PLANETA CANARIO
Santa Cruz de Tenerife conmemoró este 25 de julio el 223 aniversario de su histórica victoria, con milicias, sobre la poderosa armada británica al mando del legendario Horacio Nelson, que capituló y fue despedido sin un brazo y con honores, al punto de que hoy en día tiene una calle en la ciudad. La pandemia del coronavirus ha impedido este año celebrar esta efeméride con la recreación de los principales lances de aquella batalla.
El espectáculo en esta ocasión quedó reducido al disparo de salvas de fusilería y cañones en el Museo de Almeyda por parte de la Asociación Histórico-Cultural Gesta del 25 de Julio de 1797
El acto central fue una misa en la parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, presidida por el obispo, Bernardo Álvarez. Al finalizar la función religiosa se rindió homenaje a la figura del general Antonio Gutiérrez, que estuvo al mando de las fuerzas tinerfeñas que derrotaron a Nelson, depositando una corona de flores sobre su tumba, en una jornada en la que la ciudad celebra el día de Santiago Apóstol.
Precisamente, la victoria sobre el contralmirante británico, el 25 de Julio de 1797, le mereció a Santa Cruz el título de Muy Leal, Muy Noble e Invicta Villa, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago, convirtiéndose desde ese momento en patrono de la capital chicharrera.
El acto religioso contó con la presencia del alcalde, José Manuel Bermúdez, que estuvo acompañado por concejales del Ayuntamiento de Santa Cruz, así como con una destacada representación de personalidades militares, entre las que destacó la presencia del Comandante Militar de Tenerife, general de brigada Juan Armisen Bobo; además de políticas y civiles en una ceremonia con restricciones de aforo para ajustarse a los protocolos de seguridad e higiene debidos a la pandemia de la COVID-19.
Las últimas horas de la batalla, aquel 25 de julio
El cronista oficial de la capital tinerfeña, José Manuel Ledesma, recuerda así los últimos lances de la batalla, aquel 25 de julio de 1797: » Al amanecer, desde el campanario del convento comenzaron a enviar señales a sus barcos en petición de ayuda, al tiempo que conminaban al general Gutiérrez a que le entregara la plaza, bajo la amenaza de incendiar la población, a lo que Gutiérrez hizo oídos sordos. Entretanto, el teniente Grandy había vuelto a poner en servicio la batería del muelle; de manera que, una hora más tarde, cuando 15 botes repletos de marinos ingleses se dirigía hacia allí, con la intención de ayudar a los compañeros que se encontraban en el Convento, los cañones abrieron fuego contra ellos, hundiendo a varias lanchas, por lo que regresaron a sus barcos. A las siete de la mañana, cuando el desánimo cundió en las tropas inglesas, solicitaron parlamentar; para ello, el comandante Samuel Hood es conducido con los ojos vendados al castillo de San Cristóbal, donde aún se atreve a exigirle al general Gutiérrez que se rindiera; el cual, desiste de su actitud y accede a capitular ante la firme contestación recibida: “Aún le quedan a la plaza hombres y pólvora para su defensa”. Inmediatamente, una lancha en la que iban Samuel Hood y Carlos Adán, capitán de Mar (práctico del puerto), se dirige al buque insignia británico, donde Nelson es informado de las condiciones de la capitulación, a las que prestó su conformidad y rubricó con su mano izquierda».
