VICENTE PÉREZ
Todos morimos tarde o temprano, pero hay muertes prematuras, inesperadas, inasumibles. Así fue la de César Manrique un 25 de septiembre de 1992, cuando tenía 73 años. Era y es el artista lanzaroteño más universal gracias precisamente a su exploración artística de lo local, de lo genuino de su isla, donde supo señalar su belleza natural y cultural, inspirarse en ella para sus creaciones y a la vez crear en ella. Este año se cumplen, por tanto, 27 de su fallecimiento, y 100 de su nacimiento, centenario que su fundación celebra con numerosos actos.
Su óbito se produjo en un fatal accidente de tráfico, cerca de su casa construida en burbujas volcánicas, sede de la fundación que lleva su nombre, en Tahíche. Su entierro hizo que toda la población de pueblo donde había fijado su residencia, Haría, saliera a la calle, silenciosa y entristecida, viendo pasar su féretro, dándole un último adiós con una sensación orfandad que aún hoy el tiempo no ha podido curar.
Sus restos mortales reposan en la tierra del cementerio de Haría, convertido ya en una parte más de la materia de Lanzarote. Su tumba es diferente y humilde: apenas unas piedras volcánicas perimetran su última morada y su cuerpo alimenta una palmera y un cactus, junto a otras plantas, que con el paso de los años han adquirido grandes dimensiones.
Así quiso que lo recordaran: fundido con la naturaleza de su isla, bello y sencillo como el rofe, como el viento, como una palmera… Se afanó por disfrutar de cada instante de su existencia, consciente del milagro de estar vivo, sabedor de que no había tiempo para perder el tiempo y de que en cada segundo estaba la eternidad.
“Vivimos tan corto espacio de tiempo sobre este planeta que cada uno de nuestros pasos debe estar encaminado a construir más y más el espacio soñado de la utopía; construyámoslo conjuntamente: es la única manera de hacerlo posible”, escribió el artista conejero.
César Manrique Cabrera nació en 1919 en Puerto Naos, barrio de Arrecife (Lanzarote), hijo de Francisca y Gumersindo. De padre representante de comercio, en el ramo de la alimentación, y abuelo notario. César precedió solo algunos minutos a su hermana gemela Amparo. Tenía otra hermana y hermano, todos los cuales aún viven.
Cursó estudios de Arquitectura Técnica en la Universidad de La Laguna, que a los dos años abandonó. En 1945 se fue Madrid becado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde se graduaría como profesor de arte y pintura.
En 1964 marchó a Nueva York, donde estuvo hasta 1966, donde consiguió una beca en el Institute of International Education que patocinaba Nelson Rockefeller, y expuso su obra en la gran urbe. De vuelta a su isla, se propuso realzarla como uno de los lugares más hermosos del planeta, aprovechando sus paisajes extraordinarios entonces poco valorados, pues la belleza turística se identificaba con el verde.
De la mano de su amigo Pepín Ramírez, presidente del Cabildo en esa época, hizo realidad sus principales proyectos públicos de intervención en la naturaleza, los Centros de Arte, Cultura y Turismo, como Los Jameos, la Cueva de los Verdes, la Montaña del Fuego, el Monumento al Campesino y el Mirador de El Río, que señalaron el camino de los atractivos turísticos de la isla, al tiempo que se estableció la obligatoriedad de construir según el patrón y el color de la arquitectura tradicional campesina, lo que dio a Lanzarote una personalidad única, con una dimensión cultural evidente pero también como atractivo para atraer turismo.
Casi convertido hoy en mito de la defensa de la armonía entre el desarrollo humano y la naturaleza, algunos visitantes buscan su tumba en el cementerio de Haría, y esperan encontrar un mausoleo monumental, por lo que se sorprenden al descubrir que se trata, acaso, de las más humildes sepulturas que un ser humano pueda tener. Es la enseñanza póstuma que da César Manrique.