[Alfonso Boullón Sabín es natural de Galicia, criado en Canarias; y reside en Tenerife. Desde 2007 formó parte de la Plataforma Mesa de la Ría, en la que contribuyó a denunciar los efectos de la contaminación de la industria química en Huelva, uno de los lugares más contaminados de España. Desde 2015 es miembro de Salvar La Tejita. Es profesor de Artes Plásticas y Diseño en la especialidad de Fotografía desde 2006. Trabaja desde hace 9 años en la Escuela pública de Arte y Superior de Diseño Fernando Estévez de Tenerife].
TEXTO Y FOTOS: ALFONSO BOULLÓN
MARTES, 16 DE JUNIO DE 2020
«La noticia saltó a primera hora de la mañana del 16 de junio en las redes sociales. Por sorpresa unos activistas se habían encaramado a las grúas de las obras del infame hotel de La Tejita para exigir su paralización. Personalmente, desconocía de quién se trataba, ni cuál era su plan. Cabría esperar que pretendieran hacer una acto de denuncia puntual, desplegando unas pancartas lo suficientemente altas como para suscitar interés mediático y lo suficientemente anchas como para abochornar, debidamente, a quienes, desde las administraciones públicas, han consentido al menos con su desidia ─si es que no es es atribuible a algo peor─ el inicio de semejante estropicio en una zona natural protegida.
Me desplacé al lugar por la tarde, desde que me fue posible. No había estado allí desde del inicio de la pandemia. Ya en la carretera de La Tejita, antes de llegar, tuve que echar el coche a un lado, y salir a tomar la primera imagen. Era difícil asimilar lo que estaba viendo. Costaba creer que hubieran aprovechado el confinamiento para avanzar en las obras como nunca antes lo habían hecho en estos años de litigios. Pero ahí estaba. Un grotesco Goliat de cemento empezando a coger forma.
Ante la expectación suscitada, y el lógico secretismo que rodeaba semejante acción reivindicativa, abundaban las dudas. La primera de ellas, sin duda, era el “¿quién?”. ¿Quiénes habían tenido el valor de cruzar las alambradas y adentrarse en territorio hostil, lleno de dunas, vigas, escombros, aristas y destrozos, consiguiendo llevar su reivindicación a lo más alto sin ser detenidos? Aunque pudieran verse a lo lejos, su identidad era un misterio.
Emocionaba distinguir algo tan humano como aplausos de lucha en lo alto de semejante mastodonte industrial, colorido, pero metálico e inhóspito, acompañado de un cielo gris nada halagüeño de fondo.
Durante la mañana los bomberos habían subido para evacuarlos. Los activistas se negaron. “Los bomberos no rescatan a quien no quiere ser rescatado”. Estaban allí para quedarse.
Y allí estaba ella, quien quiera que fuese. Reflexiva. Cuando se ve el mundo desde los sitios altos, el tiempo parece ralentizarse hasta casi detenerse. Me gustaría poder estar en sus pellejos solo para poder saber qué se les pasaría por la cabeza estando allí, en aquel lugar extraño, con tan poco que hacer y tanto en lo que pensar. Superados los momentos de adrenalina, ¿les dejarían sus temores más inmediatos reflexionar sobre la trascendencia de su acto?
El texto publicitario impreso en la grúa parece casi pura ironía. Nunca quien lo estampó podría haber imaginado el protagonismo que alcanzaría el rótulo.
Pronto las dos grúas comenzaron a convertirse en un elemento protagonista de toda la lucha contra el hotel ilegal, tanto de forma literal ─había en ellas dos seres humanos─ como por toda su iconicidad y simbolismo. Un eje omnipresente alrededor del cual giraría todo.
Nunca la presencia policial ni la mediática habían sido tan altas en la zona. Ni cuando se denunciaron las obras en los juzgados, ni siquiera cuando hace más de un año la Dirección General de Costas dio cinco días a la constructora para paralizar las obras en la zona de servidumbre, ni tampoco cuando a la empresa se le caducó la licencia otorgada por el Gobierno de Canarias para poder hacer las obras.
Poco a poco se iba reuniendo más y más gente en la base de las grúas para dar aliento a los activistas. En los aparcamientos, se establecería un ‘campamento base’ de apoyo.
Cada ráfaga de viento que se levantaba hacía pensar en cómo tendría que sentirse allí arriba.
Si hay algo emocionante en estas situaciones, fotográficamente hablando, es observar los rostros de gente anónima cuando comparten una reivindicación. Especialmente, cuando no se sienten observadas. Sus miradas dejan ver muy a menudo las intenciones, inquietudes o juicios de valor más sinceros.
