VICENTE PÉREZ
La voz de Aurelio, pescador de La Restinga, era siempre silenciosa. Desde que nació fue así y tampoco le llegaban los sonidos del mundo. Pero con sus gestos se hacía oír y entender, y con su mirada y su sonrisa frente al mar era más elocuente que quienes pueden usar el habla articulada. Era una de esas personas que a fuerza de estar en un paisaje y de ser hospitalaria con los demás se convierte en un personaje imprescindible, tanto como un volcán o un acantilado.
Él lo era en el pueblo costero de La Restinga, en El Hierro, donde se le podía ver a la vera del mar, pescando, con la caña empuñada y gesto feliz. Aurelio Abreu ha fallecido, ya nonagenario, en Tenerife, una noticia que ha causado conmoción en El Hierro y en muchos visitantes de la isla que lo consideraban inseparable de este entrañable lugar, turístico y pesquero, de la Isla.
Allí lo encontré, como periodista, el 2 de octubre de 2011, cuando la tierra se movía bajo nuestros pies y se esperaba que un volcán entrara en erupción de un momento a otro. Me acerqué a él, que estaba de espaldas a La Restinga, tras su pesca habitual y limpiando unos peces con aletas encarnadas, llamados alfonsiños. Lo llamé y no me respondió. Un amigo que seguía la escena me previno a lo lejos: «No te escuchará, Aurelio es sordomudo, pero cuando te vea ya verás qué bien se van a entender».
Me adelanté, me puse en su campo de visión y le dije que era periodista, mostrándole un periódico con una noticia que llevaba mi firma. Entonces sonrió, y esa amabilidad del viejo lobo de mar fue como hallar un refugio de calma en medio de aquel temporal interior que vivía la población herreña, atemorizada por un diablo en las entrañas de la isla que no se sabía bien por dónde iba a salir.
Aquella entrevista, cuando Aurelio tenía 84 años, solo tuvo de fondo el sonido del mar en nuestros pies, doblemente calmado en el interior del puerto de La Restinga, ya que por allí está el famoso Mar de las Calmas, por el abrigo que da esa parte de la isla ante las corrientes oceánicas del nordeste.
Señalando al cráter que está cerca del pueblo, le pregunté si tenía miedo a los volcanes, y me respondió que no. Entonces le hice la misma pregunta pero sobre los terremotos, y también contestó que no, que sabía que había temblores porque veía moverse el televisor en su casa.
Aquellas noches muchos sismos habían perturbado el sueño herreño. Pero su respuesta no se quedó ahí: juntó sus manos morenas de curtido pescador, formando casi un peje imaginario, se las llevó a la cara, acunó su mejilla sobre ellas y cerró los ojos. Me confesaba así que dormía bien por las noches, a pesar de las sacudidas de la isla que tenían a todo el mundo sobresaltado en El Hierro.
Para él, la realidad fue silenciosa; no hubiera podido escuchar el rugido de un volcán (poco después surgiría no muy lejos de allí, submarino) ni comentar su asombro con palabras sonoras. El mar era para él azul, movimiento, fuente de vida, aunque no hubiera conocido nunca el rumor de las olas en las altas rompientes herreñas. Pero allí había un mar casi insonoro, el Mar de las Calmas, donde el silencio era también la voz del agua, como la de este pescador.
Aurelio era un malabarista de las cuerdas, hizo en aquella ocasión prodigiosos nudos marineros, digitando en el aire con sus manos igual que peces voladores, y trenzando dos liñas que se sacó del bolsillo, con las que elaboraba unas sencillas, pero hermosas, pulseritas artesanales.
Posó para las fotos de la entrevista sin tener que demudar la expresión, porque su cara siempre era amable. Se le veía dichoso junto al mar, como viejos camaradas de toda la vida. Su hijo heredó sus enseñanzas marineras. Con él hará el último viaje, desde Tenerife, donde falleció, para ser enterrado en el cementerio de El Pinar.
Como todas las buenas personas, seguirá vivo en el recuerdo de quienes lo conocieron, ese Cielo del cariño por los que se van, pero en realidad se quedan en una ola que estalla en las rocas del volcán, una barca que navega, una caña que pesca, el sibilante alisio entre los cráteres, las sabinas o las tabaibas. Para el viejo pescador, llegó el final de su singladura.
