VICENTE PÉREZ
Treinta años sin César Manrique son muchos años. Una eternidad. Un 25 de septiembre, en 1992, el genial artista lanzaroteño se dejaba la vida en un accidente de tráfico cerca de su casa, hoy sede de la fundación que lleva su nombre, en Tahíche (Arrecife). Se apagaba así, a los 73 años, no sólo una creatividad desbordante en arquitectura, escultura y pintura -que se inspiraba en el paisaje y la tradición popular de su isla- sino una voz que clamó contra los desmanes urbanísticos y la destrucción de la naturaleza. Nos dejó huérfanos de su autoridad moral.
Su entierro hizo que toda la población de pueblo donde había fijado su residencia, Haría, saliera a la calle, silenciosa y entristecida, viendo pasar su féretro, dándole un último adiós con una sensación orfandad que aún hoy el tiempo no ha podido curar.
Sus restos mortales reposan en la tierra del cementerio de Haría, convertido ya en una parte más de la materia de Lanzarote. Su tumba es diferente y humilde: apenas unas piedras volcánicas perimetran su última morada y su cuerpo alimenta una palmera y un cactus, junto a otras plantas, que con el paso de los años han adquirido grandes dimensiones.
“Vivimos tan corto espacio de tiempo sobre este planeta que cada uno de nuestros pasos debe estar encaminado a construir más y más el espacio soñado de la utopía; construyámoslo conjuntamente: es la única manera de hacerlo posible”, escribió el artista conejero.

César Manrique Cabrera nació en 1919 en Puerto Naos, barrio de Arrecife (Lanzarote), hijo de Francisca y Gumersindo. De padre representante de comercio, en el ramo de la alimentación, y abuelo notario. César precedió solo algunos minutos a su hermana gemela Amparo. Tenía otra hermana y hermano, todos los cuales aún viven.
Cursó estudios de Arquitectura Técnica en la Universidad de La Laguna, que a los dos años abandonó. En 1945 se fue Madrid becado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se graduaría como profesor de arte y pintura.
En 1964 marchó a Nueva York, donde estuvo hasta 1966, donde consiguió una beca en el Institute of International Education que patocinaba Nelson Rockefeller, y expuso su obra en la gran urbe. De vuelta a su isla, se propuso realzarla como uno de los lugares más hermosos del planeta, aprovechando sus paisajes extraordinarios entonces poco valorados, pues la belleza turística se identificaba con el verde.
De la mano de su amigo Pepín Ramírez, presidente del Cabildo en esa época, hizo realidad sus principales proyectos públicos de intervención en la naturaleza, los Centros de Arte, Cultura y Turismo, como Los Jameos, la Cueva de los Verdes, la Montaña del Fuego, el Monumento al Campesino y el Mirador de El Río, que señalaron el camino de los atractivos turísticos de la isla, al tiempo que se estableció la obligatoriedad de construir según el patrón y el color de la arquitectura tradicional campesina, lo que dio a Lanzarote una personalidad única, con una dimensión cultural evidente pero también como atractivo para atraer turismo.
En 1986, durante una visita a La Guancha, afirmó que «el medio natural en Canarias está siendo destruido de forma sistemática, dando una impresión tercermundista lamentable». Manrique conocía también el Sur de Tenerife y sus desaciertos urbanísticos, lo cual explica que afirmara que “ese Sur que es una basura, una ordinariez y una catetada: rascacielos ridículos sin rastro de nuestra cultura”.
Ya en 1967 había dicho de Lanzarote que «delante delas narices tenemos infinidad de ejemplos maravillosos y completamente funcionales de arquitectura típica, en donde los durante muchos años aprendieron poco a poco y por una serie de necesidades climatológicas a darle forma adecuada a sus casas, logrando de esta sabia manera una arquitectura de primera categoría». Tal es así que para César las casas campesinas, no solo las de su isla, sino las de todas las islas, merecían estar «entre la mejor y más interesante arquitectura del mundo», y así las incluyó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en una exposición. Tal vez por eso pronunció en aquella visita a Tenerife que «la única manera de competir con Nueva York y Manhathan es una casita campesina que vi en el casco, con un patio canario lleno de poesía y belleza. Quiero que se mentalicen para que restauren sus casas típicas y puedan decir : ¡Vengan, tinerfeños, para que vean amor, estilo, categoría y orden en La Guancha” .
Su emoción más fuerte en su periplo guanchero la vivió en la montaña Cerrogordo, al pie del casco urbano, desde donde se divisa una panorámica del mayor pinar de Canarias, coronado por la mastodóntica figura del Teide, así como gran parte del Norte de Tenerife. Había que ver a esos dos colosos frente a frente: el gran artista y el gran volcán, al que César se unió en un éxtasis místico. “Aquí se podía hacer un mirador único en Canarias, de cristal, como un platillo volante”, dijo, volviendo en sí y dando un giro de 380 grados sobre sí mismo con los brazos. Fue un proyecto que nunca se realizó. Las panorámicas fascinaban a Manrique. Esta fue una de ellas.

«Para mi»; apuntó entonces, «ser ecologista es ser artista, porque una persona que no sea artista es incapaz de comprender el equilibrio y la belleza de la naturaleza, que requiere de una sensibilidad casi biológica». Manrique defendía una arquitectura funcional y bella, características que atribuía a las viviendas tradicionales canarias.
El desprecio por la arquitectura popular (vi su mirada detenida ante una casa campesina abandonada y semiderruida) le daba mucha rabia, y lo vivía casi como una ofensa personal. Y buscaba culpables, porque los había: «Hay una serie de alcaldes en Canarias que son una banda de zoquetes, que sólo piensan en la especulación con nuestro territorio, cultura y estilo”, se lamentaba durante la conversación que mantuvimos, curiosamente sobre un montón de escombros de la construcción. Pero tenía esperanza, la ilusión de que esperaba dejar «una semilla plantada» sobre su pensamiento de armonía entre el hombre y la naturaleza canaria. “Los canarios no sabemos que vivir aquí es un lujo: podríamos ser el paraíso de Europa, pero preferimos rentabilidad a corto plazo, destruyendo el futuro”, remachaba.

Seis años antes del fatal accidente de tráfico que cercenó su vida, el artista dijo una frase profética en La Guancha: “El día que me muera, que no me da la gana morirme, habré dejado una semilla plantada. Hay que luchar mientras uno viva, para dejar un rastro que justifique la existencia”.
Nos enseñó Manrique la fugacidad pero también la maravilla de vivir: «Vivimos tan corto espacio de tiempo sobre este planeta, que cada uno de nuestros pasos debe estar encaminado a construir más y más el espacio soñado de la utopía. Construyámoslo conjuntamente: es la única manera de hacerlo posible». Ahora su espíritu habita negras arenas volcánicas, palmeras y playas de jable.






















