Y todas se dirigían hacia arriba. En un momento dado, no hay gran diferencia entre observar a alguien a 60 metros de distancia o hacerlo a 65.
Pero existía una necesidad por parte de los que acudían a apoyar de estar lo más cerca posible de quienes estaban en las grúas. Y es que, a diferencia de lo que ocurre en otras causas, en las que el foco se pone en un problema abstracto o en una infraestructura de cemento, en esta ocasión, allí, en lo alto, había dos personas.
Se fue haciendo de noche. Permanecí hasta las 3:00 de la mañana, dando vueltas alrededor de la valla, que rodea todo el perímetro del terreno y que ilegalmente interrumpe el paso de las dunas. Mi intuición me decía que si se atrevían a desalojarlos, lo harían con nocturnidad.
Pasadas las 2:00 a.m. presencié ─y pude grabar, en algunos casos─ cómo agentes de ese vehículo con sirena del color de la ley y el orden, iluminaban con una linterna, a pie de grúa, a los activistas. Dejaban pasar varios minutos entre sus ráfagas, lo que dificultaba su grabación y, probablemente, también el sueño de quienes pretendían dormir en ellas. También los oí tocar la sirena. Me costaba creer lo que veía. La condición humana y sus miserias. Tras las denuncias que se realizaron en los medios de comunicación a la mañana siguiente, no volvió a repetirse.
La fotografía me pareció atroz: El grano de la imagen. Un ambiente hostil. Un hotel cuya estructura tiene cierto parecido con las ruinas que dejan las guerras. Ese cielo iluminado de madrugada, que se asemeja al que a veces vemos en los bombardeos televisados. Y esa luz azul, que no está ahí para ayudarte.
No quería irme a casa, pero era consciente de que también era importante dar testimonio con imágenes de lo que había ocurrido ese día. Me costó conciliar el sueño, sobre todo pensando en cómo podrían haberlo conseguido ellos. Cualquier esfuerzo que uno pudiera hacer estos días era ínfimo al lado del sacrificio de los activistas.
MIÉRCOLES, 17 DE JUNIO
Las pancartas apenas podían leerse por la acción del fuerte viento. Y, a decir verdad, resultaban secundarias desde el primer día, frente al resto de acontecimientos.
Por la mañana tuvo lugar la primera rueda de prensa. Me llamó la atención la expresión de este cámara de televisión. Una mezcla de incredulidad, preocupación y desconcierto al mirar al sitio clave. Dos personas llevan 24 horas subidas en unas grúas, mientras se suceden declaraciones que denuncian, por todos los medios, las distintas irregularidades de la licencia del hotel. Y recuerdan que llevan denunciándose años. La imagen me permite imaginarme la expresión de desasosiego que empezarían a tener en sus rostros los distintos políticos responsables de no haber hecho nada hasta llegar a esta mañana, en la que demasiada gente se empieza a preguntar el porqué de toda esta verdad incómoda.
Ahí, él. En la grúa roja. La más lejana a la calle y, por tanto, la más metida de lleno en el interior de esa jungla de cemento. Aunque la fotografía muestre su figura, poco dice de su identidad. ¿Quién sería ese señor, con aspecto de cierta experiencia en estas lides, capaz de semejante hazaña?
Aplausos al cielo. Gente de diferentes edades y condición rindieron homenaje esa mañana a los indiscutibles protagonistas de la reivindicación ante la visita de medios de comunicación.
La primera concentración en el lugar, convocada por las redes, tuvo lugar por la tarde. Tenía por objetivo hacer una cadena humana alrededor de todo el terreno del hotel. Ya desde por la mañana se había establecido ese aparatoso cordón policial alrededor de la entrada de la obra. La afluencia de gente era cada vez mayor, así como el eco en los medios de comunicación.
El hastag #stophotellatejita fue uno de los que se propagó ampliamente por Internet. La actividad en las redes estaba siendo frenética. La campaña de recogida de firmas contra el hotel, que si bien ya en 2016 había alcanzado las 100.000 firmas, superó estos días las 150.000.
Contrasta el fondo industrial y policial de la imagen, frente a lo humano de quien protesta.
El grupo de apoyo camina hacia los bomberos con determinación, ya que hoy se decidió dejar subir comida y bienes de primera necesidad a los activistas. Fue quizás un punto de inflexión. Quién sabe si se barajó un desalojo al estilo de los desahucios que hemos contemplado en otras ocasiones. Pero, quizás, quien tomó la decisión sopesase los riesgos que entraña la altura y la posible respuesta social si algo saliese mal. Demasiado aparatoso hubiera resultado también una huelga de hambre en las alturas.
