VICENTE PÉREZ
Vicente Leal se construyó una casa fuerte, de muros de piedra, con el sudor de su frente durante muchos años, en el municipio de El Paso, en la zona de Los Pelados, cerca del núcleo de San Nicolás, en el barrio de Las Manchas. Allí vivía su hijo cuando el 19 de septiembre la tierra se abrió a pocos cientos de metros y empezó a vomitar lava, disparándola hacia el cielo con un rugido ensordecedor. Empezaba el infierno.
“Ese día yo estaba con él, nos explotó el volcán al lado, nos cayeron hasta piroclastos encima; esa imagen no se me borrará jamás”, confiesa, todavía sobresaltado por una experiencia que, tan cerca, han vivido pocas personas en el mundo.
Desde entonces, durante casi tres meses, el volcán aún sin nombre no dejó de arrojar cenizas, que fueron cubriendo la vivienda en la que ha empleado tantos esfuerzos.
Tras la erupción, de la casa solo quedaba libre una chimenea, y aunque algunas personas ya la daban por desaparecida, él tenía claro que la construcción de sus entrañas había resistido bajo una capa de ceniza, que, desde los cimientos, puede alcanzar 7 u 8 metros.
“Es un milagro de la naturaleza que la casa esté a salvo bajo tantos piroclastos, a pesar de que es la más cercana al volcán”, afirma este palmero, consciente de que la ladera sur del complejo de cráteres ha quedado a no más de 100 metros de su casa, y una de los últimos ríos de lava pasó a mucho menos, unos 50 metros.
Sin embargo, el alivio de que los ríos de lava no llegaran a destruirla no ha impedido que haya pasado otros dos meses de angustia porque no ha podido contar con ayuda oficial para remover las enormes cantidades de ceniza que sepultan la vivienda; aunque finalmente, tras las gestiones que ha realizado en los últimos días, confía en poder acceder ya con otras personas al lugar para empezar a retirar este omnipresente material volcánico.
El 9 de enero fue el último día que pudo llegar hasta la casa, que se hizo famosa porque solo sobresalía la chimenea, que era para él como un pequeño faro de esperanza en medio de un paisaje que ha cambiado por completo, pues la naturaleza ha creado en tres meses una enorme mole del volcán como nuevo vecino y un gigantesco malpaís de 10 kilómetros cuadrados que se pierde hacia la costa.
Tiene claro que su vivienda sigue intacta bajo la ceniza y va a luchar por ella. “Sé que están inventariando sitios turísticos, pero yo estoy tranquilo porque al final esta es mi propiedad y tendrán que contar conmigo para cualquier cosa que se pretenda hacer con este lugar”.
Él habla en nombre también de los propietarios de otras dos casas en la zona, incluida la famosa vivienda bajo la que se abrió una fisura y brotó uno de los últimos ríos de lava de la erupción, que acabaría dañando el cementerio de Las Manchas y otras casas hasta la zona de Las Norias.
Para poder acceder a su vivienda en vehículo aún será necesario retirar un importante grosor de ceniza a lo largo de unos 150 metros de vía pública, aunque se puede llegar caminando. En enero acudió con unas 14 personas y durante 4 horas se afanaron por despejar de piroclastos el tejado.
“Hay tanto que apenas se notó todo ese trabajo de tantas personas, pero lo conseguiremos; hay cientos de toneladas sobre la casa, pero las voy a sacar y esa vivienda se va a salvar”, relata, demostrando esa fortaleza de espíritu que, tras el dolor de lo sucedido, brota con un ímpetu casi volcánico de la voluntad humana cuando alguien quiere afrontar los momentos difíciles y seguir adelante.
Tanto él como los dueños de esas otras casas han asistido con indignación y asombro al hecho de que científicos y técnicos de instituciones públicas realizan un inventario de geositios turísticos que incluyen viviendas y terrenos sin mantener al tanto a sus propietarios, ni siquiera de aquellos cuyas casas han salido en redes sociales como ejemplo de esos lugares de interés geológico para ser visitados.
Sin embargo, ni él ni los otros vecinos a los que representa están en contra de la conservación del paisaje creado por el volcán. Al revés, tiene claro que la obra diseñada bruscamente por la naturaleza, aunque sea duro para las personas afectadas, tiene valores que ahora habrá que proteger, como los que ya tenía antes de la erupción este paraje, pues gozaba ya de un grado de protección.
“Pero tiene que contarse con los vecinos, con los propietarios, pues tenemos ese derecho”, expone Vicente. “No se puede poner la carreta delante de los bueyes, primero hay que hablar con los propietarios, sentarse, dialogar, y poner propuestas sobre la mesa”, señala.
Lo que resulta asombroso de este hombre es cómo ha asimilado la nueva situación del paisaje. Sabe que tiene que superar el resentimiento con el volcán. Vicente ama la naturaleza, por lo que realmente no puede odiar su creación más reciente.
Hoy en día la mira cara a cara, asimilando poco a poco que ese será a partir de ahora su vecino, aprendiendo a convivir con la nueva fisonomía de la tierra que le rodea, sabedor de que un día también admirará la belleza del nuevo cráter, del nuevo malpaís, aunque meses de sufrimiento le hayan golpeado un día sí y otro también la mente, al igual que la empatía con la gente que perdió su única casa y no la podrá nunca recuperar porque quedó engullida por la lava.
En estos meses tras el fin de la erupción se ha fijado en unos pinos que podó un par de semanas antes de que comenzara este devastador fenómeno geológico, y de los que solo quedaron sus copas sobresaliendo de la capa de ceniza: “La fortaleza del pino canario es grandiosa, ya están reventando”. Tal vez esa sea también una lección del reino vegetal para los seres humanos: renacer de las cenizas, hacer rebrotar el ánimo tras la catástrofe, reverdecer la esperanza. Justo lo que demuestra Vicente Leal.
