Flygskam (vergüenza por el avión), tagskryt (presumir de ir en tren) o smygflyga (volar en secreto) son expresiones cada vez más populares en Suecia. La noticia de que los suecos no quieren usar medios de transporte altamente contaminantes ha cruzado el planeta para preocupar a los sectores implicados, sobre todo porque si este movimiento de conciencia medioambiental se extiende, las aerolíneas tienen un serio problema.
«Ashotel plantea instalar una planta fotovoltaica en Tenerife para hacer frente a la ‘vergüenza a volar’ de los suecos». Este titular, palabra arriba o abajo, apareció en algunos medios canarios hace unos días, yo mismo escribí la noticia en Planeta Canario, contando la idea de Ashotel de solucionar el problema del descenso de visitantes escandinavos a nuestra tierra, o por lo menos paliarlo, de esta manera. La iniciativa de Ashotel no deja de ser loable, pero no tiene vinculación específica ninguna con este movimiento medioambiental. Lo de la planta fotovoltaica les sorprenderá a los suecos por el hecho no de que va a ser construida, probablemente lo que les asombra es que no lo hubieÉsemos hecho hace décadas. Así que esa planta, aunque al final se construya, no supone ningún aliciente para un sueco. Su visión de la problemática medioambiental es global, no tiene nada que ver con determinadas zonas del mundo y su infraestructura energética. Ya saben que son líderes en reciclaje y eficiencia energética a nivel global.
Para hacernos una idea de lo que representa volar en avión, unos cuantos datos. Un Airbus A320 (uno de los aviones que menos contaminan) consume unos 2.900 litros/hora, si va a una velocidad media de crucero de 900 km/h, sería 290 litros de queroseno por cada 100 km. Si viajamos en modelos de avión más antiguos, el consumo se dispara. Así que de Estocolmo a cualquiera de los aeropuertos canarios, este Airbus tardaría 6 horas en cubrir ese trayecto y la calculadora dice que son 17.400 litros de combustible los que que ese avión quemó para traer a un montón de suecos a nuestras playas. Eso sólo un vuelo. Eso sólo la ida. El sueco querrá volver a su casa, multiplica por dos.
El año pasado hubo 38 millones de vuelos en el mundo. 38 millones. Lo repito porque hay que parar un momento para digerir el dato de lo grande que es. Así que la magnitud de este problema hace desaparecer la visión de la planta fotovoltaica de tanto humo que hay en el ambiente.
La Coalición Internacional para la Aviación Sostenible (ICSA), entre ellos Environmental Defense Fund (EDF) remitió en marzo una carta a los estados miembros del Consejo de la Organización de Aviación Civil Internacional (entre ellos, España, Alemania, Francia, Irlanda, Italia y Suecia), urgiéndoles a evitar una normativa de aviación deficiente que agrave el cambio climático. ICSA y EDF alertaban que la llegada de 30.000 nuevas aeronaves de gran tamaño triplicará las emisiones de dióxido de carbono de los aviones en todo el mundo antes de 2050 por la contínua subida de viajeros en el mundo.
El turismo es un gigante incontrolable. En 1970 volaron 300 millones de personas, en 2018 fueron 3.979 millones. Alucinante, nuestro crecimiento es vírico. Así que podemos concluir que todo esto es un fenómeno global, esto no es una historia sueca para no dormir. Es un problema que afecta a todos por igual, y al cual, como siempre, no se le hará puñetero caso porque influye en la economía; esa reina a la que hay que dar de comer para que no pare de engordar. Decrecer es una palabra prohibida, un pecado en boca de un político, pero es lo único que puede frenar el futuro que nos aguarda.