Frente a la hostilidades de la noche anterior, por parte de otros cuerpos, los bomberos fueron recibidos hoy como héroes, entre aplausos. “Menos policía, más bomberos” o “Los bomberos, son compañeros” fueron eslóganes coreados, mientras dos efectivos se elevaban hacia un espacio que empezaba a tener una aureola de dignidad inquebrantable.
Muchas personas improvisaron, con lo que tuvieran a mano, material reivindicativo con el que expresar su defensa del territorio. Bajo su mascarilla, llama la atención la firmeza y franqueza de la mirada de esta manifestante.
En estas ocasiones, las miradas de la gente joven siempre albergan algo que ayuda a reconciliarse con el optimismo.
“No están solas”. Una constante era hacer que los activistas notaran que desde abajo la gente los apoyaba en todo momento. Eran frecuentes los aplausos y saludos dirigidos a las obras. Incluso, en ocasiones, estos eran surgían de espontáneos que pasaban por allí, de regreso a casa desde la playa: “¡Salvar La Tejita, salvar La Tejita!”
Desde lo lejos, parece como si el activista de la grúa roja cabalgase a lomos de un gigante, sobre un entorno adverso y puntiagudo.
Más de cerca, diríase que aplaude, mientras su cara muestra cierto asombro. Como si a él mismo le costase creer el gran revuelo montado alrededor de su presencia en la grúa.
Los participantes comenzaban a posicionarse alrededor de toda de la obra para llevar a cabo el acto-protesta.
Entre tanto, una escena entrañable, en la que una manifestante saluda a un lejano helicóptero de protección civil. Casi un símbolo de esa vitalidad juvenil que, en ocasiones, mezclando emoción, idealismo y optimismo (incuso una pizca de ingenuidad), acaba decidiendo subir a lo más alto, para conseguir metas que, de otro modo, hubieran sido descartadas por imposibles.
Mientras, poco a poco, la cadena humana iba tomando forma, imperfecta y ondulante, ante la mirada de extraños y guardias civiles.
Siempre me ha parecido admirable el hecho de elaborar un cartel para una manifestación. Muchas veces, un ejercicio de meticulosa dedicación y creatividad, con el que escoger una idea que te representará por unas horas. Me gusta pensar que este tipo de fotos son un pequeño reconocimiento a esa labor.
Por el camino, es fácil observar como la valla, rectilínea, hortera y cochambrosa, interrumpe las formas orgánicas de las dunas, que, aún así, consiguen abrirse camino. Pese a todo, en la imagen hay un punto protagonista al que mirar, sobre la grúa, que ayuda a asimilar tanto despropósito.
Una formación de siluetas anónimas rodean el lugar, mientras el cielo se oscurece y genera una estampa entre inquietante y nostálgica.
A lo largo de todo el perímetro, cada cual vitoreaba sus argumentos a favor de los activistas y contra el hotel. Llama la atención queel logotipo de la asociación ecologista Salvar La Tejita incorpore dos grúas. Como si alguien, hace ya años, casi proféticamente, hubiese vaticinado el protagonismo que ellas cobrarían llegado el día.
Quizás esta sea una de mis imágenes favoritas. Una reja que enjaula ansias de ética, sostenibilidad y justicia.
Me recuerda, guardando todas y cada una de las distancias, a la escena de aquella película en la que Sarah Connor, agitando las vallas de un parque infantil, intenta alertar, con poco éxito, a su hijo de la hecatombe que se viene encima.
La lectura del manifiesto fue emotiva. Normalmente, en las manifestaciones, lo que se lee va dirigido a quienes te rodean. En este caso, estaba escrito para ser escuchado también desde lo alto
El mamotreto en toda su dimensión.
La Montaña Roja oculta tras una cárcel de vigas y pilares.
VIERNES, 19 DE JUNIO
Tras tres días, con sus respectivas noches, uno se pregunta cómo será vivir ahí, en lo alto de una grúa. ¿Llegará uno a acostumbrarse? ¿Cómo se gestiona la intimidad estando arriba? ¿Experimentarán algún momento de flaqueza, como los de uno de esos días en los que te levantas pensando que nada tiene sentido o que tomaste una decisión equivocada?
Como quien se asoma al balcón de su terraza, pareciese que la activista afrontase con normalidad su nueva rutina.
