Basta con dar a la tecla de las emociones más básicas para conseguir el famoso engagement del que tanto se habla. En televisión La isla de las tentaciones lo ha logrado después de que su enganche estrella – Gran Hermano– hiciera aguas por un tórrido suceso que, si bien de nuevo fue el foco de atención, resultó ser demasiado extremo y el éxito se tornó en cierre. Cuánto han pasado. ¿Meses?, y ya tenemos el nuevo atractivo que copa todas las conversaciones.
Y es que hablar del tiempo es un buen principio para entablar una conexión pero como expresaba la hermana pequeña de Sentido y sensibilidad (obra de la escritora Jane Austen) la gente educada parece no hablar de nada sino del tiempo. En cambio, la gente más afable nos cuenta noticias en las que va envuelta la vida de los demás. Ahora bien, cuando la curiosidad natural se vuelve turbia y una noticia de corte social termina siendo una herramienta para la destrucción psicológica de los demás, el origen ha perdido su esencia.
Y si aquello de la empatía no es lo nuestro pensemos en cuánto tiempo nuestra audiencia, física o digital, puede sostener el mismo efectista, veloz y sencillo a la postre algoritmo. Y qué revulsivos y consecuencias se generan a raíz de estos elementos artificiosos. Cuánto tardarán en aflorar los residuos informativos de esta sociedad que ya padece con sorpresa islas de plástico, guerras por diamantes, y consecuencias devastadoras por producción masiva.
“No seamos moralistas, el mercado es libre, cada uno que diga lo que quiera” son premisas de respuesta ante la reflexión de antropólogos, filósofos y psicólogos que acogen en sus espacios de trabajo a cientos de víctimas de los tentáculos sociales. Son argumentos válidos, pero igualmente aceptables son las rebeliones interiores. La revolución del silencio, del orden, de las relaciones sanas… Corrientes sociales que también ocupan los espacios de comunicación, aunque con su bajada de popularidad ante los inevitables detractores.
La situación es sencilla y compleja a la par. Se puede lograr un algoritmo que no se agote y no alcance semejantes cotas de éxito ni grandes bajadas. Si defendemos la libertad, el espacio social debe estar acondicionado para unas y otras opciones. Libertad para estar a favor y en contra. Y el diálogo como afición vital, entre personas del mismo u opuesto corte de pensamiento. Se puede. Y, por supuesto, existe la posibilidad (¿remota?) de que no se quiera emplear otro algoritmo.

CARMEN IZQUIERDO,
periodista






















































