PABLO ZURITA ESPINOSA
Ingeniero agrónomo
https://pablozurita.blogspot.com/
La crisis financiera del 2008 justificó acabar definitivamente con los mercados de futuro de las materias primas agroalimentarias, una medida de prevención que al final no se adoptó por desgracia del mundo entero. Eso de que unos operadores financieros jueguen a comprar y vender opciones sobre el trigo, el millo, la soja o el girasol, sin aportar valor, quizás en sus inicios tuvo algo de sentido, pero devino y deviene en una pura y dura especulación de precios.
Oportunidad perdida: no aprendimos que el mecanismo puro del mercado (subprime) en su libre albedrío conduce a la ambición desmedida y al colapso. Con la guerra en Ucrania y la incertidumbre que deriva de ella, esos intermediarios se están poniendo las botas. Habrá grano inmovilizado en los silos de Ucrania pero, que haya trascendido, la próxima cosecha todavía no está en peligro.
Quien decide montar una explotación ganadera en Canarias de cierto tamaño o una fábrica de cerveza, sabe a priori que dispone de los insumos que precise en los mercados mundiales a un precio razonable. En manos de compradores avezados, consideran el cambio de moneda, los costes de transporte y la fluctuación de los cultivos en los países productores.
En las Islas es técnicamente viable plantar grano y oleaginosas, tenemos microclimas para casi todo, pero inviable por indisponibilidad de terrenos aptos para ello, sin entran en cuestiones de coste. La dependencia de ciertas materias primas es absoluta para el sector primario igual que para un industrial el suministro eléctrico o para un hotelero el tráfico aéreo, que aun dependen del petróleo.
La presunta inacción culpable de los gobiernos habría que buscarla en su origen, decisiones del pasado que derivan en graves consecuencias en el presente: permitir la especulación en los mercados, liberalizar o prohibir determinadas actividades con argumentos defendidos por cada lobby según sus propios intereses, llevados al absurdo. Usted se acordará cuando se impidió la generación eléctrica de consumo propio, por poner un ejemplo paradigmático, increíble.
Para pagar el estado del bienestar –que parece un logro social ajeno a ciertos sectores conservadores como si todos los ciudadanos, todos, no nos beneficiáramos de él– se montó un sistema fiscal a base de impuestos indirectos más fáciles de recaudar. A alguien le pareció buena idea gravar la gasolina, el vino, la electricidad o el trabajo… en un país con una altísima tasa de paro estructural, a alguien le pareció una brillante idea meterle al trabajo un 33% de impuestos.
A los políticos se les pide demasiado en esta nuestra democracia no cualificada –basta tener el DNI en vigor para poder ser elegido–, a quienes se les culpa de todos nuestros males. Nos vemos envueltos en una vorágine que relativiza la eficacia de medidas que se adoptan de urgencia por la propia dinámica del sistema y sus laberintos administrativos. Como lo de ofrecer una ayuda al consumo de combustible, de efecto cero, cuando el precio sobre el que se paga fluctúa al son de esos mercados especulativos, un ejemplo de actualidad.
El escándalo de inflación en España, con el que tantos analistas están encantados, hay que buscarlo en una realidad económica dependiente de esas materias primas sometidas a esas vicisitudes especulativas, pues claro, pero también a una pandemia de dos años que mantuvo la economía en ralentí y a un periodo de estanflación con tipos negativos que ya estaba durando demasiado.
Querer atribuir un fenómeno económico a unos individuos elegidos en una lista tiene su aquello, estarán descojonados esos mismos que se frotan las manos con la guerra. En este escenario, para evitar que crezca la burbuja, basta comportarnos como prudentes consumidores.






















