Esa mañana tuvo lugar la primera rueda de prensa en la que los activistas hablaban con los medios de comunicación. Esta imagen plasma los sentimientos contenidos. El altavoz, que emite la voz de los activistas, es lo más tangible que poder abrazar.
– “¿Tienen seguridad ahí arriba? ¿Se sienten seguras?” Preguntó la portavoz.
– “Tenemos la seguridad… de que se pararán las obras”.
Si hay algo que despierta siempre la curiosidad humana es encostrarse con un grupo de miradas que se dirigen, todas, hacia un mismo sitio. Estos días, siempre hacia el cielo, y con una cierta fascinación en los rostros, como quien observa un lanzamiento de cohetes.
Por la tarde se llevó a cabo la grabación de un vídeo en apoyo a la causa a manos del director canario Armando Ravelo.
La grabación dio de sí imágenes muy simbólicas, de unidad en la reivindicación.
Llama la atención cómo la zona acorralada por la valla, en donde se resguardan las dunas, y que la constructora entiende como privada, y por lo tanto destruible, luce más natural, y protegible, que el área hasta ahora declarada de dominio público marítimo terrestre.
No en vano, hace ya varios años, utilizando palas mecánicas, la constructora intentó remover la arena que se acumulaba en la zona dunar del terreno, en un intento de borrar la evidencia, eliminado argumentos que pudiesen favorecer una revisión del deslinde que ampliase la zona protegida tierra adentro. Pero la naturaleza es terca.
La destartalada valla luce decadente. Casi tanto como el modelo turístico de masificación y destrucción medioambiental que intenta proteger con poco éxito.
Hay fotos que hablan por sí solas. Y describirlas solo es dar palos de ciego. La humildad frente a la codicia del otro lado del paseo. El tesón que da transitar por la vida con honestidad y envejecer en ella con dignidad, frente al bullicio del oportunismo económico cortoplazista.
Enfrente, a pie de grúa, la “burrada”, como definiría al hotel, dos días más tarde, el Consejero de Medio Ambiente del Gobierno de Canarias, José Antonio Valbuena, tras todo el revuelo generado.
Como si de un accidente incomprensible se tratara, dos personas mantienen una conversación sobre el hotel desde la valla. Un mirador con vistas a un sinsentido.
Llegaron por la tarde, al margen de cualquier acto o convocatoria. Llevaban su propio ritmo. Primero estuvieron en el paseo sacándose fotos con sus carteles, el uno al otro, haciendo uso de esa fotogenia que siempre te presta la juventud. Tras la sesión, los colgaron en la valla con la misma meticulosidad con la que los habían diseñado. Me di cuenta de que pertenecían a otra generación de activismo. A ese para el que la imagen en las redes es tanto o más importante que lo que puedas hacer presencialmente.
Los carteles tuvieron mucho éxito. Fueron reproducidos ampliamente en las redes. Incluso hubo quien, cuatro días después, los reutilizó para ir a protestar a la plaza del Ayuntamiento de Granadilla, contra su alcalde, José Domingo Regalado, por su total inacción para parar las obras. El mismo que, sin embargo, sí fue muy diligente en su día, para conceder la licencia, aunque faltasen aspectos importantes en el proyecto, con el fin de tramitarla antes de que Costas hiciese efectiva la paralización, por la revisión del deslinde. O, luego, para pedirle a Costas que no modificase la naturaleza de los terrenos.
SÁBADO, 20 DE JUNIO
El sábado tuvo lugar una gran manifestación alrededor de la zona. Activistas hacían resonar sus proclamas con energía mientras iba llegando gente. A juzgar por su entusiasmo, ni megáfonos hubieran necesitado.
La entrada de la obra, precintada y fuertemente protegida por la Guardia Civil ─indudablemente con más esmero que el espacio natural protegido al que da acceso─ resultaba ya un lugar de referencia. Al otro lado de la cinta, la sociedad civil. Ancianas, jóvenes, madres con sus hijas,… Un torbellino de vida reivindicativa. Gente hasta los topes.
Nuevamente, una estampa ya habitual. Miradas de esperanza o de admiración uniéndose todas en un punto en las alturas.
De las múltiples pancartas que se pudieron ver este y otros días, me quedaría con esta. La más rotunda. Una imagen con una verdad incontestable. Y también con una generación representada en ella, mirando hacia la protesta y hacia un futuro de hormigón. ¿Cómo es posible que ni tan siquiera en estos acuciantes tiempos de pandemia se haya abierto ya un amplio debate sobre hacia dónde vamos con este modelo económico basado en el monocultivo turístico? Al contrario, durante el confinamiento, lo que ocurrió es que se aprovechó para acelerar la construcción del hotel.
