VICENTE PÉREZ
Tal vez haya que repetirlo una y otra vez hasta la extenuación: en la casa del corsario Amaro Pargo «no hay ningún tesoro», sino que el tesoro es el propio inmueble. Pero la falsa leyenda de encontrar entre sus muros riquezas en forma de monedas, joyas o metales preciosos sigue atrayendo hasta esta antigua hacienda de Machado (El Rosario, Tenerife) a personas desaprensivas que escarban sin piedad, a veces con detectores de metal y pala en mano, entre los muros añejos de esta construcción, que es de propiedad privada pero carece de medidas de protección alguna.

PLANETA CANARIO ha visitado las ruinas de esta antaño colosal hacienda, junto al escritor tinerfeño Alfredo López Pérez, un gran divulgador de esta figura histórica (ha novelado su vida en el libro Amaro Pargo: fe, amor y raíces) al que ha dado vida incluso en escenificaciones en actos culturales y en rutas guiadas por el patrimonio cultural.

Vamos acompañando a Beatriz García Puertas y Ángel Adán Peñalosa, un matrimonio de profesionales de la arquitectura técnica ya jubilados, y residente en El Rosario, que se ha decidido a poner un grano de arena para intentar que se recupere esta edificación, y para ello se proponen hablar con los propietarios y las Administraciones públicas.
Dentro de la única habitación de la casa que aún conserva la madera del tejado y las cuatro paredes, Alfredo López señala con rabia una gran piedra plana en el suelo con signos de haber sido removida recientemente: «Hay que dejarlo claro: no hay ni un solo documento que indique que aquí se pudiera esconder un tesoro u objetos de valor, y quienes así lo piensan están totalmente despistados y no conocen nada de Amaro Pargo, salvo una falsa leyenda».
El corsario, para este escritor uno de los más relevantes del mundo en su época, nació en La Laguna en 1678 y falleció en esa misma ciudad tinerfeña en 1747. Fue capitán de navío y comerciante entre América y España.

«Hay que tener en cuenta», explica el novelista, «que el 9 de diciembre de 1744, por tanto, prácticamente 3 años antes de morir a los 69 años, Amaro Pargo compra esta casa como parte de una estrategia familiar de compraventa de terreno anejos al Camino Viejo a Candelaria, una vía pecuaria principal, o un camino de fe, si lo queremos llevar al plano espiritual; en cualquier caso una de las más importantes en su época, pues conectaba la Villa Mariana con La Laguna, y torno a la cual había negocios».

Adonde nos quiere conducir Alfredo López es que la mentalidad del corsario no era la de amasar fortuna en metálico sino de emplearla en propiedades: «Para entender a Amaro Pargo hay que verle, como bien lo definen Manuel de Paz Sánchez y Daniel García Pulido en sus escritos y en sus investigaciones, como un hombre barroco, es decir, con sus contradicciones: muy espiritual, con unas convicciones religiosas muy férreas como católico cristiano, pero también muy terrenal, por lo que el corsario tenía muy claro – en esa mentalidad comercial mercantilista prestamista – que el dinero que no se mueve no renta , no genera beneficio si lo metes debajo de una piedra».

En el momento en que hace esta reflexión muestra la que ha removido la pareja de jóvenes antes de marcharse al sentirse observados: «Estos chicos que hemos visto con una pala y detector de metales haciendo huecos aquí y allá, como todo el que ha venido con ese fin a esta casa, están totalmente despistados, no conocen la historia real».

Llegados a este punto del relato, Alfredo López subraya el lugar «estratégico» que ocupaba esta hacienda, y verdaderamente esta loma del barrio de Machado en una atalaya desde donde se abarca una extensa panorámica que va desde Anaga al Porís de Abona lo días de atmósfera limpia. «El propio Amaro en más de una ocasión pudo haber fondeado sus barcos en la zona hoy de Radazul», apunta.

El Camino de la Virgen está también declarado Bien de Interés Cultural (BIC). «Una vez conquistada la isla, se consolidó el peregrinaje dos veces al año, en febrero y agosto, hacia Candelaria, y la propia peregrinación de la imagen de la Virgen a distintas localidades de la isla, en una época en que este era el camino principal para ello», comenta el escritor.

Así que en ese andar cotidiano o ritual de la gente de antaño, Machado era una estación de descanso. En este sentido, durante las peregrinaciones religiosas, la imagen de la Candelaria hacía escala en la antigua Ermita de San Amaro, actual ermita de Nuestra Señora del Rosario.

Al pasar por las ruinas de esta hacienda en Machado, se recuerdan los versos de otro hombre barroco, el poeta castellano Francisco Quevedo, cuando escribió aquello de «Miré los muros de la Patria mía /si un tiempo fuertes, ya desmoronados […]».
Pero Ángel Adán y Beatriz García, y también Alfredo López, se van del lugar con la esperanza de que un día se puedan reconstruir los de esta fantástica construcción que, pese a haber sido muy dañada por quienes se han dejado llevar por una falsa leyenda, aún conserva su empaque, como un latido sobreviviente, la fuerza de la piedra rebelándose contra el olvido, la codicia, la ignorancia y el abandono.
Y no cejarán en su empeño también en que un día, de igual manera, se pueda recuperar y reconstruir la hacienda La Miravala, en El Socorro, municipio de Tegueste, dado que fue la hacienda agrícola principal del corsario adquirida en 1727, cuando ya había regresado a la isla para establecerse (tres años antes, en 1724), lugar donde pasó buena parte de su tiempo, mientras atendía sus viñedos y sus plantaciones de caña de azúcar, cereales y otros cultivos.






















































