Cuentan que un día un viajero se adentró en unas montañas y se encontró con una niña que cargaba sobre sus espaldas a otro niño más pequeño que casi no podía sostener. El viajero le preguntó: «¿Por qué estás cargando una cosa tan pesada?» Y la niña le respondió: «No es una cosa. Es mi hermanito». Algo parecido deberíamos decirles a nuestros políticos y a algunos periodistas: «No son cifras, son personas».
Cada día escuchamos en las noticias que ha aumentado el número de infectados por el coronavirus, que han fallecido no sé cuántos individuos, desglosados convenientemente por comunidades autónomas, o que se ha recuperado un número X de pacientes. Y ya sé que es difícil manejar esta información sin utilizar las estadísticas, pero la manera en la que informan de todo ello es tan impersonal y con un tono tan falso, que me provoca esa inevitable irritación que comienza en la boca del estómago y acaba desahogándose en mi boca con un sonoro y contundente «HDLGP». Porque no sé si Vdes. se han dado cuenta de que hasta el maldito virus que nos ha invadido tiene un nombre propio —lo han bautizado con la rimbombante y cinematográfica denominación de Covid-19—, pero raramente los miles de fallecidos que cada día abandonan este valle de lágrimas son mencionados por su nombre, por esa maravillosa palabra que nos identifica como seres únicos, individuales e irrepetibles.
La constante mención de los fallecidos como un número, inevitablemente los despersonaliza, los priva de su humanidad, de su derecho a que alguien derrame una lágrima cuando se hace consciente de que esa vida irrepetible se ha perdido para siempre. Y en mi innata mala leche no puedo evitar pensar que eso es precisamente lo que pretenden los responsables políticos (perdón por lo de responsables, pero quiero mantener un mínimo de compostura cuando me refiera a estos individuos). Pareciera que desearan que no veamos a los miles de muertos que desfilan cada día ante nosotros como personas que una vez rieron o lloraron, o amaron, o se enfadaron, o escucharon una canción, o murieron en la soledad de una habitación de hospital sin el consuelo de la sonrisa afectuosa o la caricia cálida de un hijo o una hija, sino como un número, como algo que ya no está ahí, que solo ha llenado una noticia del target informativo durante los dos minutos establecidos en la escaleta de las noticias, antes de pasar al siguiente spot publicitario que pagará los gastos de la televisión, o la radio, o lo que sea.
Sí, amables lectores, no puedo evitar pensar mal de nuestros responsables políticos. No puedo evitar pensar que muchas de esas muertes de personas con nombres propios y con sentimientos (tal vez de miedo y soledad en sus últimos momentos), se hubieran podido evitar si esos responsables políticos hubieran cumplido mejor con sus obligaciones. Si se hubieran ganado los excelentes sueldos que perciben de todos nosotros tomando medidas de prevención mucho antes de cuando lo hicieron. Evitando manifestaciones que, al parecer, les interesaba que se celebraran por razones políticas, o prohibiendo reuniones deportivas masivas donde cualquiera con dos dedos de frente sabía que se podían producir contagios indiscriminados con un virus cabrón que ya estaba haciendo de las suyas en países tan cercanos como Italia. Muertes que tal vez se hubieran evitado si hubieran dotado desde un principio de medios realmente eficaces y suficientes a la gente que se parte el alma todos los días en nuestros hospitales luchando a brazo partido contra el Covid-19. Muertes que tal vez, solo tal vez, se hubieran reducido, si los ciudadanos de este bendito país que responde al nombre de España, hubieran tenido a su disposición mascarillas, y guantes, e información fidedigna y real sobre el peligro que se nos venía encima. Muertes que tal vez se hubieran evitado si esos responsables políticos se hubieran ganado sus excelentes sueldos haciendo caso a las recomendaciones que desde enero y febrero del presente año 2020 venían dándoles desde la Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud. Muertes que tal vez se hubieran evitado si…
En fin, ya no se puede hacer nada. Lo único que nos resta es afrontar el problema. Y respetar escrupulosamente las indicaciones que emanan de esos responsables políticos que están al frente de la sanidad española. No nos queda otra que esperar a que todo escampe. Pero eso sí, que ni por un momento piensen esos responsables políticos que tan excelentes sueldos perciben, que los españoles, cuando todo esto pase, que pasará, vamos a olvidar ni por un instante a nuestros miles de muertos. Que ni se les pase por la cabeza. Porque esos miles de muertos, esos miles de fallecidos que para ellos son solo cifras, para nosotros son personas. PERSONAS. Con nombres propios. Con sentimientos. Son nuestros abuelos y abuelas, nuestros padres y madres, nuestros maridos y mujeres, nuestros hijos e hijas. Son nuestros corazones. Y como que sale el sol cada día por la mañana, tengan la seguridad más absoluta de que los responsables políticos que tan excelentes sueldos perciben, tendrán que responder de sus actos, de sus negligencias y de sus mentiras. Es de justicia.