Otro aspecto importante en cualquier manifestación es señalar a quienes tienen responsabilidad de lo que ocurre. Las situaciones irregulares suelen tener nombres y apellidos. Tres días más tarde, el diputado Manuel Marrero pediría en el parlamento el cese de Teresa Sánchez Clavero, la responsable de Costas en Santa Cruz de Tenerife, por su “permisividad, pasividad e inacción”. Ya en febrero de este año, los medios se hicieron eco de las “extrañas circunstancias” y equívocos que vienen ocurriendo en Costas en la provincia y siempre favoreciendo la no paralización de las obras.
Mientras me encaramaba a una estructura para sacar fotos desde cierta altura, me encontré con este instante de armonía. Estaba de cara al hotel y a la montaña. De espaldas a la multitud. Como si de un ritual íntimo se tratara.
Desde allí pude ver esta otra escena. Esa valla, desmoronándose por sí sola. Intentando frenar lo irremediable, cual cutre muro de Berlín, que acabará cayendo por su propia inconsistencia.
Y desde arriba me tope también con esta foto. Me llamó la atención la firmeza en la expresión de su protagonista, y la sencillez de un mensaje crucial, que debe tenerse bien claro. Pese a que, aún durante esos días, hubiera quien lo negase en barra de tertulia televisiva. El hotel es ilegal. Y por ello, días después, se paró. Por ello, desde el punto de vista técnico. Por la presión social que empujó a cumplir la ley, desde el punto de vista de la triste realidad en la que vivimos.
Los manifestantes empiezaban a bajar al paseo. Las líneas de la valla, deformadas hasta lo inverosímil, generan un marco con el que acotar metafóricamente el conflicto entre la naturaleza, la obra y la protesta.
Una manifestante posa con naturalidad contra las obras. Detrás, un grafitti las relaciona con el 3%, cifra simbólica de la corrupción.
Estuvo allí desde el día uno, siempre con su saxofón. Y, aunque probablemente le acompañase desde el principio, solo hoy supe ver en él su mirada trascendente, su homenaje sincero a los que estaban en las alturas.
Hoy pude ver esa dignidad que a veces la vida o los prejuicios se empeñan en quitarte.
Soplaba en contra un fuerte viento, acompañado de mucha arena. Las formas relajantes de la naturaleza contrastan con el hotel y con todo el revuelo montado a su alrededor.
La manifestación consistía en un “tour turístico” con paradas en cada una de las localizaciones emblemáticas, en las que se informaba a los asistentes de las distintas irregularidades e incumplimientos que rodean la concesión de la licencia y la ejecución de las obras en el espacio natural protegido.
El búnker de la playa sirvió como un improvisado stand informativo desde el que poder oír con interés cosas muy distintas a las cosas que se escuchan en eventos turísticos como FITUR.
Siempre resulta interesante no solo observar a quien habla, sino a quien escucha.
Resulta llamativa la determinación y firmeza tranquila de Rubén Pérez, uno de los portavoces de la Asociación Salvar La Tejita.
Una multitud diversa, unida por una causa, caminando en una misma dirección.
Una joven abandona el recorrido momentáneamente para posar con su pancarta con la montaña Roja al fondo.
Tras las formas de la gente y la arena, emergen las del hotel, en todo su horror.
Costas y su dejadez por hacer cumplir la ley, el Ministerio, la licencia apresurada del Ayuntamiento, el gobierno de Canarias, informes, proyectos, deslindes,…. Detrás de todas esas ramas de un bosque de aspectos técnicos y actores de reparto, hay una voluntad social bien simple.
Micrófono en mano, portavoces de la Asociación Salvar La Tejita explican con vehemencia a los participantes, de la forma más gráfica posible, todas las irregularidades de la obra.
La multitud avanza rodeando los terrenos en discordia.
Dudé si publicar esta foto. Visualmente me parecía potente, pero su mensaje, exageradamente desgarrador. De un pesimismo casi cínico. Pase lo que pase, creo que las causas justas siempre tienen sentido, aunque se pierdan. Aunque solo fuese por aquello de mejor morir de pie que vivir arrodillado. Los males de la especulación urbanística, o de la codicia en general, siempre crearán villanos. Combatirlos nunca será fácil. La protesta social crea una potente caja de resonancia de la conciencia que a ellos les falta. Luchando se consigue que su camino no sea de rosas. Se logra que sufran, que no duerman, que no tengan una vida tranquila, que tengan que huir suplicando aforamientos. Incluso, en ocasiones, que puedan acabar a la cárcel, durmiendo bajo muros de hormigón parecidos a los que ayudaron a construir. Eso ya es mucho.
