¿Ya tenemos permiso para quejarnos o todavía debemos seguir callados como niños buenos? Hago esta pregunta porque acabamos de pasar a la famosa fase 2 de la desescalada y tengo mis dudas sobre si la queja y el lamento es una de las cosas que podemos hacer en esta fase, o no.
Durante los dos meses largos de confinamiento que hemos sufrido los ciudadanos de este país a causa de la crisis pandémica ocasionada por el Covid-19, nos hemos hartado de oír el mantra de que «no es el momento de criticar al Gobierno, sino de estar unidos». La frase es cojonuda, hay que reconocerlo, porque apunta directamente a un sentimiento en principio positivo como es la unión y la solidaridad. Y si así fuera, hemos de convenir en que es apropiada. Pero como uno ya tiene su edad, sus lecturas y sus experiencias vitales, y además, aquí nos conocemos todos y sabemos de qué pie cojeamos cada uno, tengo mis dudas existenciales de si muchos de los que no paran de repetir el indicado mantra de la unidad lo están haciendo por una razón de bienestar social o si por el contrario lo hacen por algún espúreo objetivo político que tiene que ver con cubrirle el culo al Gobierno. Y me explico.
Es de dominio público para los que me conocen que soy un crítico feroz de la desastrosa gestión que el Gobierno de coalición de los señores Pedro Sánchez y Pablo Iglesias ha desarrollado durante la crisis sanitaria del coronavirus. En un artículo anterior ya expuse algunas de las razones de mi desacuerdo (los miles de muertos, sobre todo entre las personas mayores, la pésima gestión de las residencias, la ocultación de datos, el tratamiento informativo sesgado, la restricción arbitraria de derechos fundamentales, las meteduras constantes de patas en la toma de decisiones relacionadas con los suministros sanitarios, etc., etc., etc.). Ante mis opiniones desfavorables, algunos impresentables han optado, casi siempre de forma anónima, por insultarme gravemente e incluso amenazarme con dañar mi integridad física. De esos cobardes ya me he ocupado por la vía penal y espero que más pronto que tarde realicen una agradable visita a las dependencias policiales o judiciales. Y luego, también he recibido la constante admonición de que debo callarme mis críticas contra el Gobierno y remar junto con el resto de los ciudadanos de este país, porque al parecer es cosa sabida que el coronavirus desaparece milagrosamente cuando todos nos callamos como p… y mantenemos una beatífica sonrisa ante las sandeces que comete el ejecutivo nacional. No sé Vdes., pero yo no veo contradicción entre respetar las normas de higiene y criticar al Gobierno.
De hecho, en estas ocasiones una de las expresiones más encantadoras que suelo recibir por parte de algunos descerebrados es que soy un facha o un simpatizante de Vox. Mi sorpresa es mayúscula, porque ni me considero un facha, ni soy simpatizante de Vox. Los que me conocen bien saben lo alejado que estoy de las ideologías autoritarias y fanáticas de esos colectivos. Y, aunque les parezca increíble, aún no he podido entender el mecanismo mental por el que criticar al Gobierno implica ser facha o voxista. Aunque como no soy idiota en absoluto (aunque lo parezca), sí entiendo que esa es la forma que tienen algunos intolerantes de tratar de desprestigiarme y humillarme por haber tenido la osadía de criticar a un Gobierno de inútiles que esos intolerantes idolatran. Pues no, señores intolerantes, criticar al Gobierno no es ser facha, ni de Vox; en muchos casos, desde luego en el mío, es una posición de honestidad personal, de dignidad y de tener vergüenza torera.
Y no solo esto. Siempre me sueltan la coletilla final de que «ya habrá tiempo más tarde para quejarnos». En fin, uno que es mal pensado y asimismo tiene la mala costumbre de pensar por si mismo (ya sé que a algunos no les gusta que pensemos por nosotros mismos, pero qué le vamos a hacer, mis padres me educaron así), se plantea algunas dudas. Estas son: ¿De verdad la gente se cree que callándonos las críticas se está luchando contra el Covid-19 o acaso es la excusa que se han inventado desde el Gobierno, y muchos han interiorizado, para evitar que se propague como un incendio el malestar de la ciudadanía ante la mala gestión gubernamental? ¿De verdad, en un estado de Derecho como es España, se puede admitir, ni siquiera de refilón, que nadie nos trate de censurar nuestras opiniones? ¿De verdad la gente es tan ingenua como para creer que «habrá tiempo después»? Les voy a poner un ejemplo para que lo mediten.
Imaginen que tienen que operar a un hijo o una hija pequeños. Y cuando lo entran en el quirófano ven asombrados como el cirujano está tambaleándose, y diciendo incoherencias, y comportándose como si estuviera chiflado. Vamos, que está borracho como un chuzo. Estoy seguro de que Vdes, inmediatamente pedirían que cambiaran al cirujano y pusieran en su lugar a otro que hiciera bien su trabajo y no escabechara a sus hijos. Sin embargo, la enfermera le dice, «no moleste ahora, que estamos muy ocupados, ya tendrá tiempo después de quejarse». ¿Vdes. se quedarían tranquilos y esperarían al final de la operación para quejarse? ¿Esperarían a que terminara la operación para saber si el cirujano lo hizo bien o se cargó a sus hijos? ¿Harían esto o pondrían el grito en el cielo? Estoy seguro de que cualquier padre decente montaría la de Dios es Cristo para echar a patadas al cirujano incompetente. Pues a mí me parece que estamos en la misma situación. ¿Es ético callarnos ahora que vemos que el cirujano que está al frente del país lo está haciendo rematadamente mal, o debemos levantar la voz y denunciar su mala praxis, exigiendo que lo sustituyan por alguien más preparado y que ofrezca más garantías de tomar decisiones acertadas que afectan a nuestra salud, nuestra vida y la de nuestros hijos?
Por eso vuelvo a preguntar: ¿Ya tenemos permiso para quejarnos o todavía debemos seguir callados como niños buenos?
PASTOR DÍAZ,
abogado.
