VICENTE PÉREZ
«El gran legado de César Manrique y Pepín Ramírez a la sociedad de Lanzarote fue el de la autoestima». La frase la pronunció el periodista Gregorio Cabrera durante la presentación de un libro que traza con solvente narrativa la biografía de quien fuera presidente del Cabildo de Lanzarote entre 1960 y 1974, gran amigo del genial artista universal conejero, y con quien transformó la isla sacándola del olvido y la pobreza, y poniéndola en el centro del turismo europeo con el paisaje como atractivo y una arquitectura basada en la tradición campesina. Fue la provechosa reivindicación de la belleza de la roca y de la cultura tradicional conejeras, hasta esa época despreciadas.
El libro, obra del también periodista Saúl García y titulado «Pepín Ramírez, el hombre que convirtió a Manrique en César», se presentó este jueves en la sede de la Fundación César Manrique, la que fuera casa del artista en Tahíche.
Su sala de actos, como viene siendo habitual en las actividades del centenario de su muerte, se llenó de un público que, por momentos, se emocionó, y también sonrió, con el apasionante relato de la vida de Pepín Ramírez que hizo este periodista.
García, que es redactor de Diario de Lanzarore y Diario de Fuerteventura y vallisoletano de nacimiento, reside en Lanzarote desde 2001, por lo que es una de las miles de personas que se quedaron prendadas de la isla que redescubrieron para el mundo César y Pepín.
Un político en el franquismo, pero no franquista
El biógrafo del expresidente del Cabildo amigo de Manrique quiso romper el prejuicio de que Pepín Ramírez fuera político durante el franquismo, porque, subrayó, «no fue un político franquista, y su motivacion siempre fue transformar la isla en que había nacido». «Si Lanzarote fuera una película, está claro que el director sería César Manrique, y el productor Pepín Ramírez», comentó con cinéfila y acertada metáfora el autor del libro, porque sin un gobernante que hubiera creído en las ideas del artista y buscara financiación, estas hubieran caído en saco roto y la historia de Lanzarote hubiera tenido otro rumbo.
Curiosamente Pepín Ramírez habría cumplido, como César, 100 años en abril de 2019, pues nació 9 días antes que el artista. Licendiado en Derecho, era hijo de familia de la pequeña burguesía conejera, y trabajó en la Delegación de Hacienda, además de poseer una pequeña empresa dedicada a la pesca.
«Pepín Ramírez era honrado a prueba de bomba, tenía dotes de mando, un liderazgo natural y una gran capacidad de organización», afirmó su biógrafo, quien recordó que era un «ateo practicante» y que no viajó nunca al extranjero. Curiosamente, lo que hizo con César Manrique trajo al Extranjero a la isla. En 1982, con el PSOE, fue elegido senador, cargo que ostentó hasta 1986. Había sido alcalde de Arrecife entre 1955 y 1960.
Una empresa pública que hizo el milagro en tiempos de escasez de fondos
El escollo que se encontró como presidente del Cabildo, que quería modernizar la isla con el turismo, eran los problemas de las malas comunicaciones -carreteras y aeropuerto- y la falta de agua. Había que resolver todo eso. Pero Pepín Ramírez tuvo constancia y capacidad de maniobrar con el Gobierno del Estado (era muy diplomático y se trajo a la isla a 4 ministros en un mismo año, 1964) y supo rodearse de gente competente, además de exprimir al máximo los escasos fondos propios que tenía el Cabildo.
«La gran clave de aquella transformación fue la empresa pública Vïas y Obras, que empezó con solo 12 trabajadores» y con la que el Cabildo de entonces afrontó la construcción del os Centros de Arte, Cultura y Turismo, que fueron, a la larga, los grandes atractivos de la isla, diseñados por César Manrique, como Los Jameos del Agua y el centro de visitantes de Timanfaya.
Saúl García explicó que «con la elección de César para estas obras hubo sus más y sus menos, porque, por ejemplo, hubo críticos con la escultura del monumento al campesino».
Pepín y César, una amistad que benefició a una isla entera
Lo que sí está claro es que ni Pepín ni César improvisaron nada, todo lo planificaron. En realidad vieron el futuro. Fueron unos visionarios de cómo la isla podía prosperar. César aportó el concepto artístico, Pepín la gestión político administrativo que lo hizo posible, y el fruto de ambos fue un éxito absoluto en la captación de turismo que permitió a los conejeros mejorar su nivel de vida.
Tal fue su éxito que con el paso de los años la especulación inmobiliaria y la masiva llegada de visitantes pusieron en peligro el equilibrio que soñaba César: un turismo que diera empleo y riqueza a la población de Lanzarote, sin destruir el paisaje y, en él, la huella de la cultura campesina en forma de viviendas tradicionales adaptadas al clima desértico y ventoso de la isla y de ingeniosa agricultura sobre los volcanes sedientos.
Para el biógrafo de aquel inolvidable político, «la amistad que tuvo con César es un ejemplo de cómo ese afecto entre dos personas puede generar unos beneficios positivos para toda una isla». Y es que, como recordó Saúl García, «ambos fueron juntos al colegio, al instituto y a la guerra, tuvieron una amistad que duró toda la vida».
A juicio de este periodista, «resulta difícil imaginar que César se hubiera convertido en el mito que es para y por Lanzarote sin la existencia de Pepín Ramírez».
Una isla para ser copiada, y no para que copie
La relación entre ambos, para el autor de libro, permite extraer el corolario de la importancia de perseguir una idea, de procurar el bien común y de apostar por la iniciativa pública.
Objetivos que hoy en día se han perdido, pues «hay un exceso de intereses particulares en Lanzarote cuya suma no es el interés general» y se corre el riesgo de perder la idiosincracia del desarrollo de la isla. «Porque Lanzarote no está para copiar, sino para ser copiada», apostilló Saúl García, en una de esas frases que parecen destilar el espíritu de Manrique.
En realidad el artista sobrevive no solo en el paisaje salvado y realzado por la arquitectura de base tradicional, sino en quienes lo invocan y se dejan aún seducir por su filosofía de la vida y su visión de la isla. Es acaso la verdadera trascendencia de las grandes personas, su militante recuerdo en los demás. Y, como gran creador, la herencia de su obra y su pensamiento.
En el acto también intervino el director de la Fundación que promueve y conserva el legado del artista, Fernando Gómez Aguilera, para quien Pepín Ramírez «formó parte de esa fructífera anomalía del tándem con César, que sentó las bases de la modernidad de la isla en una época que era tan gris, e incorporó a Lanzarote al futuro».