En lo alto de la grúa, se distinguía una figura icónica, de cierta fragilidad, a juzgar por la apariencia, pero de una extrema fortaleza, atendiendo a los hechos. Levantando su puño en respuesta a los vítores de los manifestantes.
Este otro eslogan, coreado con frecuencia por los manifestantes, podría parecer radical o incluso de tintes violentos. Sin embargo, sin alejarse un ápice de su sentido más literal, la dinamita es el ingrediente básico en cualquier demolición.
Durante la concentración al término de la marcha, se cantó la canción que hace unos días había interpretado y popularizado en las redes activista desde la propia grúa, “La Tejita no nos la quitan”. Un momento cargado de emoción.
Fuerza y honor.
De vuelta a la zona base, el importante despliegue policial seguía custodiando la entrada de la obra. La cinta con el rótulo “No pasar”, que cruzaba toda la calle de lado a lado, resultaba una metáfora de tantos imperativos legales que están ahí y se incumplen. Todo aquel viandante o manifestante que quisiera ir a la playa, o a la “zona cero” de las protestas, siguiendo indicaciones de la autoridad, tenía, de hecho, que levantarla y ‘pasar’, utilizando para ello la acera más alejada.
Ese cordón policial resultaba en ocasiones casi irrisorio, como parte del escenario de una teatralización forzada. Recuerda más a las cintas que en ocasiones usan los políticos para inaugurar obras, o, por el otro lado, a las que se ponen en la línea de meta de las carreras. Desde luego, nada verdaderamente capaz de neutralizar la energía de las protestas.
Cada vez que acudían los bomberos, lo hacían rodeados de un enorme revuelo y expectación. Resultaba espectacular verlos en acción.
Una vez más, durante la espera de la llegada de los bomberos, rostros de gratitud, admiración y preocupación por quienes habitaban las grúas.
Entre los emotivos momentos que arrojaba siempre la llegada de ayuda, en esta jornada me pareció entrañable con este abrazo entre quienes contemplan cómo ocurre todo en la lejana altura.
LUNES, 22 DE JUNIO
Efectivamente, allí estaban, los obreros del grupo Viqueira levantando una valla alrededor de la base de la grúa, en donde también me habían dicho que días atrás habían cavado una zanja. “Ya solo falta que echen cocodrilos”, dijo en broma alguien.
Desconociendo si lo harían para evitar que subiese alguien más, o para impedir que pudiese escapar el chico que se encontraba arriba, todo el mundo cuestionaba la legalidad de enjaular a alguien contra su voluntad.
Mientras, en la obra, por encima de un tablón, un obrero camina sin casco.
Por la tarde, otra emotiva escena. Un joven reproduce desde su móvil la canción “La Tejita no nos la quitan” para que la oiga la activista que la cantó y difundió días atrás desde su grúa.
Alguien dejó, estratégicamente colocada, al lado de la valla, esta original pancarta autoreferencial. Esa misma tarde, desde el Ministerio de Transición Ecológica, responsable de Costas, se emitió una nota informativa que anunciaba la paralización cautelar del hotel. Lo que podría haber sido una buena noticia, quedó en la cuarentena de la cautela y la desconfianza. Habría que ver cómo, quién y cuando la materializaría. Además, el Ministerio advertía que solo falta un informe para decisión final sobre los terrenos en revisión. De forma que se dibujan en el horizonte dos posibles escenarios: un recorte de 20 metros de la parcela, con poca incidencia para el proyecto, o bien de 100, lo cual implicaría la total inviabilidad del hotel.
MIÉRCOLES, 24 DE JUNIO
Dos días después, y pese al anuncio del Ministerio, las máquinas seguían trabajando destajo. La constructora repetía la acción, vallando ahora la base de la grúa en la que se encontraba la chica. De poco le iba a servir tanto esfuerzo, visto el desenlace de los días venideros, salvo para dejar bien retratadas para la posteridad sus intenciones.
Por la noche, tuvo lugar una impresionante intervención en el hotel a manos del cineasta independiente Miguel G. Morales, mediante la proyección de fragmentos de su documental “Taro, el eco de Manrique”.
