Al pie del nuevo volcán de Cumbre Vieja: el nuevo paisaje surgido de la destrucción

PLANETA CANARIO recorrió con un vecino de Las Manchas la zona más próxima al nuevo cráter, una montaña enorme que se ha formado en tres meses de erupción y un gigantesco malpaís. En este lugar, la mente se debate entre la belleza de los parajes volcánicos y el drama de los daños que ha provocado al destruir el hogar de miles de personas

VICENTE PÉREZ

Al barrio de Las Manchas, en Los Llanos de Aridane, se puede llegar ahora solo desde el sur de La Palma, pues las carreteras que lo conectaban al centro urbano de su municipio o de El Paso están cortadas por la lava de la erupción que acabó el pasado 13 de diciembre.

Las carreteras principales ya están más o menos despejadas de ceniza volcánica, aunque la hay por todos lados y está siendo una labor titánica. Hay poca población aún haciendo vida normal, porque el agua no llega aún a todos los hogares y retirar la arena volcánica del entorno de las viviendas es una labor casi interminable. En otro reportaje PLANETA CANARIO abordará la situación actual de este barrio, pero en este reportaje nos vamos a centrar en llegar al nuevo volcán, que ahora preside el paisaje de Las Manchas de una forma imponente.

Un día después de nuestra visita se pusieron carteles de prohibido el paso a la zona de la lava, aunque PLANETA CANARIO pudo acercarse, con la debida prudencia, a la colada más próxima a este lugar y ascender a casi las faltas del volcán.

Lo hicimos guiados por uno de los propietarios de los terrenos afectados, Vicente Leal, que además ha desenterrado su casa,  generando un impacto temporal en el nuevo paisaje que él mismo reconoce y lamenta, al haber tenido que acumular la arena volcánica frente a su vivienda, a la espera de poder trasladar este material a otro lugar con maquinaria pesada y luego alisar de nuevo la superficie del entorno para no dejar más huella en este nuevo paraje que la necesaria para sacar a la luz el inmueble.

El itinerario comienza en un tramo de carretera LP-212 donde están las coladas del volcán de San Juan (erupcionó en 1949), una vía que ha quedado sepultada por los ríos de lava de esta nueva erupción. Palas del Cabildo palmero habían desalojado de esta vía una capa de ceniza realmente impresionante, aunque ya no conduce a ningún sitio, sino al propio volcán.

De la mano de Vicente Leal ascendemos por las laderas que ahora es un mar de arena volcánica, formando en algunos lugares dunas, con pinos secos por casi tres meses de piroclastos, aunque previsiblemente reverdecerán con el tiempo, gracias a su extraordinaria adaptación a este tipo de fenómenos geológicos consustanciales a la isla.

A medida que se asciende, el nuevo paisaje volcánico adquiere toda su dimensión inapelable en el valle de Aridane. El territorio surgido de la destrucción del anterior sobrecoge: es bello y terrible al mismo tempo, porque la catástrofe para miles de personas no puede olvidarse al contemplar una de las tierras más nuevas del Planeta.

Durante la caminata, vamos encontrando algunas viviendas prácticamente sepultadas por la ceniza. Una de ellas se ha hecho famosa, porque a su pie se abrió una fisura por donde salió la lava. De otras solo se ven algunas tejas. La más próxima a todas es la de Vicente Leal, que se quedó a unos 50 metros de la colada más al sur en esta erupción.

El silencio en aquellas ahora soledades es absoluto. Cuando no hay viento, y uno se para, dejando de hacer ruido con las pisadas sobre la negra arena volcánica, no se oye nada. Acaso, solo el sonido de nuestra propia mente.

Es una tranquilidad ahora tan completa que parece mentira que ese lugar se formara con uno de los mayores estruendos que puede hacer la naturaleza, el brutal rugido del volcán, con una columna eruptiva que parecía tocar el cielo, y que por las noches iluminaba Cumbre Vieja.

Al sol del atardecer, el volcán, de tonos negros y marrones, adquiere un tinte rojizo, y el pinar, aún marchito, también se contagia de este color. Sería injusto considerar que este paisaje surgido de la destrucción del anterior no es bello, porque equivaldría a decir que La Palma no lo es, ya que todo es volcán en la isla (en unos casos erosionado, como en el norte, en torno a la Caldera de Taburiente; en otros casos transformado ya por la mano humana, como el valle de Aridane y las zonas de medianías y costas, y en la mitad sur insular  con la piel aún desnuda de lo volcánico reciente en la historia geológica de la ínsula: esa hilera interminable de cráteres en la cima de Cumbre Vieja desde El Paso hasta Fuencaliente).

Pero es cierto que la  mente se debate entre la belleza de esta montaña -más su inmenso malpaís,  con su crispada orografía de tierra nueva y cataclísmica- y el recuerdo dramático de todos los barrios que destruyó, arrasados por la lava: más de 3.000 construcciones entre casas, empresas, naves industriales… y todo cuanto el ser humano había laborado durante siglos.

El paso de tiempo y, sobre todo, que las miles de personas afectadas puedan rehacer sus vidas, ayudará a poner todas las cosas en su sitio. Un día este lugar será visitado seguramente por ríos de turistas. Y es la tremenda paradoja de las catástrofes volcánicas: el paisaje surgido de la destrucción del anterior atrae poderosamente. Tal vez esa sea, inteligentemente aprovechada, la compensación que la naturaleza le dé a la isla por tanto sufrimiento.

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