VICENTE PÉREZ
Hay historias que no tienen final feliz, pero que dejan el orgullo de haberlo intentado. Es lo que ha ocurrido con un gato rescatado por fotoperiodistas catalanes de la zona afectada por el volcán de Cumbre Vieja, y al que bautizaron como Magma, el nombre del documental que rodaban en La Palma y el nombre del material que desde el 19 de septiembre vomita la naturaleza sobre el valle de Aridane.
Hace unos días la noticia era la de su rescate por el equipo de documentalistas que forman Carles Rabadá, Jordi Costa y David Melero, que se lo encontró por casualidad en la zona de El Pedregal.
«Estábamos volando el dron en ese lugar, para el que habíamos pedido autorización, y apareció el gato, así que dejamos el dron en medio de la carretera y fuimos a rescatarlo; se metió en unos palets pero logramos ponerlo a salvo y que lo atendieran los veterinarios», cuenta Rabadá, apesadumbrado porque el adorable felino no pudo superar las secuelas que le había dejado en los pulmones las cenizas de la erupción volcánica.
Tenían pensado que si nadie lo reclamaba como suyo, adoptarían al gatito, pero en cualquier caso se sentían felices de haberlo sacado del infierno. Por ello, en conversación telefónica con PLANETA CANARIO, ya desde Barcelona, Rabadá no tiene miramientos en confesar cómo se siente: «Es una pena, he llorado como ninguno, al enterarnos de que había muerto».
Pero, aunque el final no haya sido el esperado, sino el fatal, quedan los buenos recuerdos de la gente que ha conocido en el intento de salvar el gato. «Quiero agradecer a la protectora Benawara sus desvelos, y a Esther, su coordinadora, que nos decía cada día cómo estaba Magma, y todo parecía bien pero una noche se complicó su estado porque tenía los pulmones llenos de ceniza», relata el fotoperiodista, emocionado.
Sabe que, aunque hay quien no le da valor a los animales, hay una creciente parte de la sociedad que es muy sensible a historias como la que ellos han vivivido: «Los animalies no pueden valerse por si solos, necesitan de nuestra ayuda, y es admirable la cantidad de animales que se han rescatado de la zona del volcán», reflexiona el rescatador de Magma.
Advierten de que en ningún momento ni él ni los otros dos miembros del equipo han buscado protagonismo alguno: «Estábamos haciendo un reportaje y nos encontramos al gatito, y ahora queremos elaborar un calendario benéfico para que todo lo que recaudemos se destine a ayudar a las personas afectadas por la erupción en La Palma».
Estuvieron seis inolvidables días en La Palma, y, como muchos periodistas, han podido calibrar el enorme drama humano que ha generado el volcán, por lo que no se pueden quitar esta catástrofe de la cabeza y piensan en volver para ayudar en lo que puedan.
Confiesa que es un apasionado de los volcanes, al punto de que hace un mes fue a Islandia a filmar la erupción del volcán Geldingadalir, a unos 30 kilómetros de la capital de ese país, Reikiavik, que ha estado más de seis meses arrojando lava y fue noticia mundial por la posibilidad de ser visitado sin peligro.
Pero lo que ha visto en el valle de Aridante en es muy distinto: «En Islandia solo vi humo, pero no hay comparación con lo de La Palma, donde lo que he visto me ha dejado en estado de shock, pero no lo digo por el espectáculo visual de los ríos y las explosiones de lava, sino por lo que descubrimos cuando hablamos con la gente, el sufrimiento que está causando».
La Palma fue en ese sentido una escuela acelerada de sentimientos a flor de piel, como lo ha sido para todos los periodistas que con respeto han acudido a la Isla Bonita a hacer su trabajo y se han marchado con un enorme hatillo de emociones y de viviencias con la gente palmera.
En medio de la catástrofe, Rabadá ha descubierto además sentimientos no solo hacia las personas sino hacia los animales, ya que no tiene por qué ser dos compartimentos distintos de la bondad humana: «La gente tiene un corazón tremendo, cuando ves que se desvelan por un gatito rescatado, y te dices: pero alma de mi vida, qué maravilla esa sensibilidad, en una situación así».
Durante los cortos pero intensos días en la Isla Bonita tuvieron ocasión de además de hablar con personas afectadas, incluyendo agricultores, que los llevaron a plataneras dañadas por las coladas y por la ceniza, donde había que seguir en la brega: «Con un agricultor llamado Manolo acabamos llorando todos de emoción».
Ahora, a 2. 300 kilómetros de distancia de La Palma, este fotoperiodista catalán no se puede olvidar ni un segundo de esta isla canaria: «Echo de menos echar una mano y resulta extraño no escuchar el ruido del volcán».
Ese elástico invisible que mantiene unidos al valle de Aridane a quienes se han tenido que ir pero quieren ayudar a superar esta catástrofe es lo que hará que Rabadá regrese a la Isla Bonita.
Él sabe que cuando se apaguen el volcán se apagarán las cámaras y dejará de ser noticia en la opinión pública. «Entonces», sostiene, «es cuando la gente necesitará la ayuda de los periodistas, cuando parece que ya el problema no existirá, cuando el daño que hecho la erupción se vuelva como transparente». «Ese es el miedo de la población palmera», advierte, empático y solidario.
Otro pensamiento que le ronda en Barcelona es la necesidad de que se salve a todos los animales que se pueda, ya que le sorprendió la cantidad que quedó sin evacuar tras el inicio de la erupción volcánica, pero también le sorprende gratamente el esfuerzo del personal de seguridad y emergencias, y de protección civil y de todos los voluntarios de protectoras por ponerlos a salvo. Él y sus compañeros Jordi y David también se sumaron a esa labor, con Magma.
El gatito no pudo sobrevivir al volcán, pero estos tres fotoperiodistas catalanes dieron un ejemplo de que hasta el último momento hay que intentarlo. Al fin y al cabo, hay animales que han muerto bajo el horror de la erupción, tristes y desamparados, sin esa última esperanza; y al menos Magma murió siendo querido.