Ver proyectado a Manrique sobre el cemento de la obra parece un espejismo. Algo mágico. Como si por un momento volviese a la vida para retomar una de sus más fervientes causas: su batalla visionaria contra la “panda de burros” corruptos que gobiernan y destrozan con su especulación el ecosistema de Canarias. Siento que ese pequeño homenaje hace un poco de justicia a un genio al que, en general, tan poco caso se le hizo en las islas.
SÁBADO, 27 DE JUNIO
Hay días que no se olvidan. Inicialmente se había anunciado para el lunes. Pero, tras negociaciones y comprobaciones de que la paralización cautelar del hotel se llevaría a cabo, los activistas bajarían hoy. Sin ser detenidos.
En el ambiente había una mezcla de incertidumbre, nerviosismo y alegría.
Hoy sería el último día para contemplar en vivo estas icónicas imágenes de lucha en las alturas, de instantes que quedarían para siempre en el recuerdo colectivo de la lucha a favor del patrimonio natural.
Ese espacio tan impersonal: una obra, una valla, un aparcamiento,… había cobrado una significado humano difícil de explicar. Un escenario simbólico, un fragmento episódico en una batalla gigante, global, sin fronteras, entre la codicia y el apego a la tierra. Un lugar con su pequeño hueco en la historia.
A pie de grúa, como venía siendo habitual, se dieron cita diferentes formas y condiciones de vivir y entender la vida desde el respeto al medio ambiente.
Llegaron los bomberos y subieron a la grúa azul, y amarilla, donde estaba ella. Por última vez. Ante la antena mirada de todos, también de su compañero de alturas, desde la otra grúa.
No puedo saber qué se le pasó realmente por la cabeza a la activista en el momento de tomar esta fotografía. Pero juraría que miró a la grúa con la nostalgia cómplice de las despedidas. Quién sabe si en esos 12 días, y sus 10 largas noches, se forjó un vínculo con aquel extraño lugar, el cual, para tanta gente, se habría convertido en un poderoso y potente referente de lucha.
Su descenso fue emocionante. Me hubiera encantado ver las caras de la gente en aquel momento, pero tendré que imaginármelas. Era imposible dejar de mirar hacia ella. El color amarillo de la grúa era ya ella misma.
Y descendió del cielo, para mezclarse con los amasijos de hierro y cemento.
Al carecer de pase de prensa, no pude sino contemplar su llegada desde donde estaban todos los allí concentrados, tras el cordón policial. La expectación era máxima. Su figura, pequeña y algo frágil, seguía hoy generando ese ya habitual contraste frente al tamaño y fortaleza de sus actos. Quizás tantos días allí arriba hubieran hecho mella en su estado de salud.
Luego, todo ocurrió muy rápido. Esta es una de las primeras imágenes que captó mi cámara. Representa bien el momento. Emoción. Aplausos y agradecimientos a no sabes muy bien quién. Antes de verla, notas que ya se acerca, por el tumulto que la rodea.
Un momento conmovedor para todos, de esos en los que las palabras no llegan tan rápido como las emociones.
Fue recibida como una heroína. De hecho, el fervor era tal que no hubo manera de que pudiera cruzar entre la multitud. Quienes la acompañaban tuvieron que buscar un camino alternativo.
Y ahora faltaba él.
La hazaña épica llevaba a su fin. Era hora de abandonar la tambaleante pero domesticada grúa roja, y blanca.
Durante los momentos de espera, presencié esta escena. Inicialmente, no me atreví a publicarla. Nunca había captado una fotografía en la que me sintiera tan participe de unas emociones tan íntimas. Me parecía una intromisión a la que no tenía derecho. Solo después de localizar a una de sus protagonistas, y obtener su consentimiento, decidí a hacerlo. Creo que transmite lo que muchos sentimos estando allí hasta el final.
Él lo hizo por su propio pie. Su bajada fue mucho más discreta. Casi tanto que me la pierdo si no llegan a avisarme. Una sombra descendiendo entre hierros.
Me gusta esta imagen porque creo ver trazos de la complicidad que hubo en esos bomberos anónimos que fueron a recogerlo a pie de grúa y los atendieron estos días. Capta más que un mero instante. Es la imagen de cómo acaba esta batalla. Frente a ella, los que, cabe sospechar, hubieran deseado verlos esposados y detenidos. O la constructora, que ha pedido prisión para ambos.
En este mundo al revés, en el que vivimos, todos somos conscientes, en menor o mayor medida, cada cual desde su posición, de que ellos han sido los Robin Hood necesarios para hacer cumplir la ley; de que la ética estaba de su lado.
El público no quitaba ojo a los movimientos del chico hacia el interior de la ambulancia. Ya nunca las miradas volverían a las grúas.
