VICENTE PÉREZ
Un debate organizado por la Demarcación Territorial del Colegio de Geógrafos en Canarias ha puesto de relieve la conveniencia de no solo de conservar, sino de ampliar la superficie de laurisilva en Canarias por preservarla como patrimonio colectivo (natural y cultural) pero también por su importante captación de agua, por la precipitación de niebla, fundamental para recargar acuíferos que luego pueden ser aprovechados por la agricultura.
Para ello, es necesario afrontar la amenazas de esta selva -también llamada monteverde- que es la auténtica joya de la naturaleza canaria. A saber: el cambio climático, los incendios y las especies de flora y fauna introducidas.
El director conservador del Parque Nacional de Garajonay, Ángel Fernández, explicó durante el debate que ha desaparecido el 90% de la superficie de laurisilva original, tras más de cinco siglos de explotación humana del territorio, y que dos tercios de las 6.000-8000 hectáreas que sobreviven en el siglo XXI están en un estado «bastante malo» de conservación, y en torno a un 5% en buen estado, aunque indicó que en el caso de La Gomera, el 70% está bien conservado.
Fernández mostró su preocupación por el cambio climático, pues el aumento de sequías, el descenso de humedad y el aumento de temperaturas son lo contrario de lo que necesita este ecosistema, tan primitivo que es una reliquia de los bosques que existían en la cuenta del Mediterráneo hace 20 millones de años.
Igualmente expresó su inquietud los efectos del fuego «cada vez más devastadores» y por el daño de las cabras asilvestradas, un problema que tachó de «gravísimo» porque «las autoridades, desde los años 90 del siglo pasado, no han actuado» como deberían.
El segundo interviniente en la jornada fue Gustavo Viera, biólogo responsable de la ejecución del programa Post-LIFE Rabiche, quien disertará sobre la recuperación de este bosque en Gran Canaria como oportunidad para mitigar el efecto del cambio climático.
Recordó que la destrucción de este hábitat en Gran Canaria «ha sido prácticamente total y eso ha provocado problemas ambientales muy graves que ahora mismo estamos padeciendo». El Cabildo lleva casi 40 años reforestando, lo que ha permitido el resurgir de algunas masas de laurisilva «maduras» en Teror y Osorio.
Apuntó que la recuperación del monteverde está dificultada por la amalgama de especies exóticas -como zarza o caña- que invaden terrenos de cultivo abandonados y además facilitan la propagación del fuego, por lo que pide adoptar medidas para afrontar estos problemas.
Destacó que el Cabildo de Gran Canaria ha promovido el proyecto Life Nieblas, que acaba de ponerse en marcha, para recuperar zonas quemadas por los últimos incendios, que son zonas potenciales del monteverde.
«Hay que recuperar estos hábitata y los ciclos del agua, porque la laurisilva es fundamental si queremos tener agua para la agricultura en las islas», recomendó, ya que, a su juicio, «el ciclo del agua lo hemos cercenado totalmente y hay que volver a gestionar el territorio para tener de nuevo esas esponjas que minimicen la pérdida de suelo y la merma de infiltración de aguas en los acuíferos».
La tercera interviniente, María Eugenia Arocena, profesora jubilada de Geografía e Historia de la Universidad de La Laguna, expulso «lo que nos revela el paisaje de la laurisilva. «Hay que aprender a leer el paisaje», dijo, «porque se sabe bastante de su biota, de su suelo, poco poco del paisaje, que no solo es una panorámica con valores estéticos, sino un archivo histórico que nos narra todos los acontecimientos ocurridos en un lugar».
Destacó que la mayor parte de la superficie ocupada hoy por la laurisilva corresponde a paisajes heredados de antiguos aprovechamientos forestales, agrícolas y ganaderos, que han dejado su huella en el paisaje.
«El impacto más evidente», observó, «es el del carboneo, porque se mantuvo durante más tiempo; fue importante en Anaga durante el siglo XIX y bien avanzado el XX, debido a la demanda de combustible de Santa Cruz y La Laguna»
De ahí que los ejemplares del tejo aparezcan en este bosque con forma de arbusto porque fueron repetidamente talados y rebrotados.
Perdidos esos usos, constata que «desde hace unas décadas se ha manifestado una clara tendencia a la recuperación del monteverde».
En cuanto al pastoreo, apuntó que es fácil reconocer en el paisaje su huella, pues se refleja en que bosques de árboles antiguos tienen pocas ramas por el ramoneo del ganado.
En cambio, indicó, la huella de la agricultura en este bosque es más difícil de interpretar, pero quedan abundantes restos de muros de piedra seca en antiguos bancales, acequias y atarjeas dentro de la laurisilva.
Pese a la intensa explotación antaño de este ecosistema, reseñó la geógrafa, «los bosques en lugares más inaccesibles pervivieron, porque además estaban protegidos por normativas insulares en los siglos XVI y XVII».
