LA CHIQUILLA NO SE QUEDA SOLA, por Rubén Expósito

Me cuenta una amiga que tiene algunos problemas con su hija pequeña, una de esas guapísimas chiquillas que estando aún lejos de la adolescencia, ya comienza a probar si es capaz de subirles la tensión arterial a los padres. Y lo consigue. Le cuesta adaptarse a situaciones donde se requiere algo de independencia, como por ejemplo, una excursión, sus quejas son que al mínimo problema de adaptación, recurre a llamar al 112 o a la madre, quien primero conteste, para que pueda regresar a su casa, un lugar donde su seguridad se recarga como un móvil sediento.

Yo conozco a los padres, son gente normal, si entendemos como ‘normal’ que quieras a tu prole, gente que le dan a su hija el nivel de vida que se pueden permitir con mucho orgullo, y aseguro que es mucho más que digno, es privilegiado, sobre todo por atención, cariño y oportunidades, recibe exactamente lo que sus padres pueden ofrecer.

Ocurre que la duda sobrevuela a muchos, entre los que me incluyo, y a lo mejor es cierto, eso que se nos comienza a echar en cara (los que tuvimos hijos del 2000 hasta hace cinco o seis años) de que hemos sido sobreprotectores, que hemos fallado en exceso de amor ( aunque sea un término contradictorio) y nos ha faltado un poco de «caña» con ellos, para promoverles la picaresca, la autosuficiencia y que se comporten como niños que entienden lo afortunados que son.

Fallamos en todo. Si nos da miedo que vayan a comprar el pan dos calles más arriba cuando nosotros nos recorríamos mil calles a su edad, basándonos en que «en mi época era diferente», colocamos a perpetuidad el miedo inconsciente en los chiquillos y las chiquillas a manejarse sólos. Es un error comprensible, la sociedad ha cambiado y a falta de un curso de «cómo criar chiquillos y no sufrir daños cerebrales por estrés», cada uno hace lo que puede, ahora trabajan en casa todos y es distinto que hace 40 años.

Como en las películas con final sorprendente, hay algo que es la clave de todo, y que cambia radicalmente el sentido de la historia que he contado;  y es la voluntad: mi amiga fue a buscar a regañadientes a su hija cuando no tocaba porque no se adaptaba, pero lo hizo, fue a buscarla, no la dejó sin atender. Creo que esa es la definición de ser buen padre o madre, ir soltando palabrotas al mismo ritmo que no dejamos de querer y ayudar a nuestros hijos sin escurrir el bulto, porque si lo hicieras te fallarías a tí mismo.

Así que a todos los padres que tengan dudas sobre si la manera en la que crían a sus hijos es la correcta, recuerden a mi amiga, grita lo que quieras, pero en lo que lo haces: vete a buscarla, atenderla o consolarla, sólo se aprende demostrando interés por los que quieres e improvisando por el camino, todo lo demás es postureo. El verdadero cariño se demuestra hasta cuando sientes que no lo sientes….

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