reinterpretable. Hasta ahora, como si se tratara de un monstrum factotum intangible, Manrique ha quedado apartado de ciertos diálogos críticos propios de los esquemas de la historia cultural, acaso con las mejores intenciones. Pero lo cierto es que, lejos de inventarlo todo, como a veces se ha llegado a creer, Manrique no hace más que adaptar sus conocimientos y experiencias a un medio lejano y virgen. La propia creación del proyecto de El Almacén no puede entenderse sin el paso del artista conejero por el Nueva York popero de finales de los 60 y sus presuntos contactos con Warhol y The Factory.
Si hay una lección absolutamente insoslayable en las actividades y la biografía de Manrique no es otra que la siguiente: la creación consciente y moderna no se puede ejercer sin haber pasado, como decía Hemingway, por el servicio militar obligatorio de las vanguardias. No sería descabellado afirmar que, en la actualidad, la estética de Manrique rezuma ciertos tonos caducos o que contiene rasgos estéticos que hoy ya nos resultan horteras o kitsch, pero desde luego no se le puede achacar inanidad conceptual ni frivolidad estética. En el pensamiento de Manrique, expresado en sus obras, pues son estas las que hablan a las claras de su ideario, los espíritus de las vanguardias y de la trasvanguardia son centrales. En uno de sus manifiestos históricos, Aviso, los fundadores de El Almacén afirman: “…aprovechar las raíces mismas de la Cultura, en toda su vanguardia y contemporaneidad…”

Frente a la concepción de isla-museo, (esto es, la visión de que Lanzarote reside en una imagen inmodificable y acabada), 100 años: Lanzarote y César señala un vector de pensamiento diverso: la isla como taller (según el verso de Manuel Padorno), como espacio abierto a la reinterpretación, como lugar de trabajo, como laboratorio de experimentación. Es hermoso ver y percibir el modo en que esta muestra se construye a sí misma en esa idea de isla como taller, a la vez que establece una relación de reciprocidad entre la actividad de Manrique y la palabra poética de Manuel Padorno. No otra cosa significa pertenecer a una tradición. Manrique no solo era un creador transvanguardista, intuitivo y ágil, sino un lector abierto a miles de incitaciones. Su estudio Arquitectura inédita, por ejemplo, está cruzado por los fragmentos creacionistas de Lancelot 28º – 7º, de Espinosa, obra y autor de un vanguardismo radical y fresco. De ahí que los comisarios hayan construido en el primer aljibe de El Almacén la escenificación de un diálogo cultural muy sugerente y fértil entre la obra de Espinosa y la labor de Manrique. Sobre unas mesas que parecen mecidas por el viento, algunos textos originales de Lancelot adquieren nuevos sentidos si el nombre del héroe artúrico es sustituido por el del artista conejero.
Es posible que también conociera Manrique el diario de viaje (redactado en Lanzarote en 1923) de Domingo Doreste. Sin duda, como hemos visto, leyó A la sombra del mar de Manuel Padorno, una obra poética en la que Lanzarote se convierte en el escenario casi místico de un idilio entre las luminosas materias de la isla (jayos incluido) y la voz del poeta. Domingo Doreste, Agustín Espinosa, Manuel Padorno, Rafael Arozarena (a partir de ilustraciones de Mariola Acosta en torno a Mararía) y el poeta actual Melchor López (1965) quedan reunidos aquí alrededor de a la figura de Manrique con la intención de incardinar al artista, como uno más, en los procesos de la tradición creativa de Canarias.
Sin duda esta incardinación nos parece no sólo un hallazgo de la exposición, sino un valioso obsequio al legado de Manrique, quizá el mejor que puede ofrecerle su centenario: construir el lugar preciso que le corresponde a la figura de Manrique en nuestra tradición, ni más ni menos. La sutileza de hacerlo, con valentía y rigor, desde el ámbito poético y la reflexión, y no de las artes plásticas, merece a nuestro juicio un algo más que un sonoro aplauso. Este planteamiento sitúa a Manrique en el proceso abierto de las tensiones multidisciplinares de lo moderno: justo el lugar en el que debe estar sujeto a variaciones, correcciones, revisitaciones, valoraciones y transformaciones, y no, como a veces da la impresión, en altares que a menudo lo desvinculan del mundo. Si aún queremos aprender algo más de Manrique, si estamos dispuesto a repensar, incluso a revisar su legado, debemos hacerlo a la luz de la tradición en la que vamos a incorporarlo. Pensado fuera de todo aparato crítico (y la tradición es el más básico), los creadores y sus obras, en manos de tirios y romanos, corren el riesgo de ser despedazados hasta el ridículo.
