VICENTE PÉREZ
El panorama a medida que uno se acerca al volcán en erupción en Cumbre vieja se vuelve más negro. Es la primera impronta en el paisaje. Y es el color también del ánimo en las personas damnificadas. Por momentos, la lluvia de ceniza se vuelve insoportable, un golpeteo que impresiona en el cuerpo, e incluso obliga al desalojo de los periodistas en la zona de San Nicolás, a un par de kilómetros de la salida de la lava.
PLANETA CANARIO participó este lunes , 15 días después de iniciado este fenómeno geológico, en una visita a la zona de exclusión, área habitada que fue evacuada a toda prisa cuando a las 15:10 horas del domingo 19 de septiembre se abrió la tierra en la cumbre, no lejos de la población, y empezó a salir lava como un diablo que se escapara enrabietado de una prisión en el centro del planeta. Después, la destrucción: más de mil edificaciones destruidas por las inmensas coladas y 36 kilómetros de carreteras desaparecidos bajo los ríos de roca fundida.
El recorrido por la zona restringida se aproximó a la lava, aunque solo se puedo divisar a lo lejos, por motivos de seguridad. Tres pequeñas guaguas con redactores y cámaras, a través de la carretera general, desde Fuencaliente al valle de Aridane, que ahora está cortada por la lava.
El paisaje está tiznado, cargado de ceniza. Al llegar a San Nicolás, la carretera está cada vez más llena de arena volcánica, los tejados y las azoteas de las casas rebosan de este material y a lo lejos, a kilómetros en línea recta, el enfurecido volcán, vomitando lava y una densa columna de cenizas y gases, elevándose hacia el cielo hasta kilómetros de altitud.
Llegados a este lugar se puede comprender la magnitud de la catástrofe. La comitiva de periodistas se queda a unos 200 metros de la lava, y las casas de la parte que visitamos estaban aún en pie.
La población vive este drama de lejos, pues toda la que estaba en riesgo fue desalojada, aunque la mayoría cuando ya estaba rugiendo el volcán. Cada día es una tortura, para los que no saben si su vivienda sigue en pie, o un reguero de malas noticias, para quienes se enteran de que el volcán las ha engullido ya.
También se puede uno imaginar cómo será el regreso para las personas desalojadas. Quienes encuentren su casa en pie, aparte de la arena volcánica o picón que deberán limpiar, en algunos casos de bastantes centímetros de espesor, y se tendrán que restablecer servicios urbanísticos y el sistema viario que no ha cubierto la lava deberá ser replanteado.
Un relieve que antes no existía: montañas donde antes había casas, huertas, carreteras… Será un golpe duro que deberán asimilar poco a poco, porque el paisaje ya no es el mismo. Es lava sobre lava, al fin y al cabo, porque la isla se construye así, pero la visión de la obra humana borrada del mapa será dura.
Por ahora son más de mil las construcciones destruidas y más de 36 de kilómetros de carreteras han desaparecido. Habrá que reconstruir la trama urbana, sí, pero también la mente. La solidaridad de la población canaria y española con las personas damnificadas ha sido grande, y los gobiernos estatal, regional, insular y locales han prometido ayudas y anunciado inversiones.
Los damnificados temen que la burocracia retarde las ayudas cuando ya los focos de las cámaras no estén, la gran mayoría de los medios de comunicación se hayan marchado de la isla y tengan que afrontar esta desolación y este reto en la soledad del día después.
De todo esto conversábamos algunos periodistas cuando las guaguas se encaminaron hacia Las Manchas, y, por una carretera secundaria, se dirigió hacia Puerto Naos. Una vía demasiado estrecha e inclinada en alguna curva para estos vehículos, aunque la pericia del conductor sorteó el obstáculo.
Bajando hacia Puerto Naos se observa el mar costero de plataneras y la nueva isla baja, salpicada de penachos de vapor y gases, que está creando la lava al caer al mar por un acantilado. Nada nuevo para la naturaleza, que así ha formado las plataformas costeras, incluida la que ha permitido desarrollar la agricultura y este núcleo turístico y residencial.
Puerto Naos está ahora desconectado del valle de Aridane. Si antes se tardaban 10-15 minutos desde El Paso o Los Llanos en llegar a este núcleo turístico y residencial, el principal de la costa de este valle, ahora se tarda más de una hora, porque hay que hacer un recorrido que implica pasar la cumbre, recorrer el este de la Isla, atravesar Fuencaliente y venir por el sur, mediante una carretera general que lleva muchos años en obras, con solo algún tramo terminado, y con frecuentes cortes por los trabajos que se llevan a cabo, que implican grandes desmontes, rellenos y construcción de muros enormes.
En Puerto Naos, también está todo cubierto de arena volcánica. Las calles de losetas blanquecinas son ahora calles negras. Desoladas. Tristes. Sin nadie. Las mesas y sillas de las terrazas están cubiertas de picón. Las plataneras también, aunque los agricultores tratan de salvar la cosecha.
Para ello necesitarán el agua que antes venía por conducciones que han quedado cercenadas por la lava, por lo que el Gobierno estatal y el canario han anunciado la puesta en marcha de desaladoras portátiles y le llegada de un buque cisterna. Para el plátano, que precisa de mucha agua, es una operación contrarreloj.
De regreso a Fuencaliente, por tramos de la carretera Puerto Naos totalmente cubierta de lapilli, y luego ya por la carretera general, nos sorprende una densa neblina, el ambiente se vuelve oscuro, tétrico… y empieza a llover agua y ceniza, por momentos un estruendo en la guagua. Uno quiere salir de allí cuanto antes, cuando el anochecer se echa ya encima, y se entiende a la perfección por qué fue necesario evacuar todos esos lugares.
Van pasando restaurantes, cafeterías, bodegas… donde antes había vida y ahora una impactante soledad y un paisaje oscurecido. Las guaguas enfilan ya hacia Fuencaliente, en una neblina constante potenciada por las emanaciones del volcán. Ha sido un recorrido por una catástrofe natural.
Tal vez cuando se apague la naturaleza y el ser humano reinvente este lugar y reconstruya lo que pueda, algún día se podrá visitar con mentalidad turística. Pero los periodistas que participamos en esta visita organizada nos quedamos con el corazón en un puño y una inmensa tristeza por lo que habíamos contemplado: un infierno. Lo único que puede compensar, y no es poco, es que nadie haya perdido la vida, irremediable cuando se pierde.
