NOELIA CAPOTE (PSICÓLOGA)
Muchas personas creen que los psicólogos estamos para ayudar a que la gente sea feliz. Nada más lejos de la realidad. De hecho, a veces tenemos que hacer justo lo contrario, a veces debemos provocar dolor en algunos pacientes. Ahora mismo imagino a algún que otro lector volviendo a empezar este párrafo pensando que lo ha entendido mal. No, tranquilo, ni te has equivocado ni hay ninguna doble negación que te hayas saltado; es justamente lo que has entendido.
Después de leer este ejemplo comprenderás perfectamente a qué me refiero. Imagina una joven de 22 años que viene a consulta porque ha perdido a toda su familia en un accidente de tráfico hace 2 meses. En el coche viajaban sus padres, su abuela y su hermano pequeño. ¿Crees que sería lógico pretender que esa joven se sintiera bien en ese momento? No solo no sería lógico, sino que sería incluso contraproducente que no sufriera. Su mente debe sentir dolor, sufrimiento, tristeza y ansiedad para así, poder recuperarse a medio plazo. Nuestra labor en ese momento es preocuparnos de que “sufra” de manera saludable, de que asimile lo que ha pasado para que su mente pueda elaborar el duelo correctamente.
Por supuesto que los psicólogos a veces ayudamos a que la gente se sienta bien, pero no somos unos “proporcionadores de felicidad”. Y no lo somos, por la sencilla razón de que a veces, desgraciadamente, no se puede sentir bienestar ni se puede estar feliz. Si toda tu familia muere es lógico estar triste, si pierdes tu trabajo es lógico estar preocupado, si tu hijo adolescente te insulta es lógico sentirte ofendido…
En algún momento nos hemos olvidado de que el sufrimiento es parte de la vida, y de que tener una vida totalmente libre de dolor, es imposible. No queremos sentir emociones negativas, solo queremos sentir felicidad y placer, y durante el mayor tiempo posible. Las emociones negativas en general, y el miedo en particular, han tenido muy mala prensa en los últimos años. El mensaje era que había que deshacerse de ellos rápidamente, sacárselos de encima, había que estar positivo y optimista por encima de cualquier cosa.
Quizás por haber vivido en una época de bonanza o porque no hemos experimentado grandes sufrimientos y no tenemos buenas defensas ante ellos, la realidad es que parece que toleramos peor el dolor que nuestros abuelos y a veces nos vemos desbordados por situaciones ante las que ellos se reirían.
En la era del buenrollismo, tener miedo no está de moda. Está de moda la ilusión, la motivación, la confianza, el “tú puedes con todo”, las buenas vibraciones… Esta edulcoración de la realidad puede ser peligrosa, sobre todo si las gafas de color de rosa nos las ponemos para admirar paisajes potencialmente nocivos para nosotros, ante los que deberíamos no solo quitarnos esas gafas, sino ir con los ojos bien abiertos.
Ante el final de la cuarentena: el equilibrio necesario
La esperada vuelta a la normalidad que se producirá en estos días es un excelente caso práctico de lo que estamos hablando. La red está inundada de mensajes positivos diciéndonos que todo irá bien, contando los minutos para volver a abrazarnos, para recuperar nuestra vida, para que todo vuelva a ser como antes… en definitiva, para regresar como por arte de magia al momento anterior a la cuarentena.
Al final, como en casi todo en esta vida, los extremos no son buenos. Pensar que todo irá bien, que es imposible que nos enfermemos, que todo esto se ha acabado y que ha sido un mal sueño nos traerá problemas. De la misma manera, vivir constantemente con miedo a salir a la calle y obsesionarnos con ser contagiados tampoco es saludable. Las escalas de grises y los puntos intermedios casi siempre son caballos ganadores. ¿Qué sería lo saludable psicológicamente hablando en esta situación? Conseguir un equilibrio entre las dos posturas: ser realista y tener claro que la situación no será fácil, pero no dejar que esto condicione nuestra estabilidad emocional.
Esa mala prensa que tiene el miedo como decíamos está totalmente injustificada. Como dijo Jean Delumeau en su ensayo El miedo en Occidente: este es “inherente a nuestra naturaleza, es una muralla esencial, una garantía contra los peligros, un reflejo indispensable que permite al organismo escapar provisionalmente a la muerte”. Es nuestro instinto de supervivencia, que lleva milenios con nosotros. Gracias entre otras cosas al miedo, hemos sobrevivido como especie y hemos llegado hasta aquí.
La función del miedo en nuestra vida
Si hace miles de años un depredador nos perseguía, el miedo que desarrollamos al escuchar sus pisadas seguramente nos libró de él más de una vez. En el 2020 ya no nos persiguen depredadores, pero el miedo sigue ahí, cumpliendo su función de salvarnos del peligro. Un niño de 1 año no nace con miedo a los enchufes, pero lo desarrollará a partir del día que meta por primera vez uno de sus deditos en uno. Quizás un conductor no tenga miedo a una carretera mojada, pero probablemente en el futuro le tendrá mucho respeto si un día de lluvia tiene un accidente. Hay infinidad de ejemplos de cómo el miedo se encarga de prepararnos para reaccionar ante el peligro. Durante esta salida de la cuarentena, podrás ver muchos de esos ejemplos.
Es lógico que queramos que todo vuelva a la normalidad. Pero debemos ser conscientes de que esa normalidad, tal como la conocíamos, no volverá inmediatamente. Mientras ese momento llegue, tendremos que adaptarnos a una nueva forma de vida, en la que nuestro día a día va a cambiar necesariamente. Tener una pequeña dosis de miedo o precaución, lejos de ser un lastre, va a ayudarnos a ser más precavidos, a cuidarnos más, y a minimizar las probabilidades de contagiarnos o contagiar a los demás. Esa pequeña dosis de miedo será nuestro escudo, nos ayudará a protegernos y a motivarnos para cumplir las nuevas normas de seguridad y convivencia que vendrán.
Asumir que las cosas han cambiado
No se trata en absoluto de ser pesimistas. Se trata de ser conscientes. Conscientes de que comienza una época en la que muchas cosas cambiarán. Cambiará nuestra manera de relacionarnos (surgirán patrones sociales nuevos), cambiará la forma en la que nos divertimos, cambiará nuestra organización diaria, tendremos que ser más previsores porque todo será más lento (colas para acceder a tiendas, limitación de aforos, citas previas para acceder a servicios…), y quién sabe, quizás hasta cambie la forma en la que nos enamoramos.
Si asumimos que la vuelta a la normalidad tal y como la conocíamos será progresiva, amortiguaremos mucho mejor el estrés de los próximos meses. En cambio, si nos enfrentamos a esta fase con expectativas distorsionadas de la realidad (pensando que todo ha terminado y que podremos hacer vida normal), casi con toda seguridad acabaremos frustrados y estresados.
El ser humano tiene una tremenda capacidad de adaptación, nuestra mente está preparada para recuperarse del dolor y adaptarse a las novedades. El único precio que nos hace pagar a cambio, es una cierta dosis de malestar. Aceptémosla, no es un precio tan alto si con él conseguimos salir reforzados.
