Félix, ingeniero agrícola: «Si no se cultivan o limpian las tierras abandonadas, se acabará quemando toda Gran Canaria»

Lleva toda la vida dedicado a la ingeniería del sector primario y es agricultor. Asegura que es el momento de que todos, políticos y propietarios de parcelas actúen con "responsabilidad" para que se tomen las mínimas medidas preventivas, que no pasan por dejar los campos como están, llenos de maleza

VICENTE PÉREZ

Los incendios que quemaron unas 10.000 hectáreas este agosto en Gran Canaria han puesto de relieve el problema del abandono de las antiguas fincas agrícolas, colonizadas ahora por una vegetación, en gran parte maleza (zarzarles, cañaverales…) que es altamente combustible en caso de que se prenda fuego (o le prendan fuego, a veces de forma intencionada, otras accidental).

«Si por el norte se produce un nuevo fuego, con viento y humedad baja, esto es imparable, está todo lleno de vegetación en tierras agrarias abandonas, así que es inviable apagarlos», afirma Felipe Henríquez JIménez, un ingeniero forestal que vive en el municipio grancanario de San Mateo, que vive en Pinto Santo, Lomo Carrión, donde ha ido creando una finca agraria que cuida con esmero, pero sin demasiadas esperanzas de sacarle rentabilidad, a pesar de sus conocimientos y de su pundonor.

Este experto en ingeniería aplicada a la agricultura considera que los grandes incendios en Gran Canaria son la crónica de una desgracia anunciada, y considera que «es el momento de que los políticos sean responsables, y se atrevan a obligar a limpiar las tierras abandonadas, de modo que prime la seguridad antes que los votos, y el mantenimiento de la isla, para prevenir que el fuego lo queme todo».

Henríquez habla con pasión pero también con emoción, porque para él el mundo agrario, sus sinsabores pero también sus retos y sus momentos de satisfacción, lo han sido todo en su vida. «Me duele haya tantas tierras abandonadas, y que haya jóvenes buscando tierras para alquilar y no las encuentren, porque la gente piensa que si las arrienda no las recuperan», asevera este hombre que no quiere ir a ver la zona quemada en agosto: «A lo mejor iré cuando empiece a llover, porque si voy ahora me voy a poner malo y de mal humor».

Lamenta este grancanario de San Mateo que no se obligue a limpiar y arar las parcelas agrarias antes de cada verano, aunque entiende que se trata no ya de un deber legal sino de «una obligación moral» de los propietarios con su isla y por seguridad.

A su juicio, en este momento, tras uno incendios que obligaron a desalojar a más de 10.000 personas de ocho municipios en agosto, «la gente entendería que se les obligara a limpiar los terrenos, máxime cuando además hay casas abandonadas llenas de vegetación a su alrededor».

A ello podría contribuir el uso controlado del pastoreo, a mayor escala que lo que hace ahora el Cabildo grancanario, pues en su propia finca hay una parte que ha limpiado de esta manera. Una práctica, aclara, que no tiene por qué dañar flora autóctona protegida.

Desde su punto de vista, alarmado como está por el abandono del campo y sus consecuencias, «la verdadera prevención es limpiar las tierras, que siempre será más barato que otras medidas cuando ya se produce un incendio; de manera que lo principal no puede ser el debate de su ponemos más helicópteros kamov aquí o una base de hidroaviones, porque eso no sirve para nada a veces, ya que un hidroavión en un barranco de estos tampoco hace mucho».

«Podría haber ardido toda la isla con viento, baja humedad y altas temperaturas; tenemos que cambiar de planteamiento, y prevenir: limpiando las tierras abandonadas», insiste, con una machaconería propia de quien lleva años viendo venir la desgracia del monte.

Su apuesta es la del sector agrario, pero advierte del «abandono generalizado de la agricultura por cuestiones económicas, porque es muy sacrificado, porque con las grandes superficies comerciales la rentabilidad del sector ha bajado mucho, porque no hay protección específica de los agricultores en Canarias». Y ello, subraya, «que la agricultura hace paisaje, mueve otras actividades, como los abonos, el transporte, las ferreterías…».

Hace una inflexión, mientras mira los terrenos que ha ido preparando con indisimulada vocación irreprimible, y vuelve a elevar la voz con enfado: «Claro, eso pasa porque ahora todo viene de fuera».

Ante su finca de aguacateros y otros cultivos, que, asegura, no le es rentable, explica que está ideando un método ecológico para evitar el esfuerzo y el tiempo de limpiar la hierba tres veces al año en su finca: soltar gallinas ponedoras en su propiedad, con unas mallas metálicas alrededor del tronco de los árboles frutales para preservar que estos animales no dañen la plantación, de modo que se alimenten de las semillas y la hierba, con lo que no tendría que arrancarla el agricultor.

«Yo hago esto para preservar mi salud y también con mis cultivos estoy luchando contra los incendios, porque donde hay una zona cultivada no avanza el fuego», apostilla, con orgullo. Y a la vez se queja de que haya tanta gente irresponsable: «Esto es una cuestión de responsabilidad: quien tiene un terreno debe mantenerlo limpio; y no es admisible que por culpa de quien no asuma esta responsabilidad se queme otro terreno, otra casa, y como esto siga así la isla entera»-

Para incentivar que haya gente que se dedique al campo, cree preciso un régimen fiscal específico y con más ayudas a la comercialización, porque denuncia que «lasque grandes superficies funcionan como monopolios que compran las lechugas al agricultor por 15 céntimos y luego la vente por a 1,30 euros, es decir, multiplicando por 7 el precio pagado al productor».

PLANETA CANARIO deja a Félix en su finca, donde tiene un auténtico museo de viejos utensilios agrícolas. El suyo es un caso de gran amor por la agricultura, en la que encuentra muchas satisfacciones personales, aunque muy poco dinero. Pero es consciente del papel que tiene en una isla para su autoabastecimiento -una utopía ya- y la protección del paisaje frente al peligroso monstruo del fuego.

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