‘MEMENTO MORI’, por Pastor Díaz

A la izda., el Congreso de los Diputados; a la drcha., mosaico hallado en las ruinas de Pompeya, con un 'memento mori'.

En estos días difíciles que nos ha tocado vivir, los ánimos andan caldeados por doquier. Los medios de comunicación y las redes sociales arden con opiniones de todo tipo, muchas veces articuladas con expresiones sumamente gruesas, y con desencuentros personales que desembocan en enfrentamientos dialécticos muy irritantes, malestar emocional generalizado y bloqueos repentinos de los contactos más agresivos. Siempre he creído que el diálogo y el intercambio leal de opiniones y pareceres es la base de una relación social sana, pero está claro que mucha gente no opina lo mismo. Lamentablemente la libertad de expresión vive momentos oscuros. Aunque bien pensado, ¿cuándo no ha sido así?

La alergia de los gobiernos de turno y de sus simpatizantes más fanatizados a la crítica acerva de la ciudadanía no es cosa nueva, pues ha acompañado la vida política de los pueblos desde que se tiene memoria. Sin embargo, los de abajo nunca han admitido que les taparan impunemente la boca y la Historia nos enseña que, de una forma u otra, siempre se ha podido soslayar la censura tan del gusto de los que mandan. Y hasta se han implementado ingeniosos mecanismos para controlar la desmedida sed de autoridad de los poderosos que repotean sus obscenos traseros en los sillones de titularidad pública.

En la antigüedad clásica, los romanos, que eran muy dados a las frases lapidarias, si era necesario le paraban los pies a quien correspondiera con alguna de sus famosas sentencias. Así ocurría con los generales que entraban en la Ciudad Eterna después de una campaña victoriosa. La multitud, que era muy pelotillera, les aclamaba como si fueran dioses omnipotentes, pero para evitar que al general en cuestión se le subiera la gloria a la cabeza, siempre había un tipo pegado a su oreja que no paraba de repetirle dos sencillas palabras mientras duraba el desfile: «memento mori», esto es, «recuerda que eres mortal». De este modo, el general nunca olvidaba que aquella gloria era pasajera y hasta ficticia, porque un día la espicharía como todo el mundo y las aclamaciones de aquel pueblo pelotillero valdrían lo que una mierda pinchada en un palo.

Asimismo, en la Edad Media profunda los reyes hacían, literalmente, lo que les salía del arco del triunfo. Podían hacer cualquier locura, que nadie les iba a decir ni pío. ¿Por qué? Pues porque se suponía que habían sido puestos en el trono «por la gracia de Dios», es decir, porque así lo había querido el Padre Celestial, y por tanto, cualquier cosa que hicieran estaría refrendada por la aquiescencia divina. Menudo chollo, ¿eh? Sin embargo, sí había un freno a su omnímoda voluntad: los bufones. Los bufones eran los únicos personajes de la corte que, bajo la máscara de sus bromas, podían decirle a la cara a los monarcas que sus acciones estaban mal y, si era necesario, que eran unos hdlgp. Todo el mundo se descojonaba con sus bromas, pero si el rey era mínimamente despierto, captaba la crítica que encerraban las bufonadas de su payaso particular.

En nuestros días, como siempre ha ocurrido, los gobiernos de turno —y el actual ejecutivo que asienta sus posaderas en el consejo de ministros de España es un ejemplo perfecto de ello—, siguen cumpliendo la regla de oro de no gustarles la crítica. Para evitarla echan mano de multitud de sucias argucias. Desde utilizar el BOE para poner en marcha normas que limitan la libertad de expresión de la ciudadanía, hasta azuzar a sus simpatizantes más rastreros para perseguir y acosar en las redes sociales a todos los críticos que osan poner en duda las benéficas intenciones de su acción de gobierno. De esto último, algunos críticos actuales hemos sido víctimas en carne propia.

Solo tengo una cosa que decir: lo siento por ellos, por los gobernantes, y también por sus fanáticos simpatizantes, pero siempre habrá un bufón que les dirá, cuando hagan algo incorrecto, negligente o directamente nocivo… «memento mori, señor gobernante, memento mori…»

PASTOR DÍAZ,

abogado

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