Tratándose 100 años: Lanzarote y César, en cierto modo, de un memorándum sobre Manrique, la reflexión sobre la arquitectura es cuestión central. Despreciado o ponderado a partes iguales por los arquitectos, el intuitivo Manrique fue capaz de definir, a través de la observación de las costumbres constructivas populares, un esquema arquitectónico más o menos concreto. Su libro Lanzarote. Arquitectura inédita (1974) se convirtió por arte de magia en la piedra filosofal del domus lanzaroteño. Pero el sueño alquímico de una arquitectología ideal para una isla emplazada a las puertas de la aterradora explosión turística de los años 70 puede volverse enseguida, tal y como lo expresa Le Corbusier (un pensamiento traído al hall principal de El Almacén en la instalación Sueño y pesadilla) en una suerte de alucinación hiperextensiva e hiperuniformizadora capaz de decidir las pautas existenciales de sus residentes.

Habrá quien entienda esta instalación (y también la llamada Casa lámpara, situada en el sótano, cuya función habitacional primordial ha sido transmutada) como una impugnación de la tradición constructiva de Lanzarote o incluso de Manrique. Sin embargo, creo que lejos de eso, se trata de una aportación que reflexiona sobre los límites y las limitaciones de lo insular. Nos parece mucho más interesante una lectura que abunde en la idea de una reflexionar abierta y sincera justamente allí donde no aparecen soluciones de vía única. En este sentido, vale la pena recordar que la consolidación de las expresiones culturales no se ha dado jamás sin el choque de fuerzas opuestas. De cualquier modo, y aún en el caso de que nos empeñáramos en ver aquí una condena del quehacer arquitectónico de Manrique, no se trataría de un ataque ad hominem, así creemos, sino a los efectos ulteriores de un modelo concreto y acaso poco flexible. A ese respecto han hecho bien los comisarios en anunciar, hasta el mismo cansancio, que 100 años: Lanzarote y César no pretende ser un solucionario milagroso sino una reflexión posible acerca de la realidad. No podemos exigir a una exposición estético-reflexiva la finalidad (o finalismo) que persiguen los discursos tecnológicos y tecnocráticos.
La eclosión creativa de Manrique coincide en el tiempo con un instante complejísimo en la historia económica y social de Canarias. A principios de la década de 1970 Manrique ya había iniciado el salto definitivo de creación de su obra y Lanzarote no tenía otro remedio que incardinarse, como fuera, en el imparable proceso de turistificación del Archipiélago. Ambos, Lanzarote y César, se encontraron en una encrucijada muy particular y de esa coincidencia resultó una isla laboratorio en la que Manrique puso en práctica ideas que, al tiempo que anticiparon la eco-arquitectura, por ejemplo, ocasionaron un rico debate estético, habitacional, territorial y paisajístico que hoy, cien años después del nacimiento del artista, sigue concitando toda clase de opiniones. Su obra mayor, por ejemplo, Jameos del Agua, es un oasis de calma y exquisito diseño. Nadie que visite ese espacio, cuantas veces sea, puede sustraerse a la mágica atmósfera que lo envuelve: es, sin duda, una experiencia casi espiritual. Sin embargo, quedan preguntas muy serias en el aire. ¿Cómo podemos justificar hoy en día la intervención artificial en el hábitat natural del cangrejo ciego de Lanzarote? ¿Son los centros turísticos de Manrique espacios realmente populares y cívicos? ¿Cómo explicamos la destrucción de un jameo o el encofrado, revocado y electrificación de un tubo volcánico? ¿Cómo demostramos que la uniformización del paisaje arquitectónico es tan necesaria como vital para esta isla?





















































