Me cuenta una amiga que tiene algunos problemas con su hija pequeña, una de esas guapísimas chiquillas que estando aún lejos de la adolescencia, ya comienza a probar si es capaz de subirles la tensión arterial a los padres. Y lo consigue. Le cuesta adaptarse a situaciones donde se requiere algo de independencia, como por ejemplo, una excursión, sus quejas son que al mínimo problema de adaptación, recurre a llamar al 112 o a la madre, quien primero conteste, para que pueda regresar a su casa, un lugar donde su seguridad se recarga como un móvil sediento.
Yo conozco a los padres, son gente normal, si entendemos como ‘normal’ que quieras a tu prole, gente que le dan a su hija el nivel de vida que se pueden permitir con mucho orgullo, y aseguro que es mucho más que digno, es privilegiado, sobre todo por atención, cariño y oportunidades, recibe exactamente lo que sus padres pueden ofrecer.
Ocurre que la duda sobrevuela a muchos, entre los que me incluyo, y a lo mejor es cierto, eso que se nos comienza a echar en cara (los que tuvimos hijos del 2000 hasta hace cinco o seis años) de que hemos sido sobreprotectores, que hemos fallado en exceso de amor ( aunque sea un término contradictorio) y nos ha faltado un poco de «caña» con ellos, para promoverles la picaresca, la autosuficiencia y que se comporten como niños que entienden lo afortunados que son.
Fallamos en todo. Si nos da miedo que vayan a comprar el pan dos calles más arriba cuando nosotros nos recorríamos mil calles a su edad, basándonos en que «en mi época era diferente», colocamos a perpetuidad el miedo inconsciente en los chiquillos y las chiquillas a manejarse sólos. Es un error comprensible, la sociedad ha cambiado y a falta de un curso de «cómo criar chiquillos y no sufrir daños cerebrales por estrés», cada uno hace lo que puede, ahora trabajan en casa todos y es distinto que hace 40 años.
Como en las películas con final sorprendente, hay algo que es la clave de todo, y que cambia radicalmente el sentido de la historia que he contado; y es la voluntad: mi amiga fue a buscar a regañadientes a su hija cuando no tocaba porque no se adaptaba, pero lo hizo, fue a buscarla, no la dejó sin atender. Creo que esa es la definición de ser buen padre o madre, ir soltando palabrotas al mismo ritmo que no dejamos de querer y ayudar a nuestros hijos sin escurrir el bulto, porque si lo hicieras te fallarías a tí mismo.
Así que a todos los padres que tengan dudas sobre si la manera en la que crían a sus hijos es la correcta, recuerden a mi amiga, grita lo que quieras, pero en lo que lo haces: vete a buscarla, atenderla o consolarla, sólo se aprende demostrando interés por los que quieres e improvisando por el camino, todo lo demás es postureo. El verdadero cariño se demuestra hasta cuando sientes que no lo sientes….
