Canario. En cualquier supermercado de Canarias fulano se dispone a hacer la compra. Edad indeterminada, renta media -o sea, con cierta estrechez- y canario hasta el tuétano: fanático del Fritolay y aficionado al timple. Fulano presume de canariedad. Número en la chacina para los ciento cincuenta de jamón cocido y “póngame esa cuñita de queso blanco de Taganana que tiene buena pinta”, aprobado raspado. En la carnicería paleta de cochino para carne fiesta y media gallina para una sopa. Y tú ya sabes: una latita de aceitunas para el aperitivo, unos yogures para el muesli, “que el gofio me da acidez pero no se lo digas a nadie”, pasta de dientes, café. Para el adobo vino blanco de Valdepeñas y “para el menda vinito de Vilaflor, seco, seco”, subiendo nota.
Tentación. Fulano llega a caja, satisfecho y muy ufano porque no se dejó timar. “¡Coño!, los chicles de menta al 50% en la segunda unidad” y agarra dos paquetes. A fulano no le gusta la gente que rumia, “cosa de cabras”, sostiene, ni el sabor a menta, pero pero, “una oferta irresistible” y sucumbe al impulso.
Libertad. No sé si a ti te pasa lo que a mí, que me cae fatal este fulano. Tanto rollo, tanta patria chica, tanto ahorro por un lado y tanto desenfoque, tanta incoherencia. Sin embargo, fulano como consumidor actúa en total libertad con su propia lógica y yo como demócrata convencido no tengo nada que objetar: cada cuál con su dinero hace lo que quiere. Y sin peros, es lo que hay, nos guste o no nos guste. “Falta de concienciación”, concluirán quienes confunden educar con adoctrinar. Reprocharán a nuestro fulanito por mal canario y promoverán campañas para inculcar, a fuego y martillo, que ser canario exige sacrificio. Pues no, recurrir al nacionalismo rancio no funciona, y mira que lo han intentado.
Egoísmo. Informar, eso sí, claro, y que cada cuál tome sus propias decisiones. Explicar qué hay detrás de esa verdura del país o de ese queso blanco. No solo las cuestiones de índole bucólico-pastoril, del mundo rural, el paisaje, el medio ambiente, sino también y sobre todo, conocer de mengano que se gana vida sachando papas y levantando viña o de perengano que manda a estudiar a sus hijos con lo que saca de ordeñar sus ovejas. Importarlo todo y comeremos más barato, podría ser, pongamos que igual de bien, que no sé yo, pero seremos más pobres todos, en manos de. Prosperar requiere que el dinero circule, pues eso, puro egoísmo.
Canario. En cualquier supermercado de Canarias fulano se dispone a hacer la compra. Edad indeterminada, renta media -o sea, con cierta estrechez- y canario hasta el tuétano: fanático del Fritolay y aficionado al timple. Fulano presume de canariedad. Número en la chacina para los ciento cincuenta de jamón cocido y “póngame esa cuñita de queso blanco de Taganana que tiene buena pinta”, aprobado raspado. En la carnicería paleta de cochino para carne fiesta y media gallina para una sopa. Y tú ya sabes: una latita de aceitunas para el aperitivo, unos yogures para el muesli, “que el gofio me da acidez pero no se lo digas a nadie”, pasta de dientes, café. Para el adobo vino blanco de Valdepeñas y “para el menda vinito de Vilaflor, seco, seco”, subiendo nota.
Tentación. Fulano llega a caja, satisfecho y muy ufano porque no se dejó timar. “¡Coño!, los chicles de menta al 50% en la segunda unidad” y agarra dos paquetes. A fulano no le gusta la gente que rumia, “cosa de cabras”, sostiene, ni el sabor a menta, pero pero, “una oferta irresistible” y sucumbe al impulso.
Libertad. No sé si a ti te pasa lo que a mí, que me cae fatal este fulano. Tanto rollo, tanta patria chica, tanto ahorro por un lado y tanto desenfoque, tanta incoherencia. Sin embargo, fulano como consumidor actúa en total libertad con su propia lógica y yo como demócrata convencido no tengo nada que objetar: cada cuál con su dinero hace lo que quiere. Y sin peros, es lo que hay, nos guste o no nos guste. “Falta de concienciación”, concluirán quienes confunden educar con adoctrinar. Reprocharán a nuestro fulanito por mal canario y promoverán campañas para inculcar, a fuego y martillo, que ser canario exige sacrificio. Pues no, recurrir al nacionalismo rancio no funciona, y mira que lo han intentado.
Egoísmo. Informar, eso sí, claro, y que cada cuál tome sus propias decisiones. Explicar qué hay detrás de esa verdura del país o de ese queso blanco. No solo las cuestiones de índole bucólico-pastoril, del mundo rural, el paisaje, el medio ambiente, sino también y sobre todo, conocer de mengano que se gana vida sachando papas y levantando viña o de perengano que manda a estudiar a sus hijos con lo que saca de ordeñar sus ovejas. Importarlo todo y comeremos más barato, podría ser, pongamos que igual de bien, que no sé yo, pero seremos más pobres todos, en manos de. Prosperar requiere que el dinero circule, pues eso, puro egoísmo.
