¿Ya no nos asusta el coronavirus?

Después de casi un año conviviendo con el virus, nuestras creencias, emociones y conductas con respecto a esta pandemia han variado. La percepción de peligro y la interpretación de la realidad son dinámicas; esto provoca cambios en nuestro comportamiento y en nuestras medidas de prevención y protección ante el Covid-19

FOTO: GUSTAVO FRING (PEXELS.COM)

NOELIA CAPOTE (PSICÓLOGA) https://capotepsicologia.com/

Miles de años de evolución, perfeccionamiento y refinadas estrategias de adaptación al medio, han dado lugar a que hoy llevemos sobre nuestros hombros un auténtico tesoro. Una máquina perfectamente diseñada, entre otras cosas, para librarnos de los peligros y hacer que sobrevivamos a toda costa.

A la naturaleza le interesamos vivos, por eso nos ha dotado de un magnífico pack de estrategias de defensa ante los peligros. Cuando nuestra mente detecta algo potencialmente peligroso para nuestra supervivencia pone en marcha un complejo mecanismo para salvarnos de la amenaza y evitar la muerte. En este mecanismo tienen mucho que ver el miedo y la ansiedad.

Si vemos que un coche viene hacia nosotros a toda prisa mientras cruzamos un paso de peatones, o si alguien empieza a perseguirnos en un callejón oscuro, se activará este mecanismo. Práctico, ¿a que sí? Sí, muy práctico. Sin embargo, como te imaginarás, hay un pero.

Este mecanismo no solo se activa en las situaciones peligrosas, también se activa cuando creemos que algo es peligroso (aunque no lo sea realmente). Del mismo modo, puede no activarse si algo, siendo peligroso, nosotros no lo percibimos como tal.   Si creemos que, por ejemplo, subir en ascensor, los bolígrafos azules, o estar sentado en el sillón del dentista es peligroso, se activará el mecanismo. Si por el contrario, creemos que hacernos una foto en un precipicio, consumir drogas o ir a 100km/h en una zona de 50 no es peligroso, no se activará. Aquí ya no es tan práctico…

La pandemia no ha sido igual de amenazante para todos

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Cuando entran en juego las percepciones o creencias personales de lo que puede ser o no un peligro, la ecuación se complica. Este año que casi termina hemos vivido una escenificación perfecta de lo que estamos hablando. Las personas que han percibido que el coronavirus puede ser un peligro para ellas, han activado el mecanismo del que hablamos, sin embargo, las que no lo han considerado una amenaza, no lo han hecho. Lógicamente, la mente de las primeras les ha procurado más estrategias de protección que la mente de las segundas.

Obviamente, cuando de percepciones personales se trata, la variabilidad es enorme. Algunas personas habrán tenido miedo desde el principio, otras cuando han visto enfermar a un familiar, otras solo al estar cerca de alguien que tose, otras cuando han tenido que estar en un espacio cerrado con más personas, y otras quizás aún no han llegado a desarrollar la preocupación en ningún momento.

No sería descabellado pensar que el aumento de casos pueda estar relacionado con una menor percepción de peligro. Esta percepción es altamente cambiante. Efectivamente varía según las personas, pero también en función del momento o de las circunstancias. Seguro que conoces a gente (quizás tú mismo), que en mayo era incapaz de subir al transporte público porque lo percibía como un peligro y que en diciembre, en cambio, lo hace con total normalidad.

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Asimismo, después de la cuarentena muchas personas no se acercaban a sus familiares de más edad y ahora están planificando con ellos la cena de nochebuena. También conocerás casos de personas en la situación contraria, hace meses no tomaban ningún tipo de precaución porque no percibían señal alguna de peligro, y ahora, en cambio, son tremendamente cuidadosos porque esta percepción ha cambiado.

Parece ser que este virus será un molesto compañero de viaje que no se bajará del tren tan pronto como creíamos. Probablemente tendremos que acostumbrarnos a viajar con él durante una buena temporada.  Mientras nos seguimos adaptando a su presencia, nuestras percepciones de peligro seguirán variando.

Es improbable que a corto plazo todas las personas desarrollen una percepción de peligro similar, todo dependerá de sus creencias y de sus experiencias personales. En una familia donde todos han pasado la enfermedad siendo asintomáticos, se habrá vivido el proceso de manera muy distinta al de una familia donde varios miembros han estado en cuidados intensivos. Una vez más, la percepción de peligro cambia.

Lo más probable es que durante bastante tiempo no exista una conciencia colectiva de amenaza real. Esto indudablemente jugará en contra de que haya una respuesta uniforme a la pandemia: mientras algunos no se acercarán a sus familias ni siquiera en navidad, otros estarán disfrutando tranquilamente de fiestas clandestinas de más de 30 personas.

Hacia una interpretación realista de la situación

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Esta dificultad que a veces tenemos para percibir las amenazas, puede acompañarse de otro fenómeno que también puede ponernos en riesgo, el fenómeno de: eso a mí no me va a pasar. Este “optimismo patológico” no deja de ser una interpretación distorsionada de la realidad. No se trata de que seamos pesimistas, ni de que pensemos que estamos en riesgo constante. Se trata simplemente de ser realistas, de pensar: sí, eso a mí también podría pasarme. La gente que se atreve a mirar la realidad sin filtros (ni gafas de color de rosa, ni gafas negro azabache), suele valorar mejor los riesgos y las amenazas,  por tanto suele tomar mejores decisiones y mejores medidas de protección.

En mis años de trabajo me he encontrado con muchas personas con una facilidad asombrosa para ponerse siempre en la peor de las situaciones: verás que voy a suspender, seguramente no le gusto, estoy segura de que este lunar no es nada bueno, se van a reír de mí, este dolor no puede ser solo por el golpe que me di… Sin ser psicólogos detectamos fácilmente a las personas con este autodiscurso.

Sin embargo, se nos suelen escapar las del otro extremo, las que tienen una tremenda facilidad para ponerse en lo mejor: no puedes estar pensando que van a pasarte cosas malas, seguro que sale todo genial, este lunar ha cambiado de forma pero seguramente es una tontería, tú puedes con todo si te lo propones… Estas últimas se nos escapan porque muchas veces las confundimos simplemente con gente optimista, positiva, alegre… Y algunas veces lo son. Pero otras veces, estos autodiscursos no dejan de ser evitaciones, meros parches a una realidad que no nos interesa mirar de frente. Aceptar que las cosas malas suceden, y que incluso pueden sucedernos a nosotros no es ser pesimista. Es simplemente interpretar la vida de forma realista.

Por tanto, una combinación de una adecuada percepción de peligro y una interpretación realista de la realidad, conducirá a poner en marcha unas mejores estrategias de defensa ante el virus. No garantizará que evitemos el contagio, pero sí estaremos mucho más protegidos ante el mismo.

Desgraciadamente, a veces los seres humanos necesitamos ver el terror de cerca para ponerle cara.  Sería un gran aprendizaje, si no fuera por el alto precio que podríamos pagar por ello.

NOELIA CAPOTE, psicóloga

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