Si hay algo que me llamó poderosamente la atención en él, fue su vigor impecable. Como si saliera de su casa, listo para dar una vuelta. Con su energía intacta. Como si no hubiese estado 12 días viviendo y durmiendo en lo alto de un páramo con textura de metal.
Su camino hacia un lugar en el que cobijarse estuvo repleto de saludos, ovaciones, fotografías y miradas curiosas. En esta foto, una vecina lo contempla con la expectación de quien observa a una estrella famosa.
Por primera vez, las miradas se dieron la vuelta. Ya nadie miraba hacia las grúas. Apuntaban hacia el nuevo paradero de los activistas, unos apartamentos cercanos en los que se habían refugiado.
Al poco, las obras perdieron el interés de todos los que a su alrededor se habían estado reuniendo. Quedaron abandonadas. Este cartel, con toda su ironía, parecía poner punto y final al esperpento de cemento y verjas oxidadas. Un cuadro a la altura estética de las circunstancias. Entre tanto, ese niño, trepando como si estuviera en un parque infantil, hace pensar en un futuro que ojalá nunca llegue a materializarse.
Abajo, en el paseo, tuvo lugar un espléndido y acogedor concierto organizando por el grupo de apoyo en el que intervinieron numerosos músicos canarios. Fue un colofón en el que se podía sentir la alegría en las caras de todo el mundo.
Diferentes estilos musicales consiguieron emocionar a los presentes.
Mientras, entre canciones, las grúas empezaban, poco a poco, a quedar ya en un segundo plano.
Aunque aún humeaban el calor de la presencia humana que las había habitado hasta hace escasas horas.
Los activistas irrumpieron en el concierto. Tras días entornando los ojos para intentar conocer sus identidades en la lejanía de las grúas, ahora había que frotárselos: Costaba creer el tenerlos tan cerca, tan de carne y hueso. Con toda una historia que contar a sus espaldas. “Esto no se acaba aquí, esto acaba de empezar”, advirtieron, haciendo extensiva su lucha a cada rincón y a cada obra ilegal de las islas.
En uno de esos momentos que a veces te regala la luz, sus caras mostraron una mirada que trascendía lo inmediato. Como si, por un momento, intuyesen, con cierta sensación de vértigo, la relevancia y la huella que habrá dejado su acción en la historia de la lucha medioambientalista de Canarias.
La actuación de Arístides Moreno fue especial. Las obras habían cesado. Los activistas habían bajado con su gente. La constructora parecía colapsar, ahogándose en argumentos de mal perdedor: lo mejor que se le ocurría ya para su defensa eran insultos, llamando “delincuentes y demagogos” a los ecologistas, incluso, poco después, acusando también a Costas de “actuar de modo ilegal cediendo a las presiones de delincuentes”. Oír en boca de Arístides, entre sus dosis de humor, el tema “Felicidad”, fue prender la mecha de una alegría compartida, la de ver como, en esta ocasión, no ganaron los de siempre.
Aunque con cautela, ya que falta por llegar el dictamen de Costas para saber qué pasará realmente con el hotel, el aire que se respiraba era el de la victoria.
Y también, por supuesto, aire de fiesta, con el que cerrar un día épico.
Para concluir esta historia, volveré a una escena que ocurrió antes de bajar al concierto. Una postal que parece el material fotográfico de un meme grotesco. «¿Alguien conoce a algún turista, del lugar que sea, que cuando viene a visitar nuestras islas les diga: “Llévenme de tour para ver cemento”?» preguntó en una ocasión una activista de Salvar La Tejita.
La inercia a trocear el territorio para especular con él estará siempre ahí. Pero en Las Teresitas no se edificó. Quienes lo intentaron, duermen en prisión. Se evitó el tendido eléctrico el Vilaflor. Se salvó Tindaya. Se salvó Agaete. El futuro no está escrito. Ojalá salvemos La Tejita. Quizás hayan hecho bien las mujeres de la foto, concienciadas con la causa, en inmortalizarse con las obras del hotel, antes de que caiga, demolido. Un recuerdo inolvidable. Para los unos y los otros. Los que intentaron construirlo y los que trataron de evitarlo. Un aviso a navegantes de los mares de hormigón. Quizás sea bueno haber inmortalizado en imágenes todos esos momentos fugaces que un día ocurrieron en esos terrenos para que perduren en el recuerdo.
Ojalá los dos activistas de las grúas pasen a la historia también por haber sido las únicas personas que hayan hecho noche en ese hotel